El monstruo de Panamá

Autor: Carlos Solari
Este texto se conoce desde hace décadas, ya que el Indio lo publicó en la revista Cerdos & Peces. En 2017 Solari edita un libro llamado «Escenas del delito americano». Allí lo incluye con algunas correcciones, e ilustrado por el artista plástico Serafín.

Esta imagen fue realizada por el artista plástico Serafín, y formó parte del libro «Escenas del delito americano». Entre otros, este dibujo ilustra el texto que abajo incluimos.

Su nombre clave es El Monstruo de Panamá. Dicen que es el verdadero comepecados de la Agencia. Se presenta como una carta interesante para los jóvenes agentes que se rebelan contra la autoridad. El monstruo de Panamá sabe de los crímenes que pueden cometer solamente cierta calidad humana. La calidad humana de los servicios de seguridad disfruta del más alto cociente de secreto permitido por las naciones.

El Monstruo es el alcahuete que viene avivando a los suscriptores de la Agencia: «La autoridad miente. La autoridad opera en tu cerebro. Lo hace mintiendo por entre los labios de los funcionarios en todos los sobornos. Te mienten los directores de las agencias de noticias y de las agencias de publicidad. Todos los días las pequeñas mentiras institucionales en las noticias de la Red devoran nuestro estado de ánimo».

Así las cosas, estoy bebiendo con moderación. Durante días no he recibido ninguna señal de extinción y he logrado poner unos kilómetros entre los negocios gubernamentales y el refrigerador de mi oficina privada. La extinción me ha llevado lejos. Antes de la aparición del puto monstruo jugaba al tenis en el Casino al mediodía, mientras mi sensatez bajaba en picada y mi reputación decaía. Entonces apareció el muy bocón, puso la boca en el trombón y empezó a filtrar por los panelea: «Para quienes no pueden sentir la vida, la muerte no se presenta como una tragedia. Los líderes hablan de tu muerte sin remordimientos». Yo lo escuchaba mirando sus ojitos de pequinés mientras me zampaba una lata de atún y un vaso de vodka con agua tónica. 

Lo escuchaba mientras me adormecía y aceptaba el ensueño sin vacilar. Visiones de blindados que estallaban (parece mentira que una simple lata de gaseosa, colocada en el lugar justo…). Visiones de camiones cargados con los Observadores del campamento envueltos en llamas. Mientras desde los altavoces el Monstruo emitía gritos catedrales: «Cuando una información es -estrictamente confidencial- esto significa -su revelación disminuirá nuestro poder-«.

Un corto trozo de alambre marca el reloj en la lata.  Con mi navaja abro el agujero en la caja ordenadora. Así de fácil.

El fuego blanco acometió y los blindados saltaron por los aires. Los depósitos fueron explotando en muecas horrísonas que escupían metralla. El personal procuraba escapar con esa sonrisa desdichada que queda en el rostro cuando se han quemado las pestañas y las cejas. Todo el sector quedó a oscuras y la escena era alumbrada por el fuego y los cortocircuitos.

Acepté un trago con Páez Montra, editor del programa de noticias de la Agencia. Luego, durante la cena, jugamos con las imágenes registradas en los paneles. El hombre me hizo ver lo mucho que yo estaba bebiendo. Lo hizo en el mismo momento en que la cámara se detenía en un gran pozo humeante congestionado de carne para contrapicar, y luego en las luces intermitentes y en los infantes haciendo lo posible por limpiar el área. Esos jóvenes guardias con sus chaquetas anaranjadas de siniestro, haciendo un trabajo asqueroso en medio de mis bromas. Son muy jóvenes, no han visto nunca nada semejante. Un helicóptero sobrevuela. Páez hace incapié en los detalles, no le hago ningún caso, hipnotizado por lo que veo… ¡El Monstruo en la pantalla vivito y coleando!: «Para destruir el objetivo político de la nueva cultura, que es la difusión del poder, la revolución será teleproyectada».

Las pericias comenzaron antes de que se apagara el fuego. Me acerqué al cordón protector convencido de que mi embriaguez sería aceptada con mi jerarquía. Y así fue que tuve a la vista mi talento. El helicóptero despegó haciendo volar una mortaja de plástico negro por sobre las ambulancias estacionadas. Integrantes célebres de la Agencia se acercaron en un Buick LeSabre, atravesaron sin declaraciones la valla que mantenía apartados los drones de la prensa. Arrastrada por el viento la mortaja volvió a cruzar la carretera unos seis metros delante de mí, para aterrizar en un matorral aun encendido y consumirse. Y allí estaba yo, un figurón borracho por el éxito, apretándose un granito. Sintiendo con resignación cómo la aventura toda penetraba poco a poco, recién entonces, en mi cerebro. Comenzaron a dolerme los pies. Miré hacia el coche, Páez ya no estaba. Subí a una colina para redondear, desde allí, la escena.

Al caer la noche me eché sobre la hierba mirando las estrellas. Ahora estaba en conocimiento de los crímenes que existen solamente para cierta calidad humana. Ahora era un monstruo.

Estoy tumbado bajo el cielo estrellado con la misma actitud impecable con que alojé la bala en mi cabeza. Nunca fui golpeado tan duro por nada en la vida. La carne está casi lista cuando la conciencia suma: «Los amateurs se hacen pegar, los profesionales no, pero se pueden atorar con un hueso de pollo…». Además, me duelen mucho los pies. Una de esas tonterías que nos requieren en el momento de la muerte. Una fracción de segundo antes de desorbitar los ojos.

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