“Al tocar en estadios te sentís más solo que un perro”

El quinto disco del ex Redondos se asienta en las guitarras acústicas, con inesperados giros para sus canciones. “La luna hueca tiene que ver con la idea de que permita que se llene con obsesiones, secretos, miedos, ilusiones, sueños”, explica.

Como parte fundamental de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, pero también con su posterior obra solista, Eduardo “Skay” Beilinson se ubicó como uno de los guitarristas más influyentes del rock argentino. Y pese a que lleva cuatro décadas en el camino, sigue teniendo cosas para decir y sonidos para compartir, como demuestra La luna hueca, su quinto disco y uno de los más curiosos de su trabajo en solitario (o, en este caso, con Los Fakires), asentado en guitarras acústicas. En pleno corazón del barrio porteño de Palermo, donde citó a Página/12, ese trabajo de décadas se traduce en amistad cuando se los ve a Skay, su compañera la Negra Poli Castro (otrora manager de los Redondos) y el artista Rocambole, uno de los triunviratos más notables del rock local. Entre mates, cafés, budines y cigarrillos, Poli y Rocambole dan vueltas por ahí, mientras Skay lanza sentencias como “el rock se ha vuelto bastante previsible” y hasta declara no sentirse cómodo con los conciertos en grandes estadios. Aunque el sueño de muchos pueda ser llevar el encuentro a un cuarteto, con la inclusión del Indio Solari, la cosa parece lejana: “Me cuesta reconocer al Indio de hoy”, dice Skay.

Como ocurre con cada uno de sus discos, La luna hueca es un nuevo misterio. Lo bueno es que él no tiene problemas en intentar develarlo a la par del oyente: “Toco todo el tiempo, me gusta tener la guitarra entre las manos y jugar. Y así, de a poco van apareciendo ideas, armo el demo, voy al estudio y empiezo a definir la canción. Muchas de esas ideas prosperan, otras mutan y otras se caen. Este disco surgió de un proceso que hice durante 2012, con pruebas y errores. La luna hueca tiene que ver con la idea de que permita que se llene con obsesiones, secretos, miedos, ilusiones, sueños. Incluso es donde van a parar esas canciones que no fueron. La luna es la luz más importante en la noche y genera esa fascinación”. Las presentaciones del álbum serán hoy, y los sábados 5 y 12 de octubre, a las 21, en El Teatro Vorterix, Federico Lacroze y Alvarez Thomas.

–Casi como un reloj, usted edita un disco cada tres años. ¿Está planeado?

–Llega un momento en que tengo muchas canciones y la mejor manera de sacármelas de encima es grabándolas. Una vez que las grabé, es salir a tocarlas; y empieza un período nuevo. Ocurre que, ni bien termino un disco, me aparecen ideas para futuras canciones. Disfruto ese proceso de descubrir qué hay detrás de un acorde, un ritmo o algo. Me gusta transitar el lugar de la frontera, los bordes, donde no sé exactamente qué va a pasar. El rock se ha vuelto bastante previsible, y correrme un poquito me resulta inspirador.

–¿Es por esa previsibilidad que suele cambiar las versiones de sus propios temas, incluso antes de tocar en vivo la que grabó en el disco?

–Hay momentos que disparan otras cosas y esas canciones toman otras versiones. Igual, en la música vale todo, no hay ninguna que esté mal. He terminado temas, y al momento de cantarlos no llegué a la tonalidad y los tiré al diablo. Aprendí a hacer eso, cuesta trabajo cuando el tema está hecho. Incluso de este disco me quedaron un montón de temas afuera.

–Es un disco relativamente corto, dura 30 minutos. Podrían haber entrado otras…

–Estoy formateado en el tiempo de duración de un long-play. Aprendí a escuchar música en ese formato, que duraba eso. Es el tiempo donde la atención está viva. En discos muy largos empiezo a distraerme. En lugar de poner más temas, elegí poner los diez que mejor pudiesen representar ese universo de La luna hueca. Estoy en una etapa en la que la síntesis es lo más importante. Poner por poner no me parecía. Las otras ideas quedarán para otro futuro disco. O no. Son esas canciones que quedan arrumbadas en la luna hueca (risas).

