“El precio de la libertad es la soledad” 

Con una visión del mundo que interpreta y encarna la cultura rock, vuelve, ahora solista, para pintar un panorama algo desolador: “No es un momento en el que me ponga contento estar vivo”.

Autor: Revista Rolling Stone Argentina, Miércoles 01 de diciembre de 2004. Texto Pablo Plotkin. Entrevista Claudio Kleiman y Pablo Plotkin

¿En qué momento decidiste que estabas listo para un disco solista?

En realidad yo no me veo obligado a hacer esto. Más allá de la comercialización, uno está todo el tiempo componiendo, tocando… Armo un set de máquinas y, con un teclado maestro, voy armando las maquetas. Paralelamente a lo que hacíamos con los Redondos, yo estaba experimentando con un sonido entre

Residents y Prodigy, una cosa muy hard, pero con máquinas; con guitarra, también, pero con mucha máquina. Las máquinas son unos aparatos estupendos para trabajar. Hay muchos chicos con perfil rocker que las rechazan y no se dan cuenta de que ahí tienen una oportunidad de mostrar sus trabajos garage.

¿Esas grabaciones preliminares terminaron en el disco?

No. Quedaron para mí, como música para películas, o para un nuevo álbum. Pensé que no tenía derecho a cortar la comunicación con el público. Tenía unas cuantas canciones y empecé a trabajar con ellas, sin ningún plazo. Hacía rato que yo venía pidiendo un tiempo, porque me había transformado en un jugador dominante dentro de los Redondos: hacía la música, hacía las letras, me encargaba del discurso público, bauticé a la banda, salía en todas las tapas…

¿Se convirtió en una situación agobiante?

Llega un momento en que eso no te da tiempo para nada más que para la rueda de trabajo. No tenía tiempo para comer data. Lo primero que me pasó es que no tenía tiempo de leer. Tenía ganas de leer El cuarteto de Alejandría [obra maestra del escritor británico Lawrence Durrell] y decía: “¡Puta madre! Estoy en una situación privilegiada, que me permite hacer esto y sin embargo…”. A la vez, con el nacimiento de Bruno descubro un tipo de inocencia que desconocía. Como anoté en un dibujo mío: La inocencia de los niños es la inocencia prehistórica. Cada vez dura menos, es cierto: Bruno ya es un hijo de puta, su inocencia duró lo que dura un pedo en una mano. Ya negocia todo, agarra la computadora, en cualquier momento va a salir en Toyota… Pero durante un tiempo hay un estado de inocencia animal, que te permite ver la cultura y qué cosas se pierden luego.

Volviendo al disco, ¿en qué momento el proyecto hizo ese cambio de rumbo?

Tenía unas cuantas canciones, y empecé a trabajar con ellas, pero así, sin tiempo. Como no había ningún plan de hacer algo para comercializar, ni producirlo para exponerlo, empecé con las maquetas en las que hago todo yo, y como soy muy maleta como ejecutante, lo llamé a Julio [Sáez, guitarrista y actual manager] para que empiece a tocar con mi equipo. La manera en que yo trabajaba con Skay era así: yo armaba las maquetas, y prosperaban las que coincidían con las cosas que él tenía, que tenían alguna armonía o alguna cosa en común. No eran necesariamente las mejores. De pronto me encontré con que algunas de esas canciones estaban buenas, y ahí me puse a rockear un poco más.

¿Qué esperás que pase ahora, con el disco en la calle?

No soy la clase de tipo que está buscando el reconocimiento externo. Lo único que hago es sacarme de encima las cosas. Creo que la crítica referida a la música popular no tiene mucha capacidad como para enjuiciarme.

Pero sí te fijás en tu público. Cambiaste el rumbo del disco por eso…

Hay trabajos que son de laboratorio y hay otros que son de campo. Para un artista plástico, un punto negro en medio de una superficie blanca de dos kilómetros puede tener un significado que a la gente le importe un joraca. Esto era lo mismo. Era muy pronto para salir con sonidos tan extremos. Lo que estaba haciendo era hard, como un progressive, pero medio heavy, no una cosa house.

¿El house no te gusta?

Lo que más me atrae de la música electrónica es el progressive, pero no la música para bailar. Ojo, también escucho a Norman Cook [Fatboy Slim], Paul Oakenfold, pero porque utilizan muchos elementos del rock. Y producen otras cosas que, independientemente de que las hacen para bailar, tienen otro concepto. La música dance que nos acostumbraron a escuchar, más allá de que las máquinas mejoraron, tiene el mismo concepto que la de los años del pedo. Y no está amparada en ninguna cultura que vaya más allá del género.

¿A qué te referís?

Claro, por más que la gente hable de la nueva espiritualidad, termina tomándose un producto… ¿Esa es la nueva espiritualidad? Yo creo que es una excrecencia final: estamos esperando que algo suceda, algo que nos sorprenda. Pero mientras que la cultura no se mueva, no va a producir más que esta especie de agonía de la cultura en la que se formó uno. Lo dice un tipo de 56 años que todavía entiende el mundo de hoy. El verdadero rocker quiere una novedad. Siempre renegué de la mirada nostálgica, de pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Y ahora la única esperanza que me queda es que este mundo paródico sea la antesala de un mundo virtual.

O sea que tu visión sigue siendo la misma que en la última época de los Redondos…

Ya lo pinté en Momo sampler: estamos viviendo una especie de parodia vital. Hoy hay una farandulización de la vida, que yo noto incluso en gente amiga e inteligente. Los medios tienen un poder muy grande, y las conversaciones pasan por los estándares que allí se ponen en juego. Las noticias, hoy, son probables. Las cifras de una misma noticia cambian a lo largo del día. Es como una observación meteorológica de la vida. La única manera en que acepto esta especie de vaciamiento, la única manera en que no me aburre esta vida, es pensar que es la antesala de un cambio grande, que asistimos al agotamiento de la cultura que nos describe.

