Yo ser humano.
Carlos Solari, el rehén del Indio 

Detrás del mito y la adoración, resiste un chabón, un padre, un esposo, un bostero, un hombre lleno de carne y de huesos, como tantos que lo aclaman, pero apenas envuelto de piel, sin disfraz, ni armadura, ni corset. Preso en su ciudad, padece fobia a la gente y no conoce Buenos Aires: “Es muy difícil hacerse cargo del cariño de miles”. Pero aun así, atrincherado en un hotel, mientras ardía Junín por la presencia del Indio, Carlos nos regaló increíbles horas de su intimidad, “porque me llamó la atención esta estructura y esta manera de trabajo, esta eclosión de donde surge La Garganta”, entre tanto lobo suelto y cordero atado. “Yo soy de izquierda, pero si me preguntás de qué izquierda, no lo sé”, dice, en defensa de su identidad apartidaria, de su espíritu psicodélico, de su apología de la libertad. Tal vez por eso, sus mensajes no son suyos, son tuyos, son nuestros. Y entonces, esta vez, las fotos son acción, sin producción, porque sus mensajes están ahí, en su obra, en su luz, en su canción. Y cuánta razón. Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón.

Autor: Revista La Garganta Poderosa nro, 9, septiembre de 2011. Letras: Paola Vallejos. Fotos: Romina Rosas

