El gran REX

Al libro gordo del rock argentino se le volvió a volar la tapa: este mes, tres años después de su debut en solitario, el Indio Solari sale al ruedo con Porco Rex, un segundo capítulo que consolida a su nueva banda, recupera su costado más cancionero y destapa su trazo más personal. Un encuentro cara a cara con uno de los pocos rockeros que supo sobrevivir a su personaje.

La escena se repite. Todo parece estar en el mismo lugar: la casona de Parque Leloir, los perros guardianes y hasta el día soleado ayuda a pensar en que nada cambia. Pero ahora el dueño de casa luce más distendido, accede amablemente a una larga sesión de fotos en una antigua caballeriza transformada en galpón para guardar herramientas. Tal vez asumió que la vida de un solista en plan de difusión necesita algunos gestos de contacto, y así procede. El año sabático de su ex banda viaja más rápido hacia la década de silencio que al posible regreso. Y eso no sólo se nota en sus palabras, sino también en cada detalle de Porco Rex, el sucesor de El tesoro de los inocentes (04). Desde la tapa, con forma de libro de pocas hojas, aparece su imagen sobre un rojo profundo: es casi una foto carnet y una declaración separatista. El Indio Solari aprieta “play” y empiezan a desfilar trece razones para vislumbrar un futuro cercano junto con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. La oscuridad permanece, y por momentos agobia en filosas muestras de sangre: letras más personales, incluso con dedicatorias, a su mujer Virginia y a dos amigos que ya no están. Así, entre poderosos riffs de guitarra y llamativos ritmos tribales, aparece como un suspiro Y mientras tanto el sol se muere, una bellísima muestra de romanticismo trágico en tiempos de soñadores con patines. Hay algo de fragilidad en ese hombre que se define como “hedonista ético”: el paso del tiempo y algunos achaques propios de un rockero modelo 50 dan señales de cansancio frente a los monopolios y las taras de nuestro rock. Al mismo tiempo, cuando se habla de Peter Capusotto y sus videos, cambia la mueca y exhibe al tipo seguro de sí mismo: “Al que le quepa el sayo… A mí no me molesta porque sé de la seriedad con la que viví todas mis experiencias dentro de la cultura rock. Sirve para señalar al que se lo tomó con otra liviandad. No he tenido nunca la vida de demoler hoteles. Por eso me divierte mucho Capusotto”. Igual que hace tres años, entonces, Solari hará gala de ese lugar único que ocupa en el rock argentino: la imbatible confirmación que tiene en velo a ricoteros y no tanto, a periodistas monaguillos y periodistas laicos. Y también una buena forma de anticipar la Navidad a contramano de las estrategias del mercado: “Nunca le di mucha pelota a eso. En realidad, como soy un producto independiente, nadie me informa cuál es la fecha más conveniente. Casi siempre arranco de la misma manera y, como a mí me gusta cantar cuando ya está toda la orquesta grabada, termino grabando último. Canto en la peor fecha: cuando me toca grabar, generalmente, coincide con la época del polen y de los cambios de clima.
Como peluquero viejo, con los bronquios a la miseria. Pero bueno, lo mío no es cantar”.

Oscar Jalil

ENTREVISTA A simple escucha, Porco Rex resulta más rockero que El tesoro de los inocentes…

Indio Solari: Se nota más la presencia de la banda, quise darle una mayor unidad a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Más allá de eso, el disco está trabajado casi de la misma manera que el anterior, salvo que esta vez tuve la delicadeza de darles maquetas a los músicos antes de empezar a trabajar. Hago maquetas con muchos detalles y arreglos, melodías, contrapuntos y arpegios… Decidí que el sonido del álbum fuera más orgánico, más de banda, con una estructura básica: dos guitarras, bajo, batería y algunos condimentos.

Ahora trabajaste con dos ingenieros de sonido que, además, son bateristas. ¿Eso fue adrede o mera casualidad?