Tu mirada sobre la cultura rock está expresada en algunos temas del álbum, como “¿Tomasito podés oírme? ¿Tomasito podés verme?”…

El gran problema es que, hoy, aun aquellos que en su momento hicieron experiencias no ordinarias, que les pudieron haber costado la cordura o hasta la vida, siguen recordando esos momentos como hippies estereotipados de una propaganda de Renault. Y no fue así. Me da pena que aquellos que vivieron eso digan que al rock no hay que tomárselo en serio, que uno lo hace para levantarse minas. No está mal levantarse minas, pero que ésa sea la razón por la que vos sos un artista… Me parece que no está bien. Son frases ingeniosas, pero… Que una canción no cambia el mundo… No, no cambia el mundo, pero hay canciones que me hicieron cambiar mi mirada sobre el mundo. Que eso no sea posible ahora, está bien, pero me aburre mucho la postura que los artistas tienen hoy. Han aceptado la mirada posmoderna. Y yo creo que hay que estar atentos a las pretensiones de la hipermodernidad. Yo creo que, para que la vida tenga una pulsión, la gente tiene que tener ideales. No todo puede ser cool.

Sin embargo, después de diciembre de 2001, parecía haber una vuelta del compromiso, la gravedad. ¿Duró poco o qué?

El carácter civilizatorio de la industria del espectáculo es impresionante. Todos los criterios de los formadores de opinión están unidos a la industria del espectáculo. Si los artistas no se hacen cargo de eso, no se va a hacer cargo nadie. No quiero estandarizar la importancia del trabajo; estoy diciendo que tiene que haber de todo, que no debe prosperar la liviandad como canon excluyente. El arte es un arma muy importante para transmitir emociones. Y dedicarla simplemente al entretenimiento… No sé, a mí no me seduce mucho la idea de entretener a la gente mientras la vida pasa. Bienvenidos Los Auténticos Decadentes, pero también tiene que haber otra cosa. Me rompe las bolas cuando dicen: “letras crípticas”. ¿De qué están hablando? La poesía es críptica. La poesía tiene que sugerir más que significar. Una obra de arte es simbólica. El arte es describir un aspecto de la realidad simbólicamente, en términos estéticos. El culo, la birra… Está bien, pero que no digan que cualquier otra cosa es pretenciosa. Creo que, hoy, hay una incapacidad para generar obras creativas. No es un momento en el que me ponga contento estar vivo. Miro a mi alrededor y veo que estamos a la espera de un cambio cultural que tarda en venir. Supongo que la biotecnología traerá eso.

¿Creés que, necesariamente, las nuevas tecnologías impondrán el cambio cultural?

Hay una reterritorialización. Pero no estamos todos en el mismo estándar. Una parte de Nueva York, San Pablo o Buenos Aires ya tienen un territorio en común que no tienen los desposeídos de esas sociedades. Hay nuevos territorios, pero todo tiene que ver con tu capacidad para vincularte con esas nuevas tecnologías. En los países de punta es más fácil: las estadísticas muestran que en los países con mejor calidad de vida es donde menos delincuencia hay. Evidentemente, las leyes más represivas no solucionan los problemas, lo que los soluciona es que la gente tenga una vida digna, y ahí el porcentaje de delincuencia también se achica.

El disco tiene una densidad sonora importante. ¿Puede que sea eso lo que te volvió loco durante estos cuatro años?

Sí. En comparación, es muy fácil mezclar un álbum de un power trío: tenés todo el techo dinámico para darle a la guitarra, el bajo, la batería y el cantante. El problema es cuando tenés dos o tres guitarras, y hay una chapa atrás haciendo como una nube y aparece una trompeta por allá… Es lo que me gusta a mí, tanto cuando compongo como cuando pinto: no soy minimalista, no hago las cosas por sustracción, sino por adición. Y de movida, porque mi discurso es oscuro. No es un discurso ¡pum para arriba! Entonces las tonalidades que elijo siempre son dramáticas, o nostálgicas.

El primer tema, “Nike es la cultura”, tiene una orientación muy contemporánea y política. ¿Lo pensaste como una especie de toma de postura?

Para mí, el proceso intelectual es un proceso muy sensitivo. No es un proceso cool y frío. Aunque, sí, la transmisión de sensaciones se sobrelleva con las armas intelectuales: la comprensión de la literatura, de la música, el bagaje de todo lo que has espectado, escuchado, sobre lo que has aprendido, y las gramáticas que incorporaste para entender. Al final de “Nike es la cultura”, la estrofa dice: “Vos gritás No logo /O no gritás No logo /O gritás No logo no”. Es decir, ni siquiera tomo una posición con respecto a eso. No logo [el ensayo de Naomi Klein] es un éxito editorial, también. Me aproveché de eso para referir a una tipa que hizo un gran éxito editorial describiendo la intimidad de Donna Karam y todas las marcas, y cómo logran su éxito comercial con las sangrías que hacen en las poblaciones donde podés tener galpones de gente trabajando por un puñado de arroz. Pero, más que nada, yo estaba pintando la relación de los adolescentes con todo eso.

¿Y también tu relación con el asunto?

Sí, a mí me encanta la ropa de Nike y la uso, de modo que no me desentiendo. Sólo describo. Independientemente de lo que mucha gente cree, yo nunca trato de traducir de maneras ideológicas lo que hago. Si alguien lo quiere leer así, que así lo lea, pero yo sólo trato de transmitir una visión, en este caso sobre las grandes corporaciones de la vestimenta. Y estamos todos involucrados. Me gusta la ropa de Nike, pero entiendo el contexto de explotación social que la produce. Esas zapatillas que a vos te gustan y te meten en la marota son el marco del sufrimiento y la desigualdad que hay en el mundo.