No nos caímos del cielo. Después de la nota con Maradona, decidimos quedarnos ahí, esperando otro ser de luz. Pero, de pronto, curiosamente, no nos sentimos arriba, sino abajo, más abajo que nunca, andando los caminos que alguna vez soñamos andar, en un sueño encantador, en un suelo villero sin pesadillas, ni despertador. Todo empezó a gestarse nueve meses atrás, como las creaciones que te cambian la vida.
Bajo el sol de diciembre, cuando La Garganta recién empezaba a entonar las cuerdas de La Poderosa, con la entrevista a Román, su nombre salió a la luz, en una asamblea: “¿Y el Indio?”, imposible, “no da notas”, se le contestó a ese loco soñador. Pero en marzo, con la revista en los brazos de los lectores, desmintiendo la imposibilidad de las posibilidades, nos Garganta ya gateando, el mismo loco, que por ese entonces se veía un poco más cuerdo. Y arriba de La Poderosa, fuimos a buscarlo con todo: “Julio, este mail es diferente a los anteriores; esta vez, necesitamos hablar con vos”. Nos pasó su teléfono primero, y suero después: “Indio los espera en Junín, el jueves, antes del show”. Para mí, no sólo sería la posibilidad de entrevistar a Carlos, sino la primera oportunidad de compartir una “Misa Ricotera”, con toda esa multitud devota de la música, en esos encuentros de miles y miles, celebrando la libertad. “¿Julio, por si entendimos mal, usted nos está diciendo que el jueves hacemos la entrevista?”.
Sí, habíamos entendido bien. Y entonces, ¿para qué íbamos a caernos del cielo, si nos podíamos quedar, como mínimo, un mes más? Todo Junín estaba conmocionado con la llegada del Indio, con verlo, con tocarlo, con escucharlo. Pero yo, por suerte, no tenía nada que ver con esa estrella del rock. Apenas estaba ahí, buscando a Carlos, un tipo de carne y hueso, como esos que andan por todas las calles. Así, me presenté en el hotel y, de pronto, apareció ahí, sin los anteojos negros, a cara descubierta, fuera del personaje, dentro de su persona. “Yo soy bastante fóbico con la gente, pero el motivo por el cual estoy dando esta nota, pese a que hago muy pocas, es que me llamó la animamos a un poco más. Un mail al representante, dale, que sea lo que tenga que ser… “Indio aplaude el proyecto, contactémonos nuevamente, pasada mitad de año”. Con la grandeza de la respuesta, cortita, nos empezamos a ilusionar. Y en junio, con otro correo, regamos la esperanza un poquitomás. “Indio ya dijo que sí a la nota, pero tengan un poco más de paciencia. Hablemos una vez que pase el show de septiembre”, respondió Julio, su mano izquierda, el hombre que finalmente nos haría llorar a todos los miembros de la revista, porque sí, somos hincha pelotas, pero también somos sensibles. Mordiéndonos la lengua, tratamos de respetar el pedido, para bancar que pasara el tremendo recital de Junín, pero no pudimos.
“Atrás del Diego, tiene que venir el Indio”, volvió a decir, con La atención esta estructura y esta manera de trabajo, esta eclosión de donde surge La Garganta, pero si no fuera así, me vivo negando a las entrevistas, tratando de ser elegante, porque la gente te invita con buena voluntad, pero uno no puede hacerse cargo de todo”.
Atento a que no faltara nada de tomar, ni de comer, propuso un brindis, antes de prender el grabador: “Por la buena salud”. Y como para romper toda estructura, de entrada nomás, la empezó al revés: “Parece que soy yo el que hace las preguntas”, se rió, mientras indagaba por La Garganta, La Poderosa, nuestras villas. Sólo después, decidió presentarse: “Yo primero voy a decirles desde donde hablo, porque muy pocas veces lo digo. Independientemente de cualquier actitud política, cuando vivís en un grupo social, yo no creo en el artista militante; creo que el artista no tiene que formar parte del sentido común de la sociedad. Los políticos, sí. El resto de las construcciones, sí. Pero el artista tiene que estar en la frontera, cruzarla, volver, correr riesgos. Y por otro lado, no creo que haya dogmas políticos que solucionen los problemas para siempre. Son eventuales, circunstanciales, momentos. Por ejemplo, yo tengo una buena opinión de lo que está pasando en este momento, y eso no me pone en las filas del kirchnerismo, ni mucho menos. Simplemente, como ciudadano, me doy cuenta de que están pasando cosas importantes. Pero el artista tiene que preservar un lugar donde no forma parte del sentido común, porque lo tiene que exceder, atreverse a cruzar las fronteras de la sociedad, haciendo experiencias no ordinarias y aplicándolas no sólo en la plástica, la música o la lírica. Para mí, el artista es el único que no debe estar sujeto al sentido común, que sirve para todas las administraciones de la vida. Yo quería hablarles desde este lugar, que estuviera claro que en mi simpatía, yo soy un tipo de izquierda, pero si me preguntás de qué izquierda, no sé. ¿De la nueva izquierda? Siempre hay una nueva izquierda, pero antes que eso, me considero un artista, porque no tengo otra forma de llamar a lo que hago. Y creo que ahí, hay una cosa especial que sienten los que se dedican a lo que me dedico yo, buscando atraer nuevas lecturas a la vida común, al sentido común casualmente. Soy un hombre de la psicodelia, que es la experiencia de que hay algo mucho más profundo. Yo soy un psicodélico. Y me gusta avisar desde donde hablo, porque pueden ser muy simpáticas mis canciones, pero quizás el hombre que soy tiene otras características”.
Auténtico, Carlos. Un hombre, con un nombre difícil de cargar. Con fobias y grandezas, de venas y sangre, con la sinceridad como bandera, en su corazón: “Ustedes me propusieron ideas, para hacer la tapa y la contratapa características de su revista, pero creo que ustedes me conocen y saben que soy un hombre estricto para los medios. No soy muy amigo del slogan, del mensaje, porque lo que tengo para decir, lo digo en las canciones, y no creo que pueda agregar mucho más. Son sospechas que uno tiene, que termina arruinando lo que la poesía contiene, la capacidad de generar realidades intelectuales más profundas de lo que uno puede decir en una charla, ¿no? Quizá, porque la poesía pasa a través de uno, y no es uno el que la emite con toda su dureza, todas sus ignorancias, todas sus miserias. Entonces, sinceramente creo que las realidades intelectuales que genera la poesía son bastante más ricas de las que uno puede aportar en una conversación, pero bueno, son maneras de ver. Y discúlpenme que no colabore con la estética, pero bueno, ya soy un hombre grande, cada vez más sujeto a la biología, y la biología me dice cosas. Creo que lo que uno hace tiene que estar representado arriba, en el escenario, más allá de mi imposibilidad de sujetarme a las fotos y posar, porque además todo eso me cuesta mucho; siempre me veo ridículo. Yo no tengo pasta para eso. Entonces, en un escenario, donde hago lo mío, ahí las fotos no me molestan tanto. He visto producciones de artistas desnuditos en tapas de revistas, disfrazados de Bolívar y cosas raras, pero yo no puedo hacer esas cosas”. ¿Cómo no entenderlo? ¿Y cómo no respetarlo, cuando nos apabulla de respeto? Sin más que hablar sobre las fotos, simplemente se levantó del sillón y lo llamó a Julio: “Por favor, acreditá a un fotógrafo de La Garganta”. Eso sí, con una condición: “No me digan más usted, díganme vos”.

