Bitácora de sueños en hoteles (Escenas del delito americano)

Autor: Carlos Solari
En 2017 se editó el libro “Escenas del delito americano”. Este texto formó parte de aquel libro. Fue ilustrado por el artista Serafín.
La versión original había sido publicada en 1984, en la revista Cerdos & Peces #1. Pueden leerla acá.

Esta imagen fue realizada por Serafín. y forma parte de “Escenas del delito americano”. Es uno de los dibujos que ilustra este texto.

Bitácora de sueños en hoteles (Semasendhi nos tradujo la última visión del pibito en la Mental Grammar Shpere)

Desde una lomada asoma una orquesta callejera. El director, al frente, viste blazer azul con botones dorados. Fuma masticando la colilla. Encabeza la marcha con una lastimosa bandera negra.
“¿Será que los muertos duermen? ¿Con qué sueñan en las costas rocosas de sus corazones quietos?”
Estas líneas las grita el trombonista cada canto. Es un joven francés que insiste con su español: “¡Zoggo plateadó, viejo coshote!”
Desfilan, también, muchas de las caprichosas criaturas de otros sueños. Una luz mórdoba las alumbra.
El director hace rato ha desembarcado en la soledad. Con su ojo astrónomo, transparente.
Perdido en una vagancia errante con su sangre avara. Profonde paix y odio desierto.
Las canciones son sombrías, nos conmueven con desdichas despiadadas, con penas secretas y remordimientos. Penas por las que no fue y habría podido ser y envidias fatigosas de fantasmas brujos que ayudan con sortilegios al desaliento.
Las cosas no son siempre como uno cree. El joven trombonista no quiere estar aferrado a una sombra. Cuando la risa baila en sus ojos él la retiene. La espera ha sido demasiado larga. Está harto de su memoria, de todo ese mortal aburrimiento. Pero claro… sigue cantando oraciones incomprensibles mientras marcha.

  • La curiosidad como guía (el final del sueño escrito en la bandera negra)

Ya despierto y durante largo rato mi acostumbrada felicidad matinal está rodeada de acantilados abruptos donde resuenan confusas letanías y lamentos. Solo mi corazón sigue hablando mientras mis asesinos acechan.

Vemos el vinagre que brota del culo y se deposita en una servilleta pringosa. Y sus desconsolados clientes sosteniendo globos de feria inflados con drogas vaporosas. Miserias a las que nos tienen acostumbrados los ojos en estos antros. Y también jovencitos contentos de que les cuelgue y se hamaque. Temerosos de la cremallera de sus pantalones leopardo. Colmando los baños para darle con el espray a sus cueritos. Quitándose el olor rancio que les dejó la cloaca del camarero. El del culito de neón encendido, subrayado con una anchoita de pelos. Ese colega inoxidable que nos propone salir a caminar bajo el efecto de los cristales y la vieja pistola de cocaína, mientras golpea al camarero con su estúpida risa de conejo y les arroja besos a unas ninfas que esnifan con sus barrigas hinchadas como calamares.

Mientras tanto, como un instrumento más de la extravagancia, el palco nos enfrenta a una multitud quieta como un grabado. Fantasmas jovencitos soplan flautas panzonas como pipas de opio. Trombas jorobadas y columnas de tambores son ejecutadas por niños emocionalmente quebrados enfundados en gabanes.

Muñequitas greñosas, castañuelas desesperadas. Caprichos infantiles ciegos por las drogas. Silbidos revueltos, estridentes de frases telescópicas arrancadas a la agonía del siglo. Guitarras húmedas de fiebre y delirio alzando el anfiteatro en el aire con estruendos rabiosos. Música epiléptica, lacerante. Concertistas de mirada feroz y payasitos pálidos mirando el espacio íntimo con sus pupilas muertas. Un drama musical apropiado para este mundo.

Soy el trifantástico de moderno peinado Stella. Cargado de matarratas, de venenos frívolos. Mi pelo cambia de acuerdo con la indiferencia. Vestido de skin verde eléctrico, bailo cada noche y me transformo en un manjar exótico para los perdidos. Uso drogas rococó que sientan bien a mi belleza marciana. Y peluqueros llorones y anfetas. Y mucha cadenita malvada para que muerdan los labios ardientes que besan mi nuez de Adán. Pero nada de mulas freak ni nada de caspa. Me gusta el brillo y me cago de romántico. Vivo hoy y cambio de pellejo como las víboras. Cosméticos astrales me ponen a plomo en un video narcisista. Me montan en escenas futuristas como la doncella ofrecida a la vieja ciencia ficción. Una lánguida monada bisexual, llena de marcas, autómata y viciosa. Un americano melancólico y cansado de sí mismo. Blindado, teatral e ingenioso.

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