Tiene que ver con que ya estoy un poco retirado. No hay época en que la cultura, la intelectualidad y las manifestaciones artísticas no estén vinculadas a los intereses fundamentales del momento. Acá en la Argentina disfrutamos de una inercia de la contracultura que no pasó en ningún otro lado. Por eso, quince años después de que el sueño se había terminado, la gente seguía escuchando a las bandas que salían de las esquinas. Ahora eso ya no existe más: éste es un momento de los contadores y de la industria del espectáculo. Y yo soy sólo un productor independiente del que mucha gente está pendiente. Entonces, para alguien como yo, ahora todo es prohibitivo. No me alquilan los estadios. Hoy en día, al igual que en el fútbol, nada se paga con la entrada. Si no están los espónsors, si no está la televisión, no hay guita. Yo todavía estoy pagando deudas de los dos shows en La lata. Y eso que fueron dos recitales a full, con cincuenta mil personas cada noche. A mí me sale todo más caro porque no alquilo paquetes. Yo sólo alquilo para dos noches en un estadio. Las grandes productoras, en cambio, no sólo alquilan los estadios por tantas fechas, sino que también alquilan las luces, el sonido y todos los servicios que se necesitan.

Cambió todo el panorama con respecto a lo que era antes. Pero estábamos con el tema de los ingenieros de sonido…

Un artista como yo no puede ir a mezclar a los Estados Unidos con Ted Jensen. A cualquier grupo pedorro que está en la industria del espectáculo, en cambio, sí lo mandan. No me quedé muy conforme con el sonido del disco anterior, era muy desparejo, y encima yo no soy muy conocedor del medio. Entonces apareció Martín Carrizo, y como justo yo tenía ganas de hacer un álbum más pesado, me pareció que podía andar. Después vino el proceso de adaptación a mis caprichos, que es lo que lleva más tiempo. Grabo en un estudio casero, pero como artista tengo una dimensión de la gente que me escucha y me apoya que no puedo sostener. Entonces ahí empieza una pugna medio incómoda: los valores son los que da el mercado, y el mercado está copado por una o dos productoras que cuentan con la maquinaria comercial.

Mucho más después de Cromañón…

Sí, se ha puesto todo muy ramplón, volvimos a los años cincuenta, aunque con un poco más de perversión. Ya no gobierna ni la estética ni la ética, sino el éxito o el fracaso. Me aburro con lo que escucho… A los pibes de hoy les gusta la fama y el dinero. Las estrategias de atracción consisten en liarse a los temas más escuchados, a los libros más leídos o a los programas más vistos: Harr Potter, High School Musical, Gran Hermano, Soda Stereo… Y sí, marcha todo a lo que se le da manija. Ahora sólo se busca entretener a la gente. Antes no era así: acá, a diferencia de otros lados, hubo cierta inercia durante mucho tiempo. Eso no quiere decir que los chicos siempre tuvieron actitudes contraculturales, pero el famoso “no te vendas” tenía algo que ver con eso, con tratar de buscar otra opción a lo que el mercado daba. Y eso ha dejado de pasar.

Se dijo que el año que viene vas a tocar más seguido…

Sí, voy a tocar más. Hice este disco para tratar de darle una unidad a Los Fundamentalistas, pero la banda tiene que vivir de algo. Por eso pienso tocar más: no por mi economía –que gracias a Dios no es mala–, sino para que los chicos ganen su dinero y puedan tener un año más cómodo. ¿De qué viven si toco dos veces en un año? El año sabático, por otro lado, se transformó casi en siete, saqué dos discos y toqué solamente dos veces: me rasqué los huevos bastante. Hay que mover un poco el culo. Extraño esa cosa de estar en una provincia con la banda y salir a boludear por ahí.

Las imágenes del arte de tapa tienen un halo medio hedonista…

Es que yo soy un hedonista ético (risas). Eso es así: es lo que me define.