– ¿Cómo es un día tuyo?
– Bastante rutinario, porque estoy refugiado en mi familia y en mi actividad, entonces a diferencia de otras épocas, donde vivía de noche, pool, whisky, papusa y que sé yo, hoy me levanto bien temprano, a las seis de la mañana, preparo el desayuno para mi familia y el mío, y cuando rajan para el colegio, me voy para mi sala de ensayo. Ahí, hago lo que tengo ganas. Si quiero dibujar, dibujo; si tengo componer, compongo; o capaz agarro la computadora y contesto mails. Después, a la tarde, solemos estar grabando o tocando. Y si no tengo ninguna actividad, boludeo, que boludear
es estar permanentemente con la cabeza en lo mismo. No es que estoy por ahí, abajo de un arbolito, tomándote un cafecito… Siempre tengo una libretita cerca. Y si tengo que interrumpir alguna actividad de rascarse las pelotas, la interrumpo, porque las ideas no son muy poderosas cuando aparecen. Yo creo que es verdad que aparecen de esa manera, pero hay que estar a disposición, el rol de uno es estar atento. Porque una vez que se va, se va, se escapó, y entonces tenés que estar atento. Si te aparece una frase ingeniosa o hay una melodía que te gusta, la tenés que registrar de  alguna manera, para jugar con ella y ver de qué manera la podés ofrecer, porque en realidad lo que uno hace es eso, transmitir. Uno siente un tipo de  emoción y trata de transmitírsela a los demás; la da vuelta, la mece, la sacude, la mezcla. En realidad, no estamos inventando nada, simplemente encontramos una forma emotiva de transferirle a los otros algo que a uno lo conmovió y lo emocionó. Mis días transcurren en eso. Y cuando puedo,  viajo, porque soy muy fóbico del reconocimiento público. Una vez dije una cosa que suena muy fea, que yo extraño Nueva York,
en vez de extrañar Buenos Aires, porque a donde puedo ir con mi señora y mi hijo, a hacer vida urbana, es a Nueva York. En Buenos Aires, me pone loco la gente pidiéndome cosas. Hay una anécdota, cuando Bruno tenía cinco años. En unas de las elecciones, había leído en el diario que los shoppings iban a estar abiertos, y le dije a Virginia: “Aprovechemos hoy, que todo el mundo va a votar y va a comerse unos ravioles en su casa, para ir a comer una hamburguesa con Bruno”. Dicho y hecho, terminé de votar y nos fuimos. No había gente, pero estaban las butiqueras, los muchachos de seguridad, todos, estaban al pedo y empezaron a salir de la boutique con las fotos. En un momento, Bruno paró y me dijo: “¿Papá, por qué todos te piden cosas a vos?”. No tenía idea de qué era un autógrafo, ni quién era yo, ni qué significaba. Yo a Buenos Aires prácticamente no lo conozco, yo no conozco Palermo Cool, ni Soho, ni Holywood. A duras penas voy a una parrilla que queda cerca de casa, cuando puedo. Y cuando quiero hacer vida urbana, hay una ciudad que me gusta mucho, que es Manhattan, y también Nueva York, donde puedo ir a ver espectáculos. Viajar un poco me distrae, me aparta de estar encerrado, porque vivo muy enclaustrado. No me llevo bien con la sabiduría de la multitud, y me veo a mí como un francotirador. Soy un tipo que tiene un lugar no muy reconocido, ni por derecha ni por izquierda, ni por hippie, como alguien que tiene una mirada, y trato de proteger esa mirada, ausente de los compromisos, porque la militancia que yo entiendo te obliga a tener un grado de individualismo del que no me puedo desprender. Hay movimientos que me son simpáticos, porque sé que me ayudan a vivir, pero prefiero tener un lugar de francotirador, desde donde estás liberado de todo compromiso para poder ser sincero con mi alma. Esto a veces cuesta, porque no tenés aliados, y te tiran cañonazos de todas partes.