–El productor de Give ‘Em Enough Rope, Sandy Pearlman, dijo de ese disco de The Clash que tenía “más guitarras por centímetro cuadrado que ninguna otra obra de la civilización occidental”. La luna hueca parece tener la mayor cantidad de guitarras acústicas de su carrera: de hecho, comienza y termina con ese sonido.

–No fue una decisión a priori. En uno de los viajes me compré una electroacústica, que me permite armar los demos sin necesidad de microfonear. Muchas de esas ideas las hice con esa guitarra y me gustó que tomara cierto protagonismo.

–Y con las letras, ¿sigue renegando? Este disco es, posiblemente, el más directo en ese sentido.

–Es un trabajo, pero lo disfruto cada vez más. De cada tema hice tres o cuatro versiones, y las trabajé bastante para encontrar las palabras y las maneras de decir. No me abrumo como en otro momento con esa necesidad que tenía de terminar el tema y encima no quedaba del todo convencido.

–“La nube, el globo y el río” es toda una curiosidad.

–Creo que es el tema más raro que compuse en mi vida. Son esos temas que salen en una tarde; letra y música de golpe. Algo quise decir, no sé si está bien redactado, tocado o no. La idea era eso, y tiene ese misterio que me atrae. Al principio estaba grabado sólo con una guitarra acústica y era una versión tan despojada –y al mismo tiempo dramática– con esa vocecita y la guitarra, que cuando fui al estudio en mi cabeza escuchaba unos violines que debían sonar. Con Joaquín Rosson, el ingeniero del disco, programamos algunas cuerdas y empezó a ponerse interesante. Son esos temas que permiten poner o sacar mucho, y siempre dicen algo distinto. El trabajo fue seleccionar qué cosas iban a quedar. Las cuerdas funcionaron bien, necesitábamos que fueran tocadas y convocamos al amigo (Alejandro) Terán, que trajo unos músicos excelentes.

–Otro de los temas, “El redentor secreto”, habla sobre ogros que viven dentro de un limón. Tiene esa cosa mitológica que rodea varias de sus letras.

–Leo mitología, me encanta. Ese tipo de historias me da la posibilidad de hacer metáforas de otras situaciones. Por ejemplo, ¿qué son los ogros? Se los puede interpretar de distintas maneras. Incluso pensando en ese ciego que corta el limón, ¿es alguien que no ve y por accidente cortó el limón, o el ciego es el único que ve? No tengo la respuesta, pero me gustó que así fuera.

–Y en “Ya lo sabés” habla de un “lugar especial”. ¿Dónde queda?

–Me refiero a la conciencia. La conciencia se expande, no es restringida. Es donde la vida vuelve a ser luminosa, libre de temores, de prejuicios. Existe, y todos de alguna manera lo intuimos y sabemos donde está ese lugar.

–Por otro lado, sigue apostando al formato físico para editar su música. ¿A qué responde?

–Al no usar Internet, es la manera que tengo de concretar una obra. Además, con los trabajos del Mono (por Rocambole) me cuesta pensar si él ilustra las canciones o yo les pongo música a sus obras. En algún lugar estamos conectados. No sé si en los campos morfogenéticos o dónde, pero sé que algo de aquello que está haciendo va a tener cierto vínculo con lo que hago, y se confirma después cuando aparece terminado. Son cosas que caminan juntas. Son esas amistades de toda la vida.

–¿Suele ir con Poli a visitar a Rocambole a La Plata?

