Crónica de muertes silenciadas. Los relatos que inspiraron al Indio

Repasamos el libro “Crónica de muertes silenciadas” que sirvió de inspiración para la composición de la canción “Pabellón Séptimo (relato de Horacio)”.

Autor: Redondos Subtitulados, 15 de noviembre de 2018. Extraído del libro “Crónica de muertes silenciadas”, escrito por el criminólogo Elías Neuman (Bruguera, Buenos Aires, 1985)

En su libro “Crónica de muertes silenciadas” el criminólogo Elías Neuman reconstruye los trágicos sucesos ocurridos el 14 de marzo de 1978 en el Pabellón Séptimo de la cárcel de Devoto, que provocaron la muerte de más de 70 reclusos, e infinidad de heridos. Su trabajo de investigación fue fundamental para desvirtuar el relato oficial y para confirmar que no fue un motín, sino una masacre provocada por el sistema penitenciario.-

Esta serie de relatos realizados por algunos de los sobrevivientes -especialmente un señor llamado Horacio- le sirvieron al Indio de inspiración para componer su tema “Pabellón séptimo (relato de Horacio). De hecho algunas de las frases incluidas en la canción son extractos textuales de las palabras de Horacio.

“La canción es una crónica de un hecho real que sucedió en 1978. Una masacre de presos comunes en la cárcel de Villa Devoto. Ahí murió un amigo mío… si había alguien que no tenía que estar ahí era él. Tenía un problema psíquico, lo engancharon en la casa de una novia, con unas tabletas de ácido lisérgico, y lo metieron en un pabellón cualquiera. Un día hubo una revuelta y los masacraron a todos. Sé que la letra, en este momento en que se habla tanto de los secuestros y se exige seguridad a cualquier precio, es algo políticamente incorrecto. Pero bueno, yo siempre dije que todo preso es político. Y hay lugares donde la sociedad tiene que ver el grado de horror que es capaz de producir. Me ha tocado visitar cárceles, tengo amigos en el cielo y el infierno: hay allí un horror permanente. Sin tomar en cuenta que eso marca de movida la imposibilidad de la resocialización de nadie que entre ahí. No se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal, no está bien que el Estado haga eso. La represión nos transforma a todos en pares de aquellos que cometen crímenes” Indio Solari, el Salinger del rock, Revista Gartopardo (Colombia). Número 54, febrero de 2005. Por Maximiliano Tomas.

“Mi pretensión siempre ha sido escribir pequeños dramas musicales, porque a mi me sale así. En mis historias hay siempre un drama implícito, me dedico a eso, no me dedico a pum para arriba, pero hace rato que no encontraba un tono dramático y al mismo tiempo potente. Me gusta en este tema el sólo de guitarra porque abre como una cosa diáfana en el medio del drama, como una epifanía, aparecen esas guitarras cantarinas. La letra está basada en un relato del propio Horacio en un libro de Elías Neuman, donde cuenta el crimen y hay relatos de los sobrevivientes” Conversaciones con el Indio. Primer borrador. Por Alfredo Rosso.

El 14 de marzo de 1.978 dentro del Pabellón 7° de la Planta 2 del, por entonces, Instituto Nacional de Detención de Villa Devoto (U.2) del Servicio Penitenciario Federal, se produjo la mayor tragedia en la historia de las cárceles argentinas. El relato oficial dirá que todo comenzó con un motín, donde los detenidos prohibieron el ingreso del cuerpo de requisa y como estrategia para negarse a la reinstauración del orden, prendieron fuego los colchones. Esta “actitud rebelde” se volvió accidente, y 64 de los 161 detenidos en el superpoblado pabellón murieron. Pero los relatos de los sobrevivientes, principalmente el de Horacio que Elías Neuman inmortalizó en Crónica de Muertes Silenciadas, permiten confirmar que el accidente fue homicidio, consecuencia de la represión brutal atravesada por la utilización de la violencia como fuerza creadora, conservadora y refundadora de derecho, y cuya impunidad se aseguró a través de estrategias cómplices entre la agencia judicial y las fuerzas represivas.