– Nosotros sabemos de esos cañonazos que te tiran. Y también compartimos que no hay mejor cosa que ser genuino.
– Ese es el motor. Yo tengo un motor artístico, a mí me pasa eso. Tenés que estar libre de todo preconcepto para poder ejercer lo que hacés, pero hay  otras actividades que necesitan de un ordenamiento. Los administradores y los políticos deberían estar más preocupados por eso, pero los artistas creo que tenemos otro rol, más parecido al de los estilistas. Es un rol que uno tiene que aceptar, para frenar la estimulación que convocan de distintas partes.  Decís: “Bueno, tengo que poner un freno porque inmediatamente me vinculan con esto, de una manera que pierdo capacidad y de seo seguir siendo lo que yo debo  ser”.

– ¿Sufrís, por ejemplo, no poder llevar a Bruno al cole, o a una plaza?
– Te acostumbrás. El problema es que el único momento en el que podemos viajar es cuando él está de vacaciones. Por más que lo hacemos faltar a veces unos días, y las maestras son bastante comprensivas, porque saben lo que pasa, me jode porque cuando acá es verano, en el hemisferio norte hay un frío de cagarse y, cuando acá hace frío, allá hay un calor de cagarse. Nueva York, por ejemplo, es muy bonito en otoño y primavera, pero en verano hace mucho calor. Son detalles, pelotudeces. En realidad, trato de escaparme y poder disfrutar de eso. La ventaja que tengo es que, como prácticamente estoy encerrado en mi casa, paso mucho tiempo con mi hijo. Gracias a Dios, tengo la posibilidad de tener una casa grande, que mis fobias agradecen. No me llevo muy bien con las gentes, en general.

– ¿Qué te llevó a esta fobia social?
– Creo que el personaje. Es muy difícil hacerse cargo del cariño de miles. Yo puedo subirme a un escenario y disfrutarlo, pero a mí me gustaría que después el público se fuera y yo pudiera ir a un restorán o al cine. Y no; la gente te vigila. Yo crecí en una época en donde la clandestinidad era muy sana, y que más gente te vigile no es una cosa a la que te acostumbrás, cuando has aprendido a vivir de esa manera. Hay reclamos, a veces, de parte de la familia, pero bueno, no me llevo bien con el autógrafo, con esas cosas, porque te roban el momento. Vos estás queriendo jugar con tu hijo y ves que están todos pispeando si te metés el dedo en la nariz… Y bueno, hay gente que se maneja bien con eso; yo me manejo para la mierda.

