A Patricio Rey le devolvieron la voz

En dos conciertos multitudinarios en el Estadio Unico de La Plata, el ex cantante de Los Redondos se apropió de la simbología mítica de la banda. Presentó su disco solista, pero el público disfrutó de los temas ricoteros.

Autor: Diario Página 12, lunes 14 de noviembre de 2005. Por Mariano Blejman

Algo no demasiado normal debe suceder en la cabeza de una persona que no suele mostrar sus ojos en público, y que pasa del ostracismo más profundo durante cinco años a tocar dos noches seguidas frente a 50 mil personas por vez. Del hermetismo paranoide a la furia rockera. Sin escalas. Cuatro años evitando contacto con el público que su mismo silencio ayudó a mitificar, creando un caldo de cultivo para las huestes ricoteras, hasta que de pronto Carlitos Solari decide volver al escenario. Tal vez ese espíritu de encierro haya quedado reflejado en el nombre de su banda: Los fundamentalistas del aire acondicionado. Como sea, al menos una cosa queda en claro a partir de su magnífica vuelta: el capital simbólico obtenido por Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota durante 20 años de carrera ha sido arrebatado por el Indio. Es él, sin duda, quien se ha quedado con la criatura. Es la imagen, la remera, la voz inconfundible y, encima, su carisma escénico sigue intacto. El sábado, miles de personas que encararon su travesía hasta La Plata llegaron sin hacer diferencias con el pasado. Como si nadie se hubiese enterado del fin, los cantos ricoteros guardados en los placares de la memoria, las banderas de “PR” (Patricio Rey), el clásico “vamo’lo redó”, o aquel de “A Bulacio lo mató la policía”, fueron mayoría frente a los intentos de cantar “Sólo te pido que se vuelvan a juntar”.
A eso de las 21.20 se oyó la frase: “Damas y caballeros. Los fundamentalistas del aire acondicionado”. Algunas costumbres nunca cambian: como solía suceder antaño, el Indio tomó el micrófono ante el fervor del público que había ya aguardado demasiado por su carraspera, pero su voz no se escuchó hasta la mitad del tema. Hubo silbidos. Por un momento, el Indio pareció como uno de esos bebés recién nacidos que abrieron la boca, pero no terminan de pegar el llanto. El mal momento pasó rápido, y enseguida se escucharon los acordes de Nike es la cultura, seguido de Amnesia. Entonces, Solari habló de su relación con el público: “Yo muchas veces me jacté de ser fiel, tomando a la fidelidad más como algo perverso que como una virtud. Les agradezco a todos el grado de perversión que han tenido conmigo”.
El recorrido hacia La Plata había arrancado temprano. En la ruta, conductores y acompañantes de todos los tamaños levantaban sus brazos al aire, y ensayaban esos cantitos que recordaban un poco de dónde venía todo esto: la futbolización del rock tuvo en los extintos Redondos el principal gestor. Las huestes ricoteras se fueron instalando sobre la Avenida 32, en dirección al estadio. Sobre el boulevard, la gran cantidad de combis, micros y trafics estacionados hacía recordar cualquier movilización política, aunque –claro– esto se trataba de otra cosa. En los puestos de choripanes la demanda llegó toda junta, y hubo quienes amparados en el anonimato de la oscuridad los entregaron bien crudos. Adentro, las banderas pedían “Justicia para los pibes de Cromañón” y afuera sobre la Avenida, un vendedor ambulante ofrecía remeras “oficiales” y tenía una foto pegada un árbol: “Esta es la novia de mi hijo que murió en Cromañón”, contó a Página/12.
Se suponía que el Indio estaba presentando su disco El tesoro de los inocentes (bingo fuel), pero –tal como había adelantado– junto a su banda (Baltasar Comotto y Gaspar Benegas en guitarras, Marcelo Torres en bajo, Hernán Aramberri en batería, Pablo Sbaraglia en teclados y samplers) promovió una verdadera fiesta ricotera. Solari tocó Un ángel para tu soledad, Susanita y Shopping Disco Zen y Yo, caníbal (de Lobo suelto cordero atado). De La mosca y la sopa rescató Nueva Roma y El pibe de los astilleros, aunque también llegó hasta Ropa Sucia, de ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado y Fuegos de Oktubre (de Oktubre), entre otros.
En la última entrevista con Rolling Stone había dicho: “Me cuesta mucho renegar del folklore de las bengalas y las banderas de rock. Creo que el rock es eso. Yo tengo la imagen de Juguetes perdidos en River, entrando a cantar con todo eso y… ¡Guau! No es sopa. Yo no quiero renegar definitivamente de todo eso. Aunque, desde ya, en este momento tienen que primar el respeto y el cuidado”. No faltaron entonces en La Plata las primeras bengalas y tres tiros desde la masacre de Cromañón, aunque el Indio se refirió al público cuando comenzó a tirarle algunos objetos contundentes (zapatillas, remeras) diciendo: “A ver esos talibanes si se calman un poco”.
Solari cantó además La piba del Blockbuster junto a Deborah Dixon de las Blacanblús (la única invitada de la noche del sábado), Pabellón Séptimo (Relato de Horacio) y prendió las luces de la disco con El Charro Chino, cuando un halo de luz hizo centro en una inmensa bola “disco” en el centro del Estadio (“Ya es tarde /muy tarde/ amor/ mi amor”). A unos 60 kilómetros de distancia, Solari había logrado armar su propia Creamfields del palo. Y los pibes bailaron sin lentes oscuros ni agua mineral. Para cerrar su show de dos horas y media, entre las idas y vueltas se escuchó Un poco de amor francés y, para acabar, el clásico Jijiji, emblema de Oktubre capaz de provocar el pogo más grande del mundo al ritmo de “No lo soñéeéeee…”, con todas las luces prendidas. Desde la platea se veía un hormiguero que saltaba descontrolado. Tan curioso era que hasta un helicóptero azul se posó en ese momento sobre el estadio. Al cierre de esta edición, se desarrollaba la segunda noche ricotera, en lo que será –sin duda– el dueto de shows a votar en próximas encuestas anuales. El fin de semana marcó el resurgimiento de una ética-estética que parecía perimida en la escena local: el gran rockero oculto, la masa fiel nada silenciosa y la música como sonido de fondo de ese encuentro perverso, en palabras del propio Indio.