En el álbum hay una variedad en el sujeto desde donde se escribe: crónicas, visiones sociales.

En casi todo los álbumes la fórmula es más o menos la misma. “Zippo que estaba hecho migas…” [ canta ]. Siempre hay tres o cuatro canciones que son crípticas y que generalmente son las que expresan la manera de ver la vida de un tipo que se dedica a las ideas. Mi trabajo es leer, escribir, reunir cada vez más elementos para transmitir una emoción. Esas letras no son más crípticas. Son para gente que tienen otro nivel para leer la data, el mundo y la cultura. Son temas que tienen una pretensión de abarcar sentimientos más profundos, y a partir de ahí la letra se hace más simbólica. Por ejemplo, “La muerte y yo”, donde hay juegos que tienen otro significado para dar una impresión de cómo ve uno la muerte. “El tesoro de los inocentes” dice “si no hay amor que no haya nada, vida mía, no vas a regatear”. Hay algunas con connotaciones más sociales, como “Ciudad Baigón”, y después hay otras que son pinturas, como “¿Tomasito podés oírme? ¿Tomasito podés verme?”, que pinta lugares de reunión que hay en Etcheverri, como esa moda que hay en Europa que acá las vanguardias no aceptan: lugares multitemáticos en que te encontrás con viejos carrozas de los años 70 y con pibes de 13 años, todo mezclado, y la música de fondo son rocanroles del año del pedo mezclados con lo último de la música tecno, y de pronto suena The Who. Es una manera de pintar un submundo que no es el submundo que está de moda, y que sin embargo es tan o más vanguardista porque está abierto a todo tipo de estímulos, no a la tendencia imperante que está de moda en Palermo Hollywood.

“Pabellón Séptimo” es casi una crónica periodística.

Es un hecho que pasó, y está relatado de una manera dramática. Le pasó a un amigo, Luis María [mencionado en “Toxi Taxi”, el tema de los Redondos] en Devoto. Fue una masacre, un asesinato terrible, y yo tenía que ver cómo lograr ese tono dramático a través del vehículo musical de la canción. Siempre que abarco un grupo de canciones, algunas están dedicadas a pintar personajes y otras a tratar de expresar sentimientos o miradas que tengo con respecto a algo.

En el disco también hay una carga de sensualidad…

Mirá… ¡Ya estoy hecho un viejo verde!

Bueno, no queríamos ponerlo en esos términos…

La verdad es que les estoy muy agradecido a las jovencitas que tienen actitudes condescendientes conmigo. Yo puedo ser el abuelo de muchas de esas chicas. Pero tiene que ver con esas cosas del personaje, ¿viste? Hay tipos que no cogerían nunca si no fuera porque se transformaron en algo importante. Yo agradezco mucho la delicadeza de jovencitas que tienen 14, 16, 17 años y te tratan como si fueras una especie de sex symbol irresistible. Pero… ¡la concha de su hermana! [El tema] “La piba de Blockbuster” es un poco eso. Hay una estrofa que dice: “Un pavo guapo no soy/ ya ni mañas me doy/ pero ella está conmigo…”. Por otro lado, no soy un tipo jodido en ese sentido. Nunca me aproveché de mi posición, creo que no está bien. Las diferencias de edad hacen diferencias en los morbos. Nunca me creí la del rocker que la va de banana por cogerse a una menor en un hotel de Rosario. Tampoco estoy censurando, pero no me parece que esté bien ese juego de perversión. Independientemente de que uno zozobre a la tentación alguna vez.

Lo de la sensualidad no significaba, necesariamente, cogerse a una menor…

No, yo me refería a “La piba de Blockbuster”… Es muy chiquita [ hace como que se escurre la baba ].

“Canción para un goldfish”, por ejemplo, es un relato onomatopéyico, casi, pero habla de algo que a uno le puede pasar en cualquier momento. Estar en un chichoneo y que alguna de las chicas amigas vaya debajo de la mesa y… empiece toda la joda.

¿Alguna vez fuiste un adicto a las groupies?

No, ni siquiera. Esa parte fashion de las limusinas, las groupies y la merca, no me tocó. Yo soy más de la generación de los yippies. Toda esa cosa de la moda y del sacrificio de la juventud no fue lo que más me interesó de la cultura rock. A mí me interesaron los años en que el rock en los Estados Unidos fue político. Y cuando digo “política” estoy hablando de poner ácido en los cuarteles, no estoy hablando sólo de los Black Panters. Estoy hablando de lo que hacían Jerry García, Ken Kesey. El rock hecho política. Con otras armas, con otras visiones… La cosa de la limusina, el hotel y los caprichos, y te tiro el televisor por el balcón, me pareció todo una pelotudez. Independientemente de que uno ha estado sujeto muchas veces a circunstancias similares.

¿Cómo cuáles?

Cuando vas a una provincia, el productor te trae todo lo que piden los grupos de rock. Pero, para mí, antes de subir al escenario, los camerinos se parecen más a un templo que a un quilombo. Me gusta el chichoneo y la joda como a cualquiera, pero en otros momentos.

¿Nunca curtiste vips?