¿Y por qué el disco de llama Porco Rex?

Es el personaje que se hace cargo de todo lo que pasa ahí adentro. En la ilustración que está enfrentada a Porco Rex, justamente, aparezco yo sentado en un mar de tetas y gambas. Más de una vez me ha causado gracia cuando dicen que soy medio críptico y que no se entiende lo que hago. Es una manera de describir el hecho: “Si yo dibujo un perro igual que mi perro, idéntico a mi perro, voy a tener dos perros, pero no voy a tener una obra”. Y esto es así, independientemente de que uno haga cosas en primera persona o que de alguna manera refleje su mundo y su modo de relacionarse, ya sea en las pasiones, las traiciones o lo referido a la muerte. Este disco, de hecho, está dedicado a dos amigos míos que no viven más. Además de sonar más rockero, Porco Rex también es más cancionero.

Hasta podría decirse que es más “redondo”…

Son decisiones. El álbum anterior tenía muchos medios tiempos, y eso no es lo mejor para el estadio, sino para escucharlo en el living. La idea de este disco, en parte, consistía en hacer canciones que me permitieran dar un show más potente. Se va a lucir mucho en vivo. De movida tiene eso que a mí me interesa de las canciones: pocos cambios de acordes y un mayor desarrollo de los motivos. Eso hace que una canción sea atractiva para mí.

El tesoro de los inocentes fue casi un trabajo de laboratorio y, como tal, resultó algo inesperado para el público de los Redondos. ¿Qué creés que va a pasar ahora?

Ahora estarán esperando lo otro (risas). Me gusta eso de ir a parar a los lugares donde no me están esperando; a mí mismo me sorprendió el rumbo que tomó este disco.

Las letras parecen bastante más personales…

Sí, me han pasado cosas durante este tiempo. Algunas letras son medio melancólicas. Y hay otras que son como canciones de amor para dealers: mucho vuelo de avión y cosas raras. Después hay una canción de amor que le debía a mi compañera y que tiene también que ver con momentos de la salud que no han estado bien. La letra del tema Porco Rex tiene una cita entrecomillada en la que aparece una especie de voz de la conciencia.

¿Hay un destinatario particular de eso?

No, en realidad está dicho en general. Cuando accedés a cierta notabilidad, empezás a necesitar de la soledad, porque hay un abandono real de la gente. Todos prefieren al personaje antes que a vos. Es entendible: están a la sombra de un “notable”.

Hay una frase suelta en el booklet del disco: “La soledad es el campo de juego de Porco Rex”. Esa frase podría relacionarse con la idea de que, a partir de este segundo disco, te estás afirmando como un solista.

Mi idea era volver a tener una banda, pero soy demasiado caprichoso como para poder hacerlo. Mi intención era sacarlo como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, ya no con el nombre del Indio. Pero es algo que ahora está por encima de mis intenciones. Ya no puedo volver a tener una banda porque no respetaría a nadie.

La única manera sería entrar en una banda donde otros también compongan…

Me gustaría hacer un disco en colaboración. En este disco, de hecho, estuvo el inefable señor Gama Alta (Andrés Calamaro), pero no fue una canción pensada para él ni mucho menos; simplemente anduvo un día por acá. Tengo ganas de hacer un álbum con distintos invitados y colaboradores esporádicos. La idea es arrancar de cualquier batata y sumar instrumentos, empezar con una batería y agregar vientos y cuerdas. Es un proyecto medio japonés, pero son cosas que haría con gusto. También tengo ganas de hacer un disco de versiones, de canciones que siempre me han gustado, pero hay que pedir los derechos… No son canciones de grupos de acá y, como no quiero cantarlas en inglés, estoy viendo de pedir los derechos para que las pueda interpretar en castellano, respetando un poco la idea que tuvo el tipo que escribió cada letra.

¿De qué autores son esos temas?

