Cosquín Rock 2018: Noche de Ciro, Skay, Creedence y Las Pastillas

El final de la primera jornada de la 18ª edición del Festival cordobés dejó escenas intensas en sus seis escenarios simultáneos.

Autor: Diario Clarín, 11 de febrero de 2018. Por Patricio Féminis

“¿Para qué necesitás al rock barrial si tenés a Skay Beilinson en Cosquín Rock?”, desafía un treintañero en primeras filas frente al Escenario Principal del festival cordobés, al borde del cierre de la primera jornada. Es medianoche y el icono de la guitarra de Patricio Rey despliega sus dedos dúctiles y eléctricos con su banda Los Fakires, y agradece al cielo: “Loco, son veinte años de Cosquín Rock. ¡Felicitaciones!”. Y la gente respondió: el día 1 tuvo 40 mil personas.

En rigor, esta es la 18ª edición del evento enchufado de los febreros, ahora otra vez en el inagotable Aeródromo de Santa María de Punilla: de un lado, la línea ondulada de sierras bajo la noche aún sin lluvia, y, a la derecha, las luces de la ciudad cordobesa. A lo largo del primer día hubo escenas poderosas afines en los seis escenarios simultáneos de Cosquín Rock 2018.

Si es imposible abarcar todo, flota en la memoria la conexión que lograron a las 18 Las Pelotas en el Escenario Principal, con distintas generaciones (y junto a su invitado, Raly Barrionuevo). Y a las 20, también allí, la fórmula exitosa de Ciro y Los Persas: sus canciones nuevas pero sobre todo de Los Piojos. La emoción, la intensidad y la nostalgia para agitar banderas barriales sin freno.

El sol aún estaba sobre el Aeródromo cuando Ciro culminó su set, muy parecido al de otros años y otros conciertos. Pero en medianoche, las banderas siguen en danza ritual frente al mismo escenario: Skay y Los Fakires lograron otra conexión, con menos decibeles aunque la misma concentración de gente en el Principal.

Las canciones parecen relojes con buen compás y swing: El golem de Paternal, Flores secas, Oda la sin nombre, Equilibrista y Falenas al cielo, entre ellas. Serán trece en total, y un instante como un coro vibrante en Cosquín Rock: su versión de Ji ji Ji, de Los Redondos. No desde el ego al auto-homenaje, sino desde la nítida celebración con los demás.

Sonríe, Skay, con anteojos oscuros y sombrero ancho, camisa azul abierta sobre una remera y un colgante rústico. ¿Qué sentirá al captar a públicos tan jóvenes que quizá eran bebés cuando Los Redondos se separaron, en 2001? Su guitarrismo es una lección de rock atemporal en tiempos de bandas pirotécnicas, otras cargadas de furor barrial -en letras y formas de cantar- rastreables antes en las creaciones del Indio Solari y Skay.

Tras él vendrán, más allá de la 1, Las Pastillas del Abuelo. Harán veinte temas y varios de ellos bajo una lluvia pasajera en el final de la primera jornada de Cosquín Rock. “Cómo pegan estos pibes”, sonríe una chica, flotando entre el público también en el Escenario Principal. Pero esta larga ceremonia en Santa María de Punilla había dejado más momentos intensos entre las presencias de Ciro y Skay. Sus otros escenarios ofrecieron otras sensibilidades rockeras, bajo el mismo espíritu: el festival vibra por su diversidad sonora y generacional.

A eso de las 21, el norteamericano Sax Gordon desplegó su set de blues y rocanrol y jazz en el espacio La Casita del Blues, bajo hileras de luces amarillas: veteranos y gente más joven se entregó al goce de las raíces negras, a pocos metros de una bella oscuridad alternativa en el Escenario Quilmes Garage. A las 21.30, la banda Humo del Cairo, con negritud psicodélica y espesa, dejó latiendo las paredes como una buena antesala del show, con entrega total, que dieron los estadounidenses de The Flying Eyes. Estuvieron tan a gusto que, ya cuando a la 1 comenzaron Las Pastillas del Abuelo, se sentaron a fumar y charlar afuera, junto al micro de gira, antes de partir.

¿Qué ocurría en el Escenario Reggae, en el vértice opuesto al del Escenario Principal? A las 22, Los Cafres habían disfrutado su fe tranquila junto a sus fans, sin tensión por el pasto. Un dron sobrevolaba a los cientos de personas allí, a la espera de Los Pericos con su invitado Andrew Tosh, hijo de Peter Tosh, aquel legendario jamaiquino que tocó con Bob Marley en The Wailers y luego le dijo adiós. “Andrew no es sólo un portador de apellido. El tipo tiene con qué”, dijo una rubia sin rastas, firme al Escenario Reggae.

Su noche sería allí. No se inquietó por perderse a Massacre en la carpa azul de Universo Geiser (dedicado a las bandas de ese sello). Justo a la mitad del predio de nueve hectáreas, cerca de los carteles de “Aguante todo”, de las pruebas con skate, de las bicicletas al aire y de más puestos de comidas repletos. Por ese otro escenario habían pasado Shona, Rayos Láser, Francisca y Los Exploradores y hasta el hard rock de Air Bag. Los amantes del indie y de estéticas menos afines con el rock barrial se sintieron en casa con Massacre: no dejarían Universo Geiser.

Afuera de la carpa igual había movimiento: a las 22.15, en el Escenario Principal, llegaron Creedence Clearwater Revisited, liderados por el bajista Stu Cook y el baterista Doug Clifford, para un mapa nostálgico de distinto tenor al de Ciro y Los Persas (recordando a Los Piojos). “¡Olé, olé, olé, olé! ¡Creedence, Creedence!”, celebraron, en un grito unánime, los miles de asistentes a su show, también registrado por un dron. Al inicio, los golpes de Clifford sonaban algo metálicos y la banda algo apagada.

Pero CCR halló su emoción en Cosquín Rock desde el magnetismo de sus clásicos: Born on the Bayou, Green River, Susie Q, Bad Moon Rising, The Midnight Special, Proud Mary, Fortunate Son, Who’ll Stop The RainHave You Ever Seen The Rain y más. Imposible enfriar melodías y ritmos tan impresos en el oído colectivo: el Festival cargó su propia energía en ellos para su adiós con felicidad: Travelin’ Band. Ya se venían Skay y Los Fakires con su elegante profundidad. Y el relax del humo, el fernet y las cervezas acaloraban la noche para que la rueda de Cosquín Rock volviera a girar.

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