Indio en las sierras 

El culto Solari invadió Tandil convocando a más de 50 mil almas. Lo que viene, Merlo en setiembre.

Autor: Pablo Díaz D’Angelo, julio de 2008

Postal serrana. Calles de tierra (barro). Barriada humilde y austeridad. Recuerdo: once años atrás en el estadio San Martín bajo el reinado de Patricio. Previa inacabable. 5 de mayo de 2008. Era el turno de Villa Aguirre (pobre el que limpia). Cuando se abrieron las puertas del hipódromo tandileño la gente comenzó a apelmazarse para estar lo más cerca posible de la gran estructura geométrica que conformaba el escenario. El cielo plomizo, una garúa molesta, y un tono rojizo que se iba desarmando a medida que caía la noche temprana en Tandil. De repente algunas estrellas cotejaron las colas en la importante cantidad de cantinas que rodeaban el campo en donde se podía conseguir absolutamente de todo para comer y tomar. Una organización irreprochable (aunque algunas asociaciones locales la cuestionaron), previa caminata extensa y cacheos para arribar al césped y desayunarse con la imponente escenografía al mejor estilo Woodstock. La niebla no permitía que el paisaje describiera las sierras pero a tientas podían apreciarse. Hacía frío (15ºC), caía el rocío y la humedad era espantosa pero nada pudo poner de malhumor a un público que se fue amontonando y reproduciendo a medida que se acercaban las 21:30, horario en que se apagaron las luces que enfocaban a la gente y esas más de 50 mil personas comenzaron inmediatamente a moverse ansiosos, marcando territorio para que una vez delineada la intro con el sampler de Indiana Jones, El Indio y Los Fundamentalistas comenzaran a perpetrar una noche inigualable, comparable con las grandes misas ricoteras.

“No, no, ciego en la bruma” dice Solari en “Pedía siempre temas en la radio” como referenciado al clima inconscientemente. No hace falta describirlo estéticamente. No se sale nunca del libreto del tipo comunacho, antihéroe y poco estereotipado en rockstar. Anteojos rojizos, buzo rapper, calva reluciente, auricular, colores sobrios. Aunque no se veía mucho le alcanzó para saludar con un sobreactuado “¡Cuántos que son!”. Sabiduría de antemano de no dudar a priori que el lugar estaría hasta las muelas. Luego “Ramas desnudas” ayudó a completar la lista de la presentación íntegra de “Porco Rex” a excepción de “Veneno paciente” ya que se rumorea que sonará en vivo por primera vez en diciembre junto al mismísimo Andrés Calamaro (fue grabada a dúo) en La Plata, donde todavía no es oficial el cierre de 2008 de la gira nacional (se prevé un concierto en Uruguay para 2009) del segundo disco solista del pelado frontman. Dos canciones del último sirvieron para lucir a la banda. “Flight  956” permitió que Baltasar Comotto haga de las suyas. Un tipo que hace rato dejó de ser el violero invitado del Indio y El Flaco Spinetta para ser reconocido con nombre y apellido propio. También “Vuelo a Sidney” dio pie a que los vientos (Ervin Stutz y Alejo von der Pahlen) y el resto de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado se despachen con la parte más funk de la canción y reciban el merecido aplauso. El sonido fue casi perfecto y audible. Algunas fisuras con los amplificadores y las voces pero la finura de cada instrumento prácticamente no tuvo desperdicios. El Indio acusó nuevamente estar mal de la gola y se notó (carga sesenta abriles) y en algunos altos fue auxiliado por los coros pero sacó de donde no tuvo para complementarse. Tampoco es un tipo que infla el pecho, y mucho menos un tenor, más bien susurra las canciones con una certeza budista que cala en lo más hondo.

Para contrarrestar la frescura tandilense se reavivaron las brasas con “El infierno está encantador” y hubo que contrariarse ante la afirmación: “Ya sufriste cosas mejores que estas” en “Un ángel para tu soledad”. Las dos pantallas delgadas de los costados (había otra enorme detrás de la banda) daban una imagen de suma calidad para los que estaba más lejos, algo que no había sucedido en el concierto de Jesús María para los más rezagados. Básicamente las tomas consistían en primeros planos al Indio y ahí nomás en el reparto las imágenes del superstar Comotto desandando su eléctrica con criterio. El guión Solari fue el que ya se conoce: “A ver si me ayudan con esta”, “Hagamos el nuevo pasito” o “Vamos a mover el culito” aunque cerró con una calurosa y paternal “Gracias nene”. Dedicó “un saludo ahí para los muchachos” en la cruda y biográfica “Pabellón Séptimo” y se convirtió en un dark romanticón con “Y mientras tanto el sol se muere”. Sonó más pulida la engualichada “Nike es cultura” (en La Plata no arrancó, en Jesús María, le agitaron un zapatillazo, y ahora en Tandil empezó desenchufada) y no faltó la ricota del twist “Ella debe estar tan linda”, la creatividad de antaño en “Divina TV Führer”, los fraseos de “Un rock para el negro Atila” y la femenina “Un poco de amor francés”. Además de la tóxica “La hija del fletero” y “Me matan Limón” que junto a “Mariposa Pontiac-Rock del país” rememoraron al emblemático “Luzbelito” junto al himno pagano “Juguetes perdidos” en donde putas, putos, ricos, faloperos, negros, rubios, parejas, cuarentones/cincuentones, gordos, marginales, pibas, pendejos, flacos, inválidos y hasta ciegos de toda religión obviaron las diferencias impuestas aunque fuese por ese instante, reavivando la confraternidad entre los humos de la bengala y la densa neblina que azotaba al Hipódromo de Villa Aguirre conformando un auténtico espectáculo brindado por las masas. Cuando empezó el pogo más grande del mundo en “el ghetto de los pibes”, finalizó el show más fino y maduro desde varios aspectos tras el emprendimiento solista del Indio. “Ji, ji, ji” nunca fue tan esperada porque se sabía que sobre el ocaso de la canción punto final desde hace décadas, Solari iba a enunciar la próxima fecha. 27 de setiembre en Merlo, San Luis, invitó a todos coronando una performance cada vez más precisa. “El que abandona no tiene premio” parafraseándose declaró sobre la despedida. No sólo el Indio Solari justificó el éxito por el número de la convocatoria masiva y federal sino que musicalmente, salvo algunos detalles ínfimos, la producción en general fue digna de elogiar. Como siempre desde el ostracismo, sin publicidad, ni rankings, ni multinacionales, Solari demostró nuevamente que más que un mito/fenómeno inexplicable lo suyo junto a Los Fundamentalistas ya es responsabilidad, prestigio y muchísimo profesionalismo más allá de cualquier estampita en que lo quieran adosar.

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