Hay temas de Matthew Sweet, de Tom Petty, de los Kinks, algo de brit pop… También está Tenderness, una canción muy linda de Steppenwolf. Otro tema que quiero hacer es Rain, de los Beatles, pero me parece que no va a ser tan fácil conseguir los derechos. Tenía ganas de hacer una versión más derecha de Rain. A mí, en realidad, me gusta respetar las versiones originales. Incluso me pasa con los temas que hago de los Redondos: tengo muchos arreglos para hacerles, pero no me interesa tanto cambiarlos.

Cuando hiciste El salmón, sin embargo, modificaste algunas cosas en la letra y agregaste arreglos de viento…

Ahí prácticamente no me di cuenta, pero es cierto… Quise excusarme con Andrés. Ahora él está haciendo la versión con el arreglo que le hice yo y quería invitarme para tocarla. Modifiqué cosas de la letra que ya no tenían gollete: si vas a recrear algo, hacelo de tal manera que eso que te lleva al pasado no signifique lo mismo.

Calamaro dijo en su momento que vos habías sido uno de los pocos que escuchó El salmón completo…

Alguna vez le dije que, conceptualmente, me interesaba mucho lo que hizo. No tanto por el rescate de esas maquetas hechas en una portaestudio, sino por el atrevimiento que implicó sacarlas a la luz: me parece una maravilla que haya convencido a una corporación de editar un álbum quíntuple. Y después, más allá de que no sea un trabajo muy parejo musicalmente, me encanta esa especie de hemorragia del artista. Comercialmente es rarísimo: sacar semejante catarata es una locura. Pero me pareció de una “honestidad brutal” el hecho de poder agarrar y sacarse todo eso de encima. En un momento, incluso, me tenté de hacer lo mismo… Todos tenemos esta tentación de sacar los temas que se acumularon en un mismo paquete, pero esta ramplonería de hoy no deja mucho lugar al atrevimiento.

El rock comercial que se escucha en la radio entra curiosamente en una especie de lugar entre los Redondos y Calamaro.

Me cuesta ver eso. No me reconozco mucho cantando como el tipo de Pier… Pero entiendo que desde afuera se pueda percibir así. Igualmente creo que no hay tantos que imiten mi voz. El caso de Andrés es terrible: todos lo imitan. Creo que Porco Rex es el disco en el que menos se nota su voz…

Es llamativo cómo suena su voz en Veneno paciente…

Lo que pasó es que fue sólo un cope: no es que yo preparé un tema para su tesitura. Andrés necesita mucho oxígeno para su voz, porque el carácter de su canto es lo más importante, es su gran virtud. Si tenés que sumergir su voz en un lugar donde hay mucha densidad, entonces se pone difícil su reconocimiento. Yo en realidad tenía este tema pensado como una letanía. Y cuando vino él seguí produciéndolo para ese lado: por ahí no era lo mejor, pero teníamos ganas de hacerlo. En esa canción, de pronto, me cuesta interpretar qué pasa con los roles cantados. Me gusta eso. Es que, en general, yo no hago más de tres o cuatro tomas. Después arreglate… No me gusta eso de estar todo el día para que salga algo.

Ahora que el rock está tan monopolizado, ¿qué creés que tiene que hacer un grupo nuevo para salir a flote y no seguir las pautas que le impone el mercado?