Las primeras veces que íbamos a tocar a Mar del Plata, por ejemplo, terminábamos encopetinados y después del show nos mandábamos a una disco. Y nos ponían en el vip. Me acuerdo de una vez en que estábamos rodeados de personajes como Hugo Gatti, [Carlos] Monzón, Federico Moura, Pablo Codevilla… Y estábamos nosotros, también. Y era un lugar privilegiado, todo pana y chicas que se te sentaban encima para las cámaras, champán y… Y la gente del otro lado del cordel nos miraba como si fuéramos muñecos de cera. Ahí me dije: ¿qué estoy haciendo acá? Creo que toda esa cosa tiene que ver con la necesidad de mostrarse, el ego.

¿Preferís concentrarte en la obra?

Creo que la transformación metafísica es la razón por la que uno hace esto. La obra, en sí, lo único que hace es transformarme a mí mientras la hago. Cuando esa obra convoca conocimientos, los atrae para formar parte de ese caldero del cual yo voy a sacar cosas. Eso me transforma en un ser diferente. Me modifica. Lo otro, la autodestrucción exhibicionista… Si ustedes hubieran llegado acá y yo estaba con un pico tirado en el piso, la nota empieza a estar linda, ¿no? En cambio te encontrás con un boludo que vive encerrado y hace canciones. Entiendo que hay un atractivo y un morbo en el hecho de ser testigo de intimidades de tu vida, sobre todo si te pasás el día con el culo en la caja de un banco. Pero yo soy más tradicional: me interesa la obra.

Todo el tiempo estás marcando diferencias con lo que se supone es la cultura imperante. ¿Te sentís solo?

Sí. Creo que tiene que ver con la libertad. El precio de la libertad es la soledad. Hay un grupo muy pequeño de personas que tiene lo que yo reclamo para mí: lealtad, honestidad y diversas capacidades intelectuales. Pero se me hace muy difícil establecer nuevos afectos, porque no hay una correlación entre mi personaje público y mi vida. Se hace muy difícil tener amistades nuevas cuando la gente te puso en un lugar de ícono. Es muy fuerte para todo el mundo. La mayoría prefiere que seas ese muñeco, y no lo que sos en verdad.

¿No creés que tuviste mucho que ver con la construcción de esa figura? ¿Te reprochás algo?

Sin duda tuve que ver. No me reprocho nada porque supongo que hay cosas que uno no sabe manejar. Mi personalidad es como es, hay cosas que no manejo bien. Soy fóbico a la gente. Me gusta estar arriba del escenario, no abajo. Si estoy ahí, me agarra una claustrofobia que me muero. Hay personalidades que se llevan muy bien con la popularidad, y otras que no. Siempre he tratado de que mi personalidad no se cristalizara públicamente. El problema es que, cuando generás un proyecto exitoso, si vos no te encargás de esa descripción, alguien lo va a hacer por vos. Cada uno tiene una necesidad distinta acerca de cómo tenés que ser… Más alto, más honesto, menos miserable… Y la verdad es que lo que más necesitaba era tiempo para pensar, para leer, para escribir, sin necesidad de volcarme en un proyecto totalizador, porque quizá la mirada del mundo que tengo hoy es muy parecida a la de Momo sampler. No cambió nada.

Ese hermetismo que decís que te jugó en contra, terminó haciendo escuela en el rock nacional de esta época…

Me cuesta reconocerme en esas cosas. Yo estuve en un proyecto importantísimo. Si uno quiere verlo desde un punto de vista más prosaico, fue el show con entradas pagas más grande de la historia del espectáculo nacional, no sólo del rock. Lo que me cuesta entender, porque lo leo desde afuera, son esas comparaciones con Los Piojos y La Renga, por ejemplo. Creo que esos chicos me deben odiar.

Si bien decís que en los Redondos eras “el jugador dominante”, estabas exento de las labores de manager. ¿Cómo lidiás con eso ahora?

Ciertamente, no estaba acostumbrado a ensuciarme las manos con la comercialización. Antes se las ensuciaba Poly, independientemente de que las decisiones se consultaran siempre, o que muchas veces mis caprichos condicionaran la manera de negociar. Había alguien que iba y charlaba con el enemigo, y yo estaba alegremente como el director creativo. Ahora tengo un manager personal, pero de momento lo estoy manejando yo, cosa que me rompe las pelotas, porque no es lo que a mí me interesa. No porque no sepa cómo es el ambiente, porque lo conozco, pero no me gusta ensuciarme las manos: soy como un chef.

Pero ya debés estar planificando tu vuelta a los escenarios. ¿Qué dimensiones imaginás?

Lo primero que hice fue mirar qué le pasó a mi coequiper [Skay]. Y mi coequiper tuvo una especie de

descenso a otro nivel de convocatoria. Entiendo que mi nicho puede ser un poco más grande. Porque, bueno, hay una proyección sobre mi personaje diferente de la del resto de los chicos. Supuse que un Obras, o un Luna Park… Algo para probar. Pero cuando los productores empiezan a tentarme, hablan de dimensiones que no quiero mencionar.

Canchas de fútbol, digamos.

Sí, pero no Excursionistas. Y empezás a dudar: “Estos boludos no son ningunos nabos, tampoco”. Tengo todavía cinco meses para ver. Y supongo que saldré a tocar antes por el interior, para darle rodamiento a la banda. El Luna Park me encanta, pero nunca nos permitieron tocar ahí. Después de aquello de “atomizar la butaca”, para don Tito Lectoure yo era un nuevo Billy Bond. Pero, en fin, tendría que buscar a alguien con experiencia en armar shows. Ya he recibido ofertas del mejor y ahora lo estoy pensando.

¿No te importa que sea una corporación?