–Vamos poco. A veces cuesta arrancar porque la actividad la tenemos acá. Hace poco fuimos a tocar, que hacía muchos años que no íbamos, y me reconcilié con la ciudad. Para mí, La Plata fue un lugar muy conflictivo porque pasaron las cosas más maravillosas y las más horrendas, y había quedado un poco cruzado con la ciudad. Nosotros vivimos una época muy jodida. Muchos de nuestros amigos fueron masacrados y otros tuvieron que irse. Tuvo sus momentos gloriosos y cosas siniestras. La última vez que fuimos me tomé el tiempo de salir a caminar, me reconcilié y toqué con mucha alegría. Fue exorcizada.

–Por aquellos años, uno de sus grandes amigos fue, sin duda, el Indio Solari. Con el correr de los años y sus carreras solistas ya desarrolladas, amén de los hechos y cruces de los últimos años, cuesta pensarlos juntos. Sus personalidades lucen muy distintas.

–A mí también me cuesta reconocer al Indio de hoy. No es el amigo que conocí. De ese amigo, hace diez o quince años que no sé nada. Este personaje que hay para mí es un eterno gran desconocido. Igualmente, que hayamos tomamos caminos diferentes no quiere decir que seamos enemigos.

–Hablando de personalidades, después de tantos años de Skay, ¿sigue existiendo Eduardo Beilinson?

–Es difícil. Uno es un montón de “yoes”. Los más conocidos son Skay y Eduardito. Convivimos bastante bien. Igualmente hay infinitos “yoes”, incluso hay malos y mejor no conocerlos (risas).

–Usted cae en el tópico al describirse como un “guitarrista limitado”. Cuesta pensarlo, teniendo en cuenta toda la música que ha dado y que aún tiene para dar.

–Veo otros guitarristas impresionantes. El primer monstruo que vi fue Kubero Díaz: es un tipo que agarra la guitarra y no podés creer lo que toca ese cristiano. Comparándome con guitarristas de acá como Pappo o Ricardo Mollo, me veo limitado. Pappo dejó una obra muy grande, como Spinetta. Para mí, Luis Alberto fue lo más grande del rock de acá, incluso de la música de acá: el Flaco es un ejemplo en todo sentido, creativamente, como persona, su actitud, todo. Yo desarrollé un estilo con mis limitaciones, pero no me veo a la altura de ellos. Creo que a David Gilmour le pasa algo similar, porque no es un tipo veloz y buscó su lenguaje por otro lado, donde tienen más que ver los silencios y las notas colgadas. Me siento mucho más cercano a él que a Paco de Lucía o a Jimi Hendrix. No puedo tocar así, desgraciadamente.

–En esta etapa suele tocar en lugares de mediana convocatoria. ¿Extraña los shows grandes?

–No, en absoluto. La dimensión más pequeña tiene otra gloria que en los lugares grandes no sucede. En los estadios tenés a la gente a diez metros, y ese abismo es una eternidad de energía que se pierde. En esos lugares te sentís más solo que un perro. La gente tiene la fantasía de que es al revés, pero estás realmente solo. En los más chicos reconocés a la gente que está más cerca. Esa cercanía le hace bien a la música. Desaparecen los artificios. En los súper estadios necesitás pantallas, fuegos artificiales, que pase algo porque, si no, son unos muñequitos al fondo que nadie ve. En los estadios se dispersa todo y la gente está en otro viaje. Acá hay que pelar el alma, el corazón y tocar. Los shows más lindos que vi, los que más me conmovieron, fueron en lugares chicos.

–Respecto de sus recitales, suelen tocar dos o tres temas de los Redondos. ¿Los hace por gusto o se lo impone como obligación?

–Las dos cosas. Mucha gente quiere escuchar algún tema de los Redondos y los toco, pero dosificados. Me gusta hacerlo, pero cada banda le da una impronta distinta. No es lo mismo tocar los temas con los Redondos que con Los Fakires. Busco aquellos temas donde la banda se sienta cómoda y a gusto. Suelen ser cambiados en la tonalidad, o los tocamos más rápidos o más lentos.

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