Yo siempre creo en cobrarle a contado a la vida. Por algo le he dedicado todo este tiempo a la música: hacer trece canciones nuevas, como ocurre en este caso, es lo que me pone más contento. Uno tiene que tratar de pensar solamente en la música. Hoy en día, desgraciadamente, a los músicos les pasa lo mismo que a los jugadores de fútbol: no están pensando en hacer canciones, sino en ver cómo pueden zafar. Entonces no sé qué puedo decirles. Elvis Presley existía antes de que el rock empezara a ser una cultura y formaba parte del mundo del espectáculo, de Las Vegas y de Hollywood. Pero a mí lo que siempre me interesó fue la cultura rock, no el rock como género. Y acá, en este momento, ni siquiera es el género musical más importante. Hasta hace unos años el rock era el género más importante: era la música oficial del sistema, algo casi dominante, hasta que después empezó a crecer la cumbia y el tecno. Ahora la gente escucha cualquier cosa. Hoy ponés Gran Hermano y ves que los chicos escuchan cualquier cosa. Ponen a Juanes y se saben la letra, ponen a Virus y se saben la letra, me ponen a mí y también se saben la letra. El rock ha perdido su costado contracultural.

¿No hay nada que haya escapado a esa fagocitación del rock como movimiento?

Creo que sólo queda la inercia. En realidad, el verano del amor sólo duró tres putos años en los sesenta. Pero fue algo muy fuerte. Los que vivimos esas experiencias las guardamos en un cofrecito importante: seguramente en lo que yo hago se transmite algo de eso. Para mí, ha sido la formación básica, pero no sé qué significa para un pibe que tiene quince años. Los chicos ahora tienen en mente ver cómo pueden llegar a tener la misma cantidad de dinero en la cuenta bancaria que tiene aquel al que le va bien. Por eso es que hay también tanta reiteración: antes un grupo lo que quería era diferenciarse del otro, pero hoy en día aparece un grupo como Arctic Monkeys y todos quieren hacer lo mismo. El hype de la New Musical Express agarra a un grupo y entonces las redacciones de todo el mundo salen diciendo que se trata de la gran novedad. Pero probablemente al año estén tocando otra vez en un sucucho de Nueva York. Acá hay festivales con doscientos grupos, pero en realidad no hay tantos artistas que puedan trabajar solos en estadios. Está Soda Stereo, La Renga, Los Piojos y yo… Después, todo lo demás es una perdigonada de bandas que tocan para alguna corporación como Pepsi. Creo que estamos volviendo casi al juicio preartístico: ahora, prácticamente, se trabaja por encargo. No soy un tipo nostálgico, no creo que lo de antes era el paraíso, porque sé que la memoria va borrando un poco las cosas que no te gustaron. Aun así creo que estamos pasando un momento bastante menos rico que el que a mí me tocó vivir de joven. Porque de movida yo creo que la conciencia y la sensualidad dan lucidez. Pero si esas cosas faltan, no hay lucidez. Lo acepto en función de que no tengo ningún atrevimiento más allá de lo que me da mi edad: seguir haciendo lo que yo creo que está bien. Y siempre estoy esperanzado. Estoy a la espera de algo, estoy esperando que la belleza se presente espontáneamente. Sé que hay ideales y momentos de tensión social que motorizan y permiten que ciertas estéticas se vuelvan sólidas. Eso es lo que después logra perdurar. Aquel que ha vivido la psicodelia sabe que, en realidad, no hay una nueva espiritualidad. La nueva espiritualidad no tiene que ver con tomar una pastilla y escuchar esa especie de new age con bombo en negras. Al menos yo no lo veo así. No es que estoy desactualizado: sinceramente, por más que me esfuerce en encontrar algo interesante, me cuesta. Hace dos años encontré a Arcade Fire: me interesó, me gustó, pero no es para tirar papel picado. Después, en general, termino opinando como un viejo choto.