– ¿Cómo hacés con esa fobia para subirte a un escenario ante 80 mil personas?
– Bueno, pero ése es el lugar más cómodo sobre la faz de la tierra, porque ahí está todo a favor mío. Ni siquiera les pasa eso a los jugadores de fútbol, que tienen a la mitad de la cancha en contra;  acá, mientras vos no hagas muchas cagadas y no les arruines la noche, están todos a favor. Es el lugar más cómodo para mí, más que la cola de un banco, más que cualquier otro sitio. Bueno, en realidad yo no voy al banco, ni nada, porque no manejo nada de mi vida. Y esto te transforma en un inútil, sí, te volvés una especie de inútil por este tipo de fobias, porque entre tu manager, tu mujer y tus asistentes te van solucionando todo, te van abriendo camino. Yo, por ejemplo, no tengo celular, pero ni atiendo el teléfono de mi casa. Me pasan las llamadas cuando es muy importante. Y mi mail lo tienen mis músicos, y otras dos o tres personas; nadie más. O sea que yo vivo prácticamente protegido por la actividad de gente que  sabe que uno tiene esta tara y colabora para hacerme la vida más llevadera.

– ¿Hubo un punto de inflexión en tu vida que haya originadoesta fobia?
– Fue paulatino, y empezó hace muchos años, porque desde que estábamos con Los Redondos ya llenábamos estadios. Te acostumbrás, pero te acostumbrás padeciendo fobias, que eran inéditas en algún momento, como el encierro por ejemplo, y no me gusta un carajo. Es una novedad, porque no es que cuando era joven me pasaba lo mismo. Entender que no tengo posibilidades de modificar mis circunstancias, es muy molesto para mí. Soy como un animal que está cercado, que no jode a nadie, pero que quiere que le dejen un lugar para saber que puede rajar, y eso es una fobia que es molesta. Hay momentos que se ponen bravos. Para contar una anécdota, estando en un colectivo en Londres, me bajé en medio de una tormenta y le tiré la cámara a Virginia. Íbamos en un bondi de esos todos herméticos, muy bonitos que tienen ellos. Me bajé, ya en las afueras de la ciudad, porque fue más fuerte que yo. Es una incomodidad muy grande, porque por un rato no tenés dominio sobre vos. Y era eso, me imaginé tres horas de viaje, en esa cosa hermética, con un señor explicando, que hablaba todo el tiempo, que me resultó insoportable, y me bajé. Hice parar el micro. Virginia me miraba con los ojos de no entender y yo no podía ni explicarle lo que estaba pasando, porque era como una cosa animal, sí, como un animal que se  sentía atrapado; ésa es una de las fobias que tengo. Por supuesto, no me pasa todos los días, pero sí cada tanto, sino tendría que estar tomando alguna medida; me agarra en circunstancias de encierro, por ejemplo. Por eso, vivo en una casa, no como dice un periodista de Clarín, Mariano del Mazo, que es un resentido que quisiera tener la vida que tengo yo, y entonces habla de mi “palacio”. Yo tengo una casa de campo, una hectárea linda de árboles, pero no vivo en un palacio. Encima, él se puso a opinar que mi separación con Skay y con Poly tenía que ver con un tema económico, y no entendió que tiene que ver con la custodia artística y no con lo económico. Yo vengo muy bien en ese sentido, y cómo me está yendo, no necesito de eso. Sí la custodia artística, porque las cosas no terminaron bien. Con el tema de la edición, si en un show vos la pifiás, te tropezás, y yo te pongo, y al resto los libero y pongo todo lo otro, la historia visual de lo que pasó, cambia. Uno viste traje de luces y el otro es un boludo que anda tropezando y olvidándose las letras. Entonces, yo estoy buscando la custodia artística de eso, una copia, ni siquiera pido todo. Y él insiste, es él quien tiene el problema del dinero, porque es un mal pago y le encantaría tener lo que supone que es la vida de una estrella de rock, por esas historias que se hacen en la cabeza para poder trabajar en esos sucuchos.

– ¿Cómo ves hoy a los medios de comunicación?
– Yo no me llevo bien. En general, estamos acostumbrados a periodistas a los que les gustan los artistas mediocres que tienen bajo el pulgar, porque pueden dominarlos. Entonces, los invitan a éste y a otro lugar, y por eso les chupan las medias, les chupan el orto. Yo tuve la suerte desde que empezamos a tocar con Los Redondos, que tocábamos en un lugar para cien y venían ciento cincuenta personas. Entonces, nunca tuvimos la necesidad de chuparle las medias a nadie. Y eso no les gusta, porque ganan poco y donde ganan es en eso, en hacer sentir su poder.