En primer lugar, el comienzo del conflicto fue consecuencia de la intención de un nuevo celador de imponer su autoridad sobre un preso de fuerte ascendencia, detenido en el pabellón.

“Cada tanto, sobre todo en épocas de verano de marzo y abril, los celadores habituales que atienden el pabellón, se van de vacaciones, entonces, vienen
celadores reemplazantes, nuevos para nosotros (…) 
Y el celador que había venido ahí, había venido ya por segundo día. Subió a la pasarela como a las diez y media. Estábamos mirando el televisor, con T. y otra gente, y nos dice ¡apaguen el televisor! así, de manera prepotente y entonces T. se para y le dice: ¿Por qué tenemos que apagar el televisor. Si el televisor se apaga a las doce y media de noche como cualquier otro día? En realidad es así salvo que haya algún castigo o mala conducta o algo, pero no había ninguna causa ni nada. 
¡Lo apagan, yo les digo y listo, lo apagan y basta!- dijo el tipo (…) 
El dormía en el suelo, estaba durmiendo sobre el colchón y entran tres oficiales y el celador buscándolo ¿Dónde está T.?, ¿dónde está T.?
Despiertan a uno, le preguntan y al fin lo fueron a despertar y lo quisieron sacar. Y ahí, se armó una discusión. Los oficiales tratando de convencerlo
para que salga a hablar afuera y qué se yo y eso ya se sabe… Si él salía, él sabía que iba a ir castigado y le iban a poner en el parte por contestarle al
celador y resistirse a las autoridades y, aparte, la paliza lógica que se le da a cada preso que va castigado (…)”

Horas más tarde, el cuerpo de requisa intenta re (fundar) su autoridad ejerciendo una requisa brutal y extraordinaria post-conflicto. Esta requisa, en el relato, es distanciada del modo en que la requisa rutinaria u ordinaria se despliega.