Pero seguís saliendo a mostrar lo tuyo…

Yo no soy tan generoso. Opino en estos términos porque ahora estamos haciendo una entrevista, pero en general no me detengo a pensar qué pasa con la cultura rock. Tengo gran avidez de información: leo revistas, diarios, de todo, me informo mucho… Pero encuentro poco. No es que esté ciego, pero realmente no pasa nada. Tendría que ser fácil porque no soy un tipo aferrado al pasado. Siempre estuve pendiente de las novedades que traen los jóvenes: la información del futuro está en sus nervios. Me decepciona que un tipo de mi edad no genere nada interesante, pero me jode mucho más que no haya ningún chico mostrándome algo nuevo. Ni siquiera pretendo que eso ocurra dentro de la cultura rock. Simplemente quiero que pase algo. Hoy nadie logra transmitirme una fantasía que me haga desear tener veinte años menos. Estoy casi jubilado: hago las cosas como un viejo que va a jugar a las bochas. Todos los días, ni bien mi mujer y mi hijo se van al colegio, prendo la computadora, prendo el teclado, agarro la guitarra o me pongo a dibujar. Así van quedando cosas. También pasa que cada vez hago menos porque disfruto mucho más rascándome el kiwi todo el tiempo: el criterio de eternidad va cambiando cuando uno ve que algunos amigos se te mueren, ya no por accidente, sino por el paso del tiempo y por los estragos que algunos hemos hecho con nuestra salud durante mucho tiempo. El criterio de eternidad varía mucho, sobre todo si uno no está amparado por una religión o algo así. Entonces trato de disfrutar de hechos más simples, como estar en la pileta con mi hijo.

¿Seguís sin fumar?

Sí. A veces me fumo un pucho cuando estoy grabando. Uno trata de cuidarse un poco… Lo que pasa es que las cagadas ya se las mandó. Cuando sos joven te creés inmortal, pero después te das cuenta de que había fronteras. El placer tiene una frontera. Una vez que encontraste el límite, entonces, deja de ser una aventura placentera. Si uno quiere seguir experimentando tiene que saber que el placer o lo válido de esa experiencia es cuando uno está ahí, en el límite. Luego, cuando uno ya está del otro lado, pasa a ser otro tipo de aventura: al final, la experiencia se vuelve rutinaria, porque la experiencia es lo que uno pretende de la experiencia.

¿Te sentaste con Skay y con Poli a charlar durante este tiempo?

Un único día después de que salió mi primer disco. Lo hicimos porque hay intereses en común. Pero no tengo trato con ellos, sólo a través del contador… (risas). Estamos cada uno en su mambo. Somos un matrimonio que se toleró más de la cuenta. Además no tengo mucho tiempo: a mi edad sabés que en cualquier momento hay que entregar el sachet y entonces valorás todo de otra manera. Vivo acá con mi pareja y con mi hijo, frecuento nuevos amigos que tienen que ver muy poco con la bohemia y la farándula. Me empezaron a interesar estilos de vida que desconocía: me relaciono con un vendedor de importaciones, un contador, cualquier otra cosa. Me reúno con los padres de los compañeritos de mi hijo a comer un asado y me quedo fascinado con la vida que llevan. Viví mucho tiempo en la burbuja de la bohemia rockera, donde todos los demás eran unos pelotudos y los únicos bananas éramos nosotros.

¿Y los padres de los amigos de tu hijo no te molestan?

Tratamos de hablar un poquito de todo, porque yo también quiero entretenerme.

Ahora que estás más en contacto con los pormenores de la vida cotidiana, y a propósito de la frase de Clarice Lispector que citás en el booklet (“Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario”),¿sentís que hoy te conciliás mejor con la idea del personaje?

