“Esta es una de las últimas noches” 

El primer show de los Redonditos de Ricota en River fue un caos: dos heridos graves, más de cien detenidos y un clima de tensión permanente. Contrariado, el cantante de la banda dijo “acá pasó algo muy grave” y explicitó su voluntad de dejar de tocar en vivo.

Autor: Diario Página 12, 16 de abril de 2000

“Ha pasado algo muy grave acá, préstenme atención, carajo…”, dijo ostensiblemente nervioso y molesto Carlos “El Indio” Solari, intentando acallar el rugido de una multitud de 70.000 personas, excitadas por el regreso de la banda tras 25 tensos minutos de pausa obligada. “Acá pasó algo muy grave. Han entrado un par de hijos de puta, no sé si mandados por alguien o qué, que se cagan en el esfuerzo de la banda y de los 70, 80.000 pibes que vinieron a vernos. Hay varios chicos lastimados… Así que consideren ésta como una de las últimas noches que tocamos. No estamos de ánimo y sólo vamos a concluir este show por respeto, pero consideren esta como una de las últimas noches que tocamos. Parece que todo el esfuerzo de la prensa que quiso ubicarnos en un ghetto dio resultado. Ahora por un dictamen del juez vamos a tener que terminar el show con las luces prendidas”, concluyó enigmáticamente antes de que la banda iniciara “El pogo del payaso asesino”. Era el momento central de una noche caótica y pasional, dos de las características que han rodeado cada recital de los Redondos desde que contrajeron gigantismo, hace más de diez años. El saldo policial hablaba de dos heridos graves de arma blanca, más de cien detenidos y otros cuarenta intoxicados y heridos leves.
Las corridas en el campo de juego parecían, en principio, preparativos de pogo pero nada más que eso. Después, cuando se generalizaron, el clima de estupor se hizo patente en las tribunas y entonces surgió el espontáneo “Qué boludos que son, no parecen redondos… La puta madre que los parió”, que la gente empezó a cantar mientras sonaba la canción “El árbol del gran bonete”. Cuando terminó, los músicos se retiraron. Al volver, Solari habló como pocas veces lo ha hecho desde que lidera el escenario de los Redondos. Aquellas palabras de Villa María, Córdoba, tal vez sean el único antecedente mencionable: esa vez y ante problemas más o menos similares, él había anticipado algo de esto.
Desde ese anuncio y hasta la emotiva “Juguetes perdidos” –la canción que siempre provoca un colorido espectáculo de bengalas y banderas agitadas–, con la impresionante “Nuestro amo juega al esclavo”, la noche se ensombreció y esto no debe atribuirse al tono de las canciones. De hecho, Solari la presentó diciendo “es muy difícil cantar ‘banderas en mi corazón’ cuando han pasado estas cosas…”. Acto seguido dedicó la canción a “unos redonditos que están en la platea alta, Walter, Mariano, Leandro”. Todos sentían algo especial, una sensación realmente cercana a la idea de final. “No fue tan efímero, fueron muchos años”, sentenció Solari, antes de la penúltima canción, “Ya nadie va a escuchar tu remera”. Después la banda abandonó el escenario por un minuto y al volver el cantante comentó con la multitud: “nos falta una, ¿no?”. Todos contestaron que sí, sabían de qué estaba hablando. Entonces fue “Ji ji ji”, en la versión más caliente de la historia de la banda y con el pogo más descontrolado que se haya visto en cualquier acto redondista.
Este show de los Redondos, el más convocante de la historia de la banda y tal vez también el previamente más vigilado en la historia de los espectáculos musicales en Argentina, puede ser haber sido el último y no porque en la primera parte el sonido haya resultado una pesadilla de acoples y saturación. Todo lo que pasó entre “El pibe de los astilleros” y “Ji ji ji”, en casi tres horas de música e interrupciones, se transforma en un recuerdo borroso y en cierto modo dramático. Los miles que llegaron a River con alegría y calma, los que querían entrar “como sea” –la policía lo sabía y desligó responsabilidades–, los cientos de bengalas y cohetería a discreción que recibieron a la banda, las corridas, el anuncio del Indio, el final. Y la música clásica sonando a todo volumen cuando la multitud se iba con una extraña sensación de abandono, tristeza y enojo.

Informe: Pablo Plotkin.

 

LA SENSACION TERMICA DE LA PREVIA
Cuando todo era calma

Por Mariana Enríquez

Figueroa Alcorta está cortada desde Echeverría. Desde ahí, los ricoteros del sábado a la tarde debieron acercarse caminando al estadio, bordeando una improvisada cancha de fútbol en el parque, bajo la mirada atenta de la policía –nunca vistos en semejante cantidad, y acompañados por patrullas del Gobierno de la Ciudad– y asombrada de algunos vecinos que habían salido a trotar o andar en bicicleta. Las puertas se abrieron a las 14 hs. Una hora más tarde, todo estaba tranquilo. Los chicos bajaban sin parar de los micros, tomando vinos baratos (Pángaro, Pico Rojo) de botellas plásticas de gaseosa, donde se habían encargado de descargarlo. Llegaban cantado “Lo Redó, vamos lo redó” y los habituales cánticos en contra de Soda Stereo. Eran fáciles de reconocer: todos llevaban remeras de Patricio Rey, o una bandera sobre los hombros. La mayoría jóvenes, sobre todo los que habían comprado entradas para el campo. Los fans más grandes, o con chicos, decidieron ir a las plateas. Una pareja cuarentona llega con su hijo de 12 años: el chico se llama Gabriel, y los tres vienen de Avellaneda. Gerardo tiene un comercio y dice que, por suerte, no le va tan mal. “Somos fans desde hace años –dice–, pero los vimos pocas veces en los últimos años, porque cuando tocan en el interior se nos complica en el negocio. Además, con los quilombos en la puerta… Ya no estamos para estos trotes”. Los vio en Racing, y la pasó muy bien. Esa vez fue sin su hijo, pero ahora “quiero que los vea por si es la última vez”.
Mario, Ani y Pedro recorrieron casi 500 km. desde Santa Fe para ver los shows en River. Los tres se niegan a creer que éstos sean los últimos (es el primero de Pedro, “hoy debuto”, dice), y son de los que habitualmente siguen a la banda por todo el país. Ani es una veinteañera que estudia en Santa Fe y está impresionada por “unas chicas muy embarazadas que vi llegar más temprano. No entiendo cómo no se dan cuenta de que puede ser un peligro”. Está tranquila, sin embargo. Recuerdan los shows de Mar Del Plata y Villa María como “quilombazos en la puerta, pero los mejores recitales a los que fui en mi vida. Adentro nunca pasa nada: lo que sí puede ponerse feo es la puerta, porque muchos se quedaron sin entrada”.
Rosana y Daniela también vienen de Santa Fe. Tienen 18 años. Andrea, de Paraná, es un poco más grande. Dicen que “los seguimos a todas partes, las bandas somos así”. Tienen una bandera enorme que dice “Es el rock del país”. Van a quedarse a la noche “durmiendo por ahí”, porque también tienen entradas para el domingo. Están acompañadas por Juan Carlos y Miguel, de La Pampa, que también se quedan y que tampoco creen que sean los últimos recitales. “Esto no se termina nunca”, dispara Juan Carlos. “La banda se va acabar cuando la gente quiera, o cuando el Indio se muera”. Y Andrea agrega “y tampoco cuando se muera el Indio, porque van a ser una leyenda… Tenés razón: esto no se termina nunca”.