– Difamando a los demás…
– Sí, difaman o inventan, directamente. No abarquemos a todo el mundo, pero sí hay muchos de esos que utilizan esa pequeña cuota de poder que tienen para joderte la vida, y la exprimen al máximo, porque es su signo.

– ¿Por qué el periodismo se convirtió en un espacio donde casi nadie dice la verdad?
– Lo que pasa es que la gente cree que los medios son el cuarto poder, y los medios, las corporaciones de las noticias, son el poder más importante que hay sobre la tierra. Las diferencias son que, por ejemplo, en Estados Unidos, The New York Times te dice que es demócrata, y el otro diario te dice que es de derecha, entonces vos ya estás sabiendo lo que pasa. Lo que no me gusta a mí es cuando se vende la neutralidad y el estilo neutral. Yo tengo un estilo, pero no es neutral, es de izquierda. Independientemente de que coincida o no en su articulado con la manera de ver la izquierda de los demás, mi estilo no es neutral, porque ningún estilo lo es. Desgraciadamente, las corporaciones periodísticas son muy poderosas en todo el
mundo, y están acostumbradas a hacer caer gobiernos; trabajando ahí, algunos se sienten poderosos y son unos perejiles, al servicio de los verdaderos dueños del poder. Yo lo que no termino de entender es cómo se hace para convivir con esa manera de ser. No hay muchas justificaciones en la vida para eso, para vivir  desde ahí.

– ¿A qué te referís con “vivir desde ahí”?
– A hacerlo desde el lugar de la deshonestidad. Yo pienso que cuando esto se acaba, se acaba, y entonces la única justificación que tengo es esta vida. La única mirada que yo tengo es la mía, en el espejo. Entonces, ¿cómo hacés para vivir mintiendo miserablemente, bastardeando a la verdad, sabiendo el daño que se causa? Porque no son estúpidos, son gente preparada en el ambiente. Entonces, no sé cómo se hace para vivir desde esa ignominia, desde ese lugar de mierda.

Sufre, Carlos, un chabón como vos, pero que no puede serlo hoy a la tarde, ni mañana a la mañana. Sufre Carlos, por culpa del Indio. Y parece tan chabón, tan vos, tan yo, sentado ahí, en un hotel de Junín, en la antesala de su show… “No me termino de acostumbrar, porque el que más ignora es el que está en el medio de la tormenta. Ahí es dónde uno más tranquilito está. Yo me levanto todos los días a las seis de la mañana y veo el mismo tipo egoísta, con sus defectos, que de jovato se ponen más intensos. Porque a lo que la gente llama mi estilo, en realidad son los defectos que tengo. Yo sé que hay cosas que ignoro, que no aporto, y uso mucho el silencio cuando estoy solo, pero cuando estoy con gente no me gusta mucho, porque le da cierto temor a la gente el silencio. Siempre creen que uno está en enigmático, y en realidad no tiene nada para decir, no se me ocurre nada. Uno no tiene por qué sentirse obligado a decir cosas ingeniosas, que es lo que se acostumbra en la cultura del rock. Cada vez que se les hace un reportaje, están intentando decir cosas ingeniosas, pero bueno, es la manera de vender, lo que cada uno hace. Yo ya estoy grande, y a mí ya me paso toda la etapa ésa, que es difícil de abarcar, del éxito a ser un tipo que se acerca a la meta final y se da cuenta de que ya eso no es lo más importante, sino el reconocimiento profundo de los amigos y la gente que te quiere, la que te protege y te recuerda que vos sos un miserable como cualquiera; esos son los que no dejan que la lengua dorada de los que adulan te transformen en un ser infame”.