Cuando empezás a ser notable se da una separación, porque la gente siempre prefiere a ese personaje que crece desde el cariño del público. Hoy ustedes están acá y reciben una impresión mía, pero después se van y no saben si en un rato le estoy pegando patadas a mi perro. Así se va tejiendo algo que uno aprende a respetar para no joder. Las biografías no tienen nada que ver con la vida de uno: ni había tantas chicas enamoradas de mí como dice Gloria Guerrero en su libro, ni mi viejo era fotógrafo ni yo fui guardaparque…Vivo en este  autoencierro porque es una manera de proteger mi identidad; si no, terminaría creyendo lo que dicen. Tengo una anécdota de hace muchos años, cuando recién empezaba a tener cierta popularidad… Un día fui al centro a comprar discos y se armó cierto quilombo porque empecé a firmar autógrafos por ahí. Ese día venía medio empalagado con esto de los autógrafos y me crucé con un pelado como yo. Entonces escucho que me dice: “Maestro”. Me hice el boludo y de nuevo escucho: “Maestro”. Yo pienso: “La puta que lo parió, me estás rompiendo el higo”. Al final nos pusimos a charlar y le pregunto a qué se dedicaba. “Vendo libros”, me dice. “¿Y vos?”. El tipo sólo me había parado para venderme un libro: era un hare krishna que ni sabía quién mierda era yo… (risas). A partir de ahí me di cuenta de todo con un golpe zen que me dio el amigo.

¿Pero no creés que este encierro a la vez alimenta tu mito?

¡Va fangulo! Me importa un queso. ¿Qué quieren que haga? ¿Que vaya a lo de Susana Giménez y Mirtha Legrand? Lo que se ha transformado en algo mítico es el simple hecho de esta aberración psicológica que tengo y que no me permite estar expuesto.

Lo único que no te preguntamos y es medio obligado: la cuestión de Cromañón.

Ya opiné públicamente: es una locura que Chabán esté sujeto a una prisión que no tiene parangones. ¿Cuánto tiempo lleva ya? Desde 2004, tres años. Tres años… Cuando pasa algo así alguien tiene que pagar la cuenta. Ahí uno se da cuenta de cómo funcionan las cosas. La cuestión es que, en estos mismos tres años, hay otra gente involucrada que está libre… La complicidad que tenemos todos como sociedad hace que pague la cuenta aquel a quien la granada le explota en la mano. Es así: nos vamos pasando una granada sin anillo, y si te tocó a vos, te jodés. Pero fíjense lo que pasó cuando se corrigió la seguridad en los boliches… Lo lógico hubiera sido que le cargáramos la mochila de la culpa a Chabán si al otro día salían los inspectores a asegurarnos que todos los boliches estaban bien y que el único que no estaba en regla era el de él. Pero no: se cerró todo. Todo el sistema del espectáculo entró en infracción. Históricamente, los lugares de Chabán eran más seguros que el CBGB, sólo que en el CBGB a nadie se le ocurrió tirar una bengala adentro porque es un lugar cerrado. Chabán no es un criminal. Encima hay montones de criminales que salen antes de tiempo porque son amigos de punteros y trabajan para la comisaría… Y ni hablar de los criminales de guantes blancos: ellos tienen a la sociedad en este estado porque se afanan todo lo posible. A mí también me puede pasar eso el día de mañana si armo un recital. ¿Pero eso tiene que ver con mi espectáculo? Pasa todos los días en la cancha. Por eso es injusto lo que le está pasando a Omar. Hay que repartir culpas. Existen distintos estatus legales para dar distintas penas. Lo mismo con los chicos de Callejeros: ¿cómo hacés para verte como el villano cuando a vos se te ha muerto tu madre, tu hermana, tu cuñada, tus amigos o tu novia? Probablemente tenga que haber una sanción. Pero un criminal es alguien que tiene la intención de cometer un crimen. Y yo supongo que nadie de los que están involucrados la tenía. Sé que políticamente no es muy correcto no darle la razón a un montón de padres dolidos. Yo tengo un hijo y no puedo imaginar el dolor desgarrador que debe ser para un padre esa pérdida. Pero se ha buscado la justicia de venganza con mucha facilidad. No sé si un grupo de gente desequilibrada por una cuestión tan dolorosa puede transformarse en la conciencia jurídica de una sociedad. La sociedad tiene estamentos judiciales que pueden resolver con libertad y no mediante las presiones, pero lo que está siendo expuesto socialmente a través de los medios es que alguien tenía que pagar. Yo he tocado en lugares peores, donde no ha muerto gente de pedo. Y no me siento culpable porque era un boludo que tenía una bandita que quería tocar. Y lo hacía en un pub donde no había salida de emergencia ni una mierda. Era así: no había otro lugar para tocar. Y el dueño probablemente sólo llenaba cuando iban los Redondos, mientras que los otros días no llenaba y tenía que pagar las cuentas igual.