Más allá de lo que se habló de la independencia de los Redondos, para mí la independencia de una artista consiste en: grabar cuando querés, como querés, donde querés y que los logos de los sponsors no sean más importantes que la estrella del escenario. Eso es lo que para mí vale. Después entran en juego las conveniencias económicas, y quizás, si te va bien, vas a ganar más dinero siendo independiente. Hace años ya que todas las corporaciones me ofrecen las mejores condiciones, porque hay un público cautivo, aparentemente. Yo siempre creo que el público no está cautivo, pero a mí me conviene que crean eso. Hoy me ofrecen una cantidad inconmensurable de dinero antes de tocar por una cantidad equis de shows; se hacen cargo de todo, me dan un porcentaje y respetan todo lo que les pido. En definitiva, el tipo no está queriendo intervenir en nada. Las corporaciones quieren que estés para arrastrar su catálogo y todos esos mambos que tienen en la cabeza. Esas mecánicas son misteriosas, yo nunca creí en ello, pero por algo facturan millones. En fin… Me la jugaré por algo y correré con las tribulaciones que implica hacer un estadio vacío, o que se arme quilombo en un estadio chico.

En ese contexto de negociación, ¿por qué te oponés al sponsor?

Si están afuera vendiendo sus cosas, me importa un carajo. Porque yo también compro cosas, no estoy en contra de la sociedad de consumo… Tiene que ver también con mi famoso lema “Solos y de noche”, que ahora veo que salió por todos lados. Simplemente creo que mi música, o la música que hacíamos con los Redondos, tiene un carácter dramático que no tiene que ser desvirtuado de ninguna manera. Creo que el campo de atención hay que ganarlo con todas las herramientas posibles, tiene que cargar dramáticamente el escenario con una mirada. Y la verdad es que el logo de Volkswagen arriba de un juego de luces… Qué sé yo. Si afuera hay promotoras, a mí me importa un carajo, pero dentro del estadio me parece que no. Unicamente si estuvieran en momentos previos y en un rincón apagado, pero cuando empezó el show, olvídalo. No es que estoy en contra de las empresas. Son confusiones que surgen cuando se cristalizan los discursos. Esto mismo que yo estoy diciendo acá, cuando se empiece a achicar y a editar, quedará como que estoy mandando eslóganes.

¿El hecho de hacer un disco solista te liberó de..?

No, eso de la liberación… Yo estuve leyendo unos reportajes de Skay y veo que él se siente liberado. Yo sigo haciendo lo mismo que hacía con los Redondos. No me liberé de nada. Siempre escribí y hablé desde un punto de vista personal. Cuando uno dice “jugador dominante”, lo dice por muchas razones. Yo salí en todas las tapas, hice todos los discursos, fui todas las remeras. Si uno mira para atrás, el personaje que estaba metido en todos los rubros de los Redondos era yo. Así que no estoy haciendo algo que no hiciera antes, porque tampoco estoy tocando solos de guitarras.

Pero con Skay compartían…

Yo compartí mucho con Skay. Compartimos porque me parece un tipo muy inteligente y un muy buen violero. Y podríamos haber hecho cosas solos, pero durante mucho tiempo nos pareció que estaba bueno el punto de vista del otro. Y nada más. Nunca consulté con nadie el discurso público de la banda. Supongo que, más de una vez, les habrá roto las pelotas porque no estaban de acuerdo con lo que yo decía.

Skay habló de una sintonía artística y un entusiasmo que estaban extinguiéndose.

Eso lo siente Skay. No voy a abundar en detalles al respecto. Yo he leído un par de reportajes de Skay y uno de Semilla [Bucciarelli]. Supongo que todos tenemos miradas diferentes de lo que pasó. Y yo respeto lo que cada uno cree que pasó. Para mí pasó algo determinante, una decisión. Vamos a poner un eufemismo: yo creo que había un contrato íntimo con Skay y con Poly y que de pronto afloró una falla. Con respecto al resto de los chicos, no. Tienen derecho a sentir lo que sienten. Sergio [Dawi] tiene un álbum listo, muy bueno, me parece, y la semana que viene va a venir para que lo escuchemos. En el reportaje a Semilla, creo, había un poco de resentimiento. Tiene todo el derecho, creo que es lógico. Pero no estoy de acuerdo cuando dice que había una cosa de egos.

¿Por qué?

Yo era la estampita de la banda, y realmente no sentía envidia por el rol de nadie. Primero porque el asunto del ego es algo que yo aprendí a combatir. Soy un tipo que ha tenido un ego muy fuerte, y sé lo que es la constante ambición de mantener el nivel de algo. Es muy peligroso. Y ni hablar de cuando la vanidad acepta las adulaciones: terminás satisfecho con vos mismo, y eso es decretar tu muerte. La muerte creativa.

¿O sea que hubo un hecho puntual que determinó la separación, no un desgaste?

Está bien: quizá yo soy un poco tirano. Skay tiene derecho a sentirse liberado de una relación por la que trabajó mucho tiempo. El jugador dominante es alguien del que te querés liberar, siempre es el que te rompe los huevos, y es al que siempre le vas a reclamar las cosas en un momento determinado. Es el culpable de que vos no tengas un rol más significativo en el proyecto. Yo acepto esa parte, porque también

es verdad. En los últimos álbumes, los músicos prácticamente se enteraban cómo venía la mano cuando ya estaban terminados. Pero para mí hubo un hecho determinante que hizo que todo explotara. Es una frontera que prefiero no rozar. Me gusta ubicarme como la madre del juicio salomónico: prefiero que el bebé se lo quede otro, antes que partirlo en dos.

¿Hay alguna letra del disco que aluda a la separación de los Redondos?