– ¿En qué momento de tu vida tenemos esta charla?
– Siempre hay un ímpetu de adolescente que, no sé por qué, uno conserva. Aun con el tiempo, estoy en un buen momento, porque he dejado de ser el centro de mi vida: el centro de mi vida se llama Bruno, y eso es una comodidad, ¿no? Tenés una excusa por la cual hay un montón de cosas que
antes no hacías, como el cuidado de tu cuerpo y de tu mente, que ahora las hacés. Es un momento feliz de mi vida, y de pronto me encuentro también con esta maravilla del reconocimiento, la resonancia más que nada, de lo que hago, así que lo único que me fatiga es lo que hablábamos
al principio, del personaje “Indio Solari”. Tiene una carga grande, porque se le adjudica una capacidad que íntegramente no creo tener. Si hay una cosa que es verdad, es que el tiempo es oro y de eso te das cuenta cuando sos más grande, es una verdad irrefutable, y entonces esta necesidad de ser amable con la gente me hace perder mucho tiempo, porque yo disfrutaría mucho más haciendo canciones, o jugando con mis dibujos. Todo eso que yo disfruto hacer, para mí no es un trabajo, independientemente de que vivo de eso y vivo muy bien de eso. Ahora cambiaron mis hábitos; hace muchos años, yo vivía de noche y ahora me levanto a la madrugada, que creo que es cuando estoy más lúcido. La llegada de Bruno hizo que empezara a hacer una vida mucho más sana y bueno, estoy en un buen momento, con todas las tribulaciones que tiene la vida en general para todo el mundo, porque todo el mundo tiene problemas. Algunos no tienen el problema del dinero, pero sí otros. Creo también que estamos en un momento social en el que me parece que hay posibilidades que hace unos años no había. Hay una buena administración, que la ha reconocido la gente en las últimas elecciones, y espero que esta gente trabaje para la historia, que se pongan las pilas y que continúen otros cuatro años.

– ¿Cómo vez el proceso que se está dando en Latinoamérica?
– Bueno. Veo esta unidad, que es importante e interesante, aunque más no fuera como un bloque que pueda pulsear un poco más contra el poder, contra los bloques que ya están, contra el poder ya establecido, esos grupos que gobiernan al mundo y deciden bajar un gobierno, o poner otro, porque les conviene por el petróleo, o por lo que carajo fuere. Hacer un bloque latinoamericano no estaría mal, sobre todo teniendo recursos naturales importantes que en un futuro van a ser más importantes aún, sobre todo mientras la tecnología siga entregando chucherías y no resolviendo los problemas básicos. Los recursos naturales van a seguir siendo muy valiosos en las próximas décadas. Los acuíferos, el petróleo… A las grandes corporaciones, les cuesta cambiar los capitales de lugar y no les gustan los cambios económicos estructurales.

– Hace veinte años decías que este sistema estaba agotado. ¿En veinte años más, vas a estar contestando la misma pregunta?
– No, yo creo que la gente no quiere darse cuenta de que hay voceros viviendo a costa de la rutina de los demás. Cuando se cayó el comunismo, inmediatamente se cayó el capitalismo. Simplemente, sirvió para demostrarle a Alemania del Este que los televisores y las pelotudeces que nos venden todo el tiempo parecían tentadoras en ese mundo casi de Disney, donde hay secarropas, lavarropas, y cosas maravillosas, pero en realidad es todo un fraude, porque de movida no puede haber esas alcahueterías para todos en el planeta, por el simple hecho de que se dispara la ecuación ecológica. Si todos en África, Asia, Latinoamérica, tenemos secadores de pelo en el living, se dispara la ecuación ecológica. Fabricar toda esa sarta de porquerías, hace mierda la ecología, y entonces, sería imposible generar un mundo donde todos tuviéramos esas chucherias. Por supuesto que a los que viven en esos lugares de privilegio no les gustan las novedades, ni los cambios. Aparte es un sistema tan perverso… Ya no existe el entrar a la Casa Blanca con máuseres, porque entrás y hay un montón de oficinas administrativas, con gente que te dice ‘yo solo trabajo acá’. No hay ya un monarca al cual le cortás el cogote y sospechás que van a cambiar las circunstancias; todos “trabajamos acá”, todos somos parte de este espíritu de colmena, esta especie de jauría. Entonces, a mí me cuesta ser esperanzado y mirá que lo intento, porque tengo un hijo de once años.