Ahora vas a volver a los escenarios y no sólo tenés el precedente de Cromañón, sino que también está su consecuencia: los festivales esponsoreados, donde la experiencia está cada vez más acotada…

Es el agotamiento del rock. Está claro que no es lo mismo formar parte de alguno de los tres grupos que tocan a la noche, donde podés defender tu estética de alguna manera, que estar en un circo donde hay diez bandas antes que vos y tenés un logo de Pepsi arriba tuyo más luminoso que todo el resto del escenario. La gente va y te ve como un número de relleno, está esperando los dos o tres números grandes.

Los primeros discos de los Redondos ya están cumpliendo dos décadas. ¿Cómo sentís que envejecieron?

No escucho a los Redondos, no me gusta el rock nacional (risas).

¿Escuchaste las reversiones que hicieron de Oktubre?

Escuché una de Jijiji por el parlante de la computadora, una versión muy suave. Estaba bien, qué sé yo, la atacaron desde otro lado. Creo que hemos hecho muy buenas canciones, pero reniego un poco de la producción que les dimos: tenemos discos en los que el audio es muy malo. Los temas de los Redondos, por otro lado, no están en casi ninguna antología del rock nacional. Siempre me río de eso. Ocurre que nadie tiene derecho a poner nuestros discos. Ahora sale una colección de Clarín que viene como con diez libros, pero los Redondos ahí no existen. Sale cualquiera menos los Redondos. Y eso ha pasado siempre: como todavía somos dueños de nuestras costas, nos gusta seguir comerciándolas.

Pero no lo sentís como un orgullo personal…

Jamás aceptamos que se metieran en nuestros calzoncillos. Hoy está muy difícil hacer una producción independiente digna, implica un gran esfuerzo. Ni me imagino lo que debe ser el cine. Por eso admiro el riesgo que asume Fito Páez con el cine. Le admiro el fracaso de guita a un tipo que invierte su dinero porque tiene ganas de hacer una película.

¿En qué quedó el proyecto de animación que tenías?

Es como dice el dicho: el que mucho abarca poco aprieta. En su momento, para hacerlo, debía dibujar a los personajes básicos para que después los desarrollaran otros dibujantes. Pero el simple hecho de hacer eso nomás y que yo estuviera conforme… Hay un momento en el que te vas acostumbrando a rendir examen de acuerdo a lo que sólo se te exige. Y eso hace que tardes más: la exigencia que tienen con vos hace que no saques cualquier cosa como cuando recién apareciste. Uno se va acostumbrando a que tiene un nombre y se va habituando a transitar por ahí. Todo proyecto involucra a otra gente. Y el tiempo disponible es cada vez más escaso. Todas las mañanas vengo al estudio y me quedo hasta el mediodía. Difícilmente vuelva a la tarde porque me dedico al “dolce far niente”. Eso, en definitiva, es lo que la gente nunca cree de un artista. Estás tomando sol, pero tu cabecita siempre está maquinando… Entonces, a la media hora, tu mujer te grita algo desde la cocina porque el pibe se está ahogando. Los discos me llevan mucho tiempo: tengo que hacer la música, las letras, los arreglos, el arte de tapa… Y después está todo el tema de las imprentas y de la grabadora. Entonces te traen los monos para ver si estás conforme, y eso sólo te puede llevar toda una mañana. Además las personas siempre vienen con cierta curiosidad y se quedan un poco más de tiempo preguntándote boludeces… (risas). Porque no sólo ustedes preguntan boludeces. Ustedes, de última, viven de eso: están justificados.
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