No, en ese sentido yo no soy dramático. La sensación de pesadumbre o de dolor te provoca algún tipo de filtro emotivo, algo que, en parte, disemina la creatividad de este álbum. Pero, sinceramente, creo que bastante tiempo duró la joda. No nos podemos quejar. Y después… todo depende de cosas que ni siquiera yo sé. Tampoco me atrevo a decir que los Redondos sea un proyecto que no vaya a volver. Lo desgraciado de todo esto es que estamos muy grandes. Alguien nos decía que, si no nos separábamos ahora, no íbamos a tener tiempo de reunirnos. Pero ojalá hubiera sido una joda de ese tipo. Todo pasó así: en un momento estábamos hablando de cómo íbamos a tocar en Santa Fe, y una hora después yo me estaba subiendo a mi coche sabiendo que no pasaba más nada.

En su momento se dijo que la decisión tenía que ver con la combustión social del país…

Sí, pero yo no hablé con nadie. Eso fue todo lo que habló Skay… Como sacó álbum nuevo, me imagino que se vio obligado a responder. Entre otras cosas, mi pausa fue tan larga porque creo que hay algo con lo que debemos tener cierto recato. Por miserias personales, uno no puede alegremente arruinar un proyecto tan querido y que significa emotivamente tanto para tanta gente. Lo que sí es verdad es que los que nos forjamos en la cultura tempranamente, tenemos una conducta como de guerreros, un código que no se vulnera. Y eso provoca, a veces, cosas jodidas de asimilar. Pero también hemos sido tres personas sujetas a mucha presión durante mucho tiempo. Y no quiero hacer futurismo, pero creo que las cosas pueden solucionarse. Tampoco sé de qué manera, ni cómo, ni cuándo, ni siquiera si es probable.

¿Qué cambió al empezar con una nueva banda?

Más allá de cierta soledad, mi vida no cambió mucho en mi quehacer artístico. Lo que estaba bueno era poder confrontar con alguien, confirmar con alguien, tener un cumpa con el cual mirarnos y ver si estamos de acuerdo. Eso te confirma algo que a veces, en soledad, se convierte en incertidumbre, independientemente de que muchas veces el solo de guitarra lo tarareara yo y él lo tocara, porque eso es parte del juego compositivo. Hoy estoy queriendo formar una banda, porque te da una comodidad… Lo que pasa es que una banda, para mí, no son los mejores músicos, sino esa gente con la que podés pasar muchas horas encerrado. Por eso digo que soy un freak que hace música, porque para mí es más importante la vida. Por más que seas un capo tocando la guitarra, si me rompés los huevos, a las tres horas te estrangulo. No estoy en edad de tolerar.

¿Quiénes te van a acompañar en el vivo?

Momentáneamente, voy a arrancar con los músicos que tocaron en el disco, pero después hay que ver: una banda tiene que tener magnetismo físico, varias cosas a las que yo me había acostumbrado. Los Redondos tenían eso: un magnetismo físico. Aunque Skay y yo tuviéramos los roles fundamentales y moviéramos más el culo, en general éramos una postal convincente. Yo sé que soy un frontman, y que he sido aceptado durante muchos años. Algo debo tener.

¿Sentís que el entorno le fue hostil a los Redondos?

El éxito de un proyecto así tiene características que molestan a muchos. Colegas, medios, productores chupamedias…

Hay sospechas de que, en sus recitales, ciertos sectores del poder mandaban gente para provocar disturbios…

Hay cosas que uno no cuenta, pero… Desde el poder político… Cuando hay un grupo que tiene esta masividad y este atractivo, hay una necesidad estratégica y táctica de sectores del poder de asimilarlos para sí. Yo no tenía casa propia cuando me ofrecieron tocar en Mar del Plata para una campaña. Cuando te negás a formar parte de eso, esa gente tiene unas formas más que mafiosas de hacerse ver. Eso ya lo sabemos todos. Uno, por formación setentista, tiene amigos en todas partes. Gracias a Dios, tengo amigos en el cielo y en el infierno.

¿Y cómo te caen esos acercamientos?

Desde adentro, uno ve el proyecto en el que está metido con otra dimensión, más de entrecasa. Por eso no te gusta cuando te viene alguien con una magnitud extrapolada y extraña. Ahora me está pasando de nuevo: hay cada conversa que uno no puede entender. Son mambos de gente que está metida en ese dibujo porque su vida depende de eso. Están hechos para hacer guita. Hay un par de personajes de la política que están metidos hoy en un lugar más que significativo. En esos casos sí prefiero pensar que lo mío sólo son canciones. Porque me estoy protegiendo, no quiero que mi vida se transforme en esa cosa cortesana y… Hablo de un tipo que corta el big bacalao, no de un funcionario menor. Me han hecho planteos de la política, del tipo “vos llenás dos veces River con 70 mil personas y un partido [político] no puede poner 20 mil”.

¿Los disturbios en los shows de los Redondos tenían que ver con eso?

Sí, lo tuvimos filmado inclusive y sabemos que son reconocidos vigilantes de las comisarías. Ni siquiera eran parapoliciales… Pero son cosas que ayudan a conocer el mundo en que vivimos. Mientras no te pasan, son como paranoias, y yo a veces no las cuento. Si uno denuncia eso en voz alta, te da una vergüenza, un pudor, y ahí prefiero ser un artista.

Mencionaste tu formación setentista… ¿Creés que este Gobierno intuye que estás ideológicamente cerca?

No, al respecto… [ titubea ] no voy a decir nada. Sólo te puedo decir que… [ le brotan algunas lágrimas, se sirve una copa de vino y se excusa ] Hubo gente muy rica que murió. Eso… Perdón… [ Larga pausa. ]

Es interesante ver cómo se reacomodó el mapa del rock nacional después de la separación de los Redondos. Varios grupos alcanzaron una masividad importante.