“Sin embargo a las ocho y media de la mañana cayó la requisa (…) No puedo afirmar exacto, pero, por lo menos (eran) ochenta. Era una requisa, ¡no era una requisa normal! Al menos, ¡dos requisas juntas! (Con una requisa normal entran) treinta o cuarenta, nunca uno puede contar porque a uno, vio, siempre, lo ponen de espaldas mirando la pared, cosa de que uno no los vea o los vea lo menos posible cómo se mueven, cómo actúan, o sea, que uno los ve muy poco (…)
Entraron como entran siempre, con palos de un metro y medio más o menos, con los que golpean incluso cuando requisan, vio, golpean con tanta fuerza que se escucha hasta en planta baja (…) ¡Golpean las baldosas, los barrotes! A ver si están flojas, con esos palos. Y con esos palos fueron que entraron a pegar palazos a todos y fue una cosa… vio cuando brota una chispa que…, brotó de golpe y ¡no lo paró más nadie! (…) Yo estaba en la mitad, en la mitad casi al lado de la puerta, y lo veía y sentía los disparos y los veía (…) (el ametralladorista) apuntaba y tiraba a matar. Yo me acuerdo por ejemplo, o sea, yo sé que a uno de los primeros que le pegó un tiro fue a un muchacho que se llamaba P. estaba hacía bastante tiempo, se ve que era conocido porque siempre es el mismo ametralladorista (…) los tipos buscaban. Ellos a los que van castigados, ¿no? Ellos los conocen, los conocen a todos y el tipo apuntaba y tiraba (…)
¡Y ahí viene la desesperación! Era una desorganización grandísima, la primera reacción fue poner las camas contra la puerta, cosa que no volvieran a entrar y después empezaron a gritar, unos una cosa, otros, otras: algunos querían hacer una cosa y otros, otras, imagínese, pero, ahí fue el fuego. ¡Hay que prender fuego! ¡Hay que prender fuego! Para que se fueran de la pasarela porque aparte la policía entra a subir y es cuando vienen varios con lanzagases y escopetas ya eran tres o cuatro los que venían a los cinco minutos y meta tirar y eso es una humareda. ¡Ya era una humareda, un pandemonio! (…) Entonces eso prende de golpe y ahí fue donde viene el humo negro, ese… ¡Se nubló todo el pabellón! ¡Fueron segundos!, ¡qué se yo!, desde que se prendió el fuego hasta que cubrió todo el pabellón completamente, habrán sido cinco o diez segundos una cosa así, rapidísimo un humo denso, denso, denso, negro ¡petróleo puro hirviendo! 
Yo estaba en la mitad queriendo respirar y no me entraba el aire. Atiné para subir a la ventana y ahí fue donde me quemé la mano y siento el grito: ¡ventana, a la ventana! Y entro a sentir los tiros de afuera; ¡entraron a tirar contra las ventanas! ¡Cantidades!, pero fue, ¡era una explosión! ¡Pa!, ¡Pa! ¡Pa! (…)
(C)uando entramos en el baño cuando ya se había terminado el incendio, vuelven los policías, volvían por la pasarela otra vez tirando con las escopetas, con gases. Ya ahí no dábamos más pero siguen tirando gas en el pabellón, así que era… Estábamos desesperados ya ahí nosotros, ya estábamos… Lo único que queríamos es salir del pabellón pero ellos no nos abrían la puerta tampoco (…)
Entonces hasta que a la media hora abren y allí se dieron cuenta que estábamos rendidos completamente y nos entraron a hacer salir de a uno. ¡Bueno, salir! Cada vez que salía uno se sentían unos gritos de los palazos que le daban y cuando salí yo tenía las manos todas quemadas y me agarró uno, me torció un brazo atrás y… bueno, eso era ¡correr, correr y correr! Porque cuanto más rápido llegamos a planta baja menos golpes íbamos a recibir. Pero era correr entre la fila doble de guardias y nos iban pegando uno tras otro (…)
Hubo quince, que estuvieron… en la celda de abajo o sea, quince murieron en la celda de abajo (…) Murieron por todo junto o sea porque estaban quemados y el castigo ese que recibieron (…) salimos quemados y la intención de ellos es castigarnos como ante cualquier problema o amotinamiento en que íbamos derecho al castigo (…)”

Por último, Neuman relata en su obra las intervenciones de las agencias penitenciaria y judicial una vez producido el hecho que dan cuenta de ese complejo de discursos y prácticas puestos en marcha con la finalidad de asegurar la impunidad por los crímenes cometidos, aval concomitante y posterior al despliegue de violencia que funda y conserva derecho.

Letra de Pabellón Séptimo (relato de Horacio)
¡Me asfixio! ¡Dios!
Pienso en mi cara… se está quemando, ahora, mi cara… ¡Dios!
Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos…

Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas.
El pabellón… en un segundo se nubló todo y ya no vemos nada más…

Pruebo trepar hasta un ventanal buscando el aire y me balean fiero.
Viejita, amor, hijas y amigas, buscan noticias en la puerta, ahí fuera…

Tiempo después, escucho aún el ruido de loco de los paloteros
buscan así baldosas flojas donde escondemos tesoro y miserias.

¡Pobrecito!… pobre “el Cebolla”, no pudo más,
se degolló por miedo.

Nadie es capaz (¡No pueden borrar mis recuerdos!)
Nadie es capaz de matarte en mi alma.

¡Y así te dan! ¡Así te quiebran!
Así te dan por culo allí… sin más.
Por esa vez la Vieja Cosechera
vino por mí y no quiso besar mi vida.

Estoy herido, estoy quemado
voy en camilla por el Salaberry
Voy a tratar de hacer conducta aquí
para rajar antes que mis pulmones.

Si va a pasar algo conmigo
quiero que sea en libertad… ¡allá afuera!

¡Y nada más! ¡irme y nada más!
No quiero ver más gruesa del llavero
ni mirar la pared si el pasarela grita
para tapar quejidos y lamentos.

¡Ya nunca más!
¡Ya nunca más!
¡Ya nunca más!
Y nunca ya voy a olvidarte, Pablo… ¡nunca!

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