Hoy en día hay una maquinaria de promoción universal de cosas, una oferta descomunal… Hay gente que está convencida de que puede hacer que cualquier cosa sea exitosa. Y creo que es verdad. Porque tenés un par de radios, alguna revista y lográs que se llene un estadio. También hay que medir las cosas como son. Un proyecto como los Redondos llenó dos veces River. Para juntar un poco más de gente, ahora, hay que hacer dieciséis fechas con ciento y pico de bandas. Son pocos los grupos que capitalizan el fenómeno.

¿Notás una diferencia en el nivel de intensidad de los shows de rock?

Supongo que una sociedad en que la biotecnología logró cosas significativas, en la que los conocimientos lograron cambios, estará acompañada de otro tipo de música. Las tecnologías traen en sus propios nervios las catástrofes. Chernobyl, los virus informáticos… Tienen una vida muy parecida a la de los imperios. Y traen a su vez movimientos culturales que también tienen su momento de crecimiento, apogeo y decadencia. Estamos en un proceso histórico decadente, y el imperio hace lo que puede. Puede zozobrar de una manera estrepitosa, porque la deuda que tiene Estados Unidos es enorme. A la vez tiene el poder para destruir, pero no para ocupar. Y encima ya hizo la Harley Davidson y el rock & roll. Ahora sólo le queda imponerse por la fuerza y ser el gendarme del mundo.

¿Y creés que la cultura rock se cae con el imperio?

Sí. En algún momento tiene que terminar, hay un período para todo, y esa cultura ya la viví. Hice todo lo que había que hacer y me puse todo lo que había que ponerse. Llega un momento en que es un embole. La quinta vez que aperecen bandas de garage…

Algunos dicen que la electrónica representa un cambio cultural.

Para mí es igual. Te lo digo porque ya pasó en los 70. Entonces me gustó menos que ahora, pero difícilmente alguien pueda sentarse en su casa a escuchar eso. Cualquier banda de rock & roll es más conmocionante que dos tipos sentados delante de dos computadoras, por más que le pongan pantallas y luces. Nos está faltando un cambio rotundo. Puede ser dramático, puede ser crítico, hay que estar preparado para lo peor, pero va a provocar un nuevo estado de las cosas, la incorporación de nuevas texturas… Sé que soy un tipo del pasado, pero aún tengo eso del que espera una puta maravilla a la mañana, que pase algo que nos conmueva, que nos haga sentir que estamos vivos. Prefiero el heroísmo de los jóvenes de los 70 que fueron a la muerte con ideología, aun sin saber qué se tejía en las propias cúpulas de sus movimientos.

¿Todavía tenés expectativas puestas en internet?

Sí. Me parece que la pantalla ya nos está quedando chica. Es como contemplar un océano inmenso a través del ojo de un aljibe. Creo que deberíamos ya encontrar alguna manera de percibir todo eso. Esta burbuja que yo me armé, acá en mi casa, tiene que ver con mis fobias. Para mí la popularidad significa que la gente te vigile. Yo crecí en la época de la clandestinidad y era peligroso no ser anónimo, no ser del montón. Entonces, un personaje que se formó en una etapa de clandestinidad, que vaya al hospital y una enfermera que nada tiene que ver entre a verle el culo… Me rompe los huevos. Yo siento que la gente me vigila.

Nunca tuviste muchas influencias marcadas dentro del rock nacional. ¿En este momento hay algo que te conmueva?

Me gusta Calamaro. En este álbum hay un poco del espíritu de Andrés, en el sentido de ese atrevimiento. De movida, él me parece un campeón. Un tipo que convenció a una multinacional de que le sacara un álbum quíntuple, me parece un campeón total. Y después, el atrevimiento de editar maquetas hechas en su habitación… Discrepé con mucha de la prensa que se lo tomó a la jarana y se rió de él. Calamaro fue, tempranamente, un personaje muy chistoso y muy fashion. Pero creo que después se transformó en un artista muy interesante. Un tipo atrevido.

¿Tu método de trabajo tiene algo que ver con el suyo?

En realidad yo no sé hacer una mierda. Y tengo como método el olvido. Creo que la única manera de ser vanguardista con uno mismo es olvidar las cosas que aprendió, como para empezar de vuelta. El verdadero vanguardista es el que olvida. Porque sólo es nuevo lo que hemos olvidado. Las pasiones son las mismas, sólo que las describimos de maneras diferentes, les hacemos una escenografía distinta. Por otro lado, a mí no me gusta cómo canto, y sé por qué no me gusta. Entiendo también que la música popular depende más del carácter que del canto, pero soy incapaz de producirme a mí mismo. Siempre creo que mi voz es lo que está arruinando las canciones.

Concretamente, ¿por qué no te gusta cómo cantás?

Porque no. Yo no sé si la gente siempre está muy a favor de lo que hace. Creo que va a aceptando los elogios porque los agradece, y termina creyéndoselos. No sé si Mollo cree que es un gran guitarrista. En la intimidad él pensará que toca bien, pero es más lo que aprende de lo que le dicen los otros. O por comparación. Yo también digo: “Si cantó Bob Dylan, si cantó George Harrison, Tom Waits… ¡yo también puedo cantar!”. Me gusta cómo compongo. Me parece interesante que alguien haya hecho lo que yo hice; las letras creo que también están bien. Dentro del rock nacional no está mal que alguien haya venido a aportar esto. Pero cantando… ya no tanto. Tampoco encuentro muchos buenos cantantes acá. Están los que son muy admirados, algunos también por su lírica. Creo que son buenos cantantes porque la lírica, casualmente, no tiene otro objetivo que elegir la musicalidad de las palabras. Yo, sinceramente, “pies de atril” y todo eso son cosas con las que no ligo.

¿Cómo te cae este momento de optimismo político?

Yo no creo en las soluciones de ese tipo. Seguramente estemos mejor, pero yo me fijo en la calidad de vida, no tanto en las variables económicas. Y cuando un pueblo es explicado desde ese lugar, devela un grado de ignorancia que hace difícil ser optimista. Cuando sumamos a eso la falta de interés de gobernantes y gobernados en distribuir dinero para la cultura y la educación, eso nos provoca una herida muy grande y una inercia con traslación hacia futuro. Y yo creo que la calidad de vida se reclama. Y se reclama desde un estado de comprensión de las cosas.

Se asimiló la idea de la corrupción generalizada. ¡Exacto! Me parece terrible el hecho de que la gente acepte el desgaste moral. Yo no me quiero transformar en una especie de conservador, porque parece que está fuera de aggiornamiento aquel que pretende que haya conductas honestas. Y para mí la honestidad es el remedo del honor medieval. Los gobernantes son los representantes de lo que un pueblo es. En los países en que la calidad de vida está mejor, el ciudadano es respetado, es dueño de su ciudad, dueño de su vida. Siempre hay negociados, pero tu vida no está sujeta al puto suelo de la miseria y de la ignorancia total, como acá.

¿Hasta qué punto la crisis te afectó en lo personal?

El corralito, a mí [hace un gesto de degollado], me re cagó. Porque yo siempre hablé con mi contador para decirle que, como no usaba insumos ni un carajo, mi vida era mejor si yo declaraba todo. Tengo todo en regla. Yo hago canciones, a la gente le gustan y las compra. No vivo de la rutina de nadie, ni nada. No tengo que andar escondiendo mis cosas con un contador. Bueno… mirá lo que me pasó: entre los bancos y el Estado, me cagaron. Esas cosas le pasan a todo el mundo, forman parte de la comidilla fundamental de la gente, pero para mí eso no es lo importante. Lo que condiciona la vida es el grado de determinación que tu mirada puede tener sobre lo que te rodea: eso hace a un pueblo libre. Eso sí pueden hacer las canciones. Las canciones pueden modificar el punto de vista de alguien.

¿Creés que antes había una mentalidad distinta?

La única virtud que tuvo nuestra generación fue desconfiar del mundo que los padres nos querían vender. A mí no me gusta la calidad de vida de hoy. No se trata de vivir más años. Porque mi vieja vive a los 95 años, pero la decrepitud es una cosa que es inédita en el resto de la coraza orgánica. Mis perros se mueren cuando envejecen. Es decir: no hay nadie que los mantenga rengos, o ciegos, con el estómago hecho mierda, perdurando nomás… Porque eso no es calidad de vida. Cuando te cagás encima no es calidad de vida. La vida transcurre por otro lado, aunque nos hagan creer lo contrario. Antes se me piantó un lagrimón porque creo, sinceramente, que más allá de lo equivocada que pudiera estar, la generación de los 70 tuvo a las mentes más dedicadas a la vida que hubo. Más allá de las cúpulas. Las cúpulas siempre están en otros lados. Pero todos esos jóvenes que murieron, realmente tenían necesidades importantes de cambiar el mundo.

¿Y de ahí en más?

Se puso difícil, porque la gente le toma miedo. Es desgraciado, pero yo, para tratar de ver lo que está pasando en el mundo, no miro las primeras cinco páginas del diario. En todo caso empiezo a leer las primeras cinco de Política Internacional. Esto es una república periférica. Nada se decide ¡acá.& Hoy parece que este Gobierno quiere, pero en tanto uno siga aceptando como genuina la deuda externa, eso te indica que no tenemos ningún tipo de independencia. Porque, si no, habría que decir que esta deuda fue generada facciosamente por gobiernos de turno con la excusa del enemigo rojo… Sabiendo que esto iba a explotar y que nos iban a tener endeudados para toda la vida. Lo mismo que han hecho todos los imperios en sus colonias. Pero nada dura para siempre. Y, aunque sea difícil voltearlos, los jugadores dominantes caen por su propio peso.

Un enigma llamado Carlos Solari

Un hombre, algo mayor, sentado en su auto, jugando con sus perros, de viaje por distintas partes del mundo -contra un graffiti neoyorquino, sentado en una fuente…-.

Las imágenes que acompañan esta entrevista fueron cedidas por el propio Solari. No es un detalle menor: su obsesión por controlar ciertos aspectos de su imagen pública -“es una fobia, una tara que tengo”, reconoció en un momento- ha sido una constante durante la larguísima carrera de los Redondos en la que no se han prestado mansamente a ninguna producción fotográfica. Ahora, obligado por su nueva faceta solista a revisar aquella política estricta, el Indio tomó otra decisión: él mismo provee las imágenes. Acaso por su desprecio por verse reflejado en una producción que lo estilice (¿alguien lo imagina disfrazado de prócer en la tapa?), ofrece material con un registro totalmente familiar, postales de una intimidad (la más celosamente preservada entre las estrellas), cuyo acceso siempre fue restringido. De hecho, el proceso digital, ese tratamiento con filtros que parecen convertirlas en pinturas o ilustraciones, lo hizo él mismo con su computadora: ahí, parece intentar borronear los límites, hacernos confusa la mirada, como no permitiendo conocer algo con precisión.

“Siempre fui menos que mi reputación”, dice uno de sus mejores temas. Y ahora la frase resuena de otro modo. Sigue negándose a la posibilidad de que contenga una mirada ajena, la del fotógrafo, como quien retiene todo el control de la situación, pero nos permite acercarnos, husmear, una naturalidad, una cotidianidad que jamás habíamos visto: en bermudas, en su estudio de grabación, o mirando a cámara junto a una mesa de billar.

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