– ¿En aquellos años de militancia, pensabas que cuarenta años después ibas a ver a un dirigente aborigen presidiendo un país en Latinoamérica?
– No, pero mucho menos hubiera imaginado un negro en la Casa Blanca. Lo que pasa es que nosotros llegamos a jugar con nuestros sueños. A mí, me tocó la generación del 67, 68, 69, 70, cuando podíamos jugar con una aventura posible, internacionalmente. Fue la primera vez que los jóvenes, por su condición de jóvenes, generaban una revolución a nivel mundial. Ni los jóvenes moscovitas, ni los de la Revolución Francesa, por su condición de
jóvenes, hicieron la revolución. Era la primera vez que los jóvenes avisaban que el mundo que  venía, el que le dejaban los adultos, no les gustaba. Acá éramos minoría, pero era un movimiento internacional. Los sueños que teníamos se cumplieron de una manera extraña, porque la política del éxtasis, se transformó en el rock, que es la música oficial del sistema y la new age, o sea, en dos pavadas, pero bueno, no dejó de ser un buen sueño. Y de alguna manera está mejor la vida hoy en día, a ese nivel de libertades individuales, que como estaban en esa época.

– ¿Qué te pone la piel de gallina?
– Y… Mi vida está muy reducida a mi relación con Bruno y mi mujer. Cualquier cosa, y sobre todo lo que le pasa a la inocencia de la criaturas. Por ejemplo, este drama de Candela me hace pensar que si existe dios, no está muy interesado en este mundo.

– ¿Creés en algún dios?
– No, no, no tengo una mirada religiosa de esa dimensión. Desearía tenerlo, porque en general, creo que existen por el temor a la nada que tenemos, tenemos terror a la nada, a que esto se apague y no haya nada. Entonces está el cobijo de los dogmas cristianos, sobre cualquier religión. Si son sinceros, te sirven para creer que hay otra vida, que nos vamos a levantar en algún momento, pero bueno yo no tengo esa posibilidad. Me tengo que bancar el hecho de creerme. Y cuando se acabe, Carlitos, se acaba.

– ¿Qué gritarías para que no ocurra nunca más?
– Lo que pasa que elegir algo… Se hace muy difícil. Ya tengo 62 años y me he comido muchos sapos en esta vida. Yo los escucho hablar a ustedes, acerca de su militancia, y pensaba lo que buscábamos nosotros en su momento, los hippies, mal descriptos por la sociedad. Buscábamos la difusión del poder, la distribución de la riqueza también. La nueva izquierda que se forjó en ese momento, buscaba eso, y probablemente sean todos gritos utópicos. Hoy no me atrevo a decir cuál sería el grito que daría: haría una catarata de gritos.

– ¿Qué utopía tenés?
– Es difícil esa pregunta, porque cuando lo trato de encuadrar dentro de esa mirada, de la utopía, siento algo medio desesperanzador. Mi preocupación en este momento es que tengo un hijo de 11 años, y me imagino un mundo futuro. El último disco, “El perfume de la tempestad”, habla un poco de eso, de este concepto básico llamémosle, de que vamos tirando papel picado en la cubierta de un barco, y hay un iceberg que te está esperando. La recuperación de la inocencia es posible, es una utopía muy difícil, pero sirve como utopía para moverse, para seguir esperanzado. Pero si la encuadramos para ver la capacidad que tenemos de resolver el futuro de la condición humana, es desesperanzador. No tengo muchas esperanzas con respecto a eso, porque veo a la condición humana con un poder de extenderse en las cuerdas orgánicas, como si fuese un tumor. Y no tenemos plata para llevarla adelante. Los recursos naturales se están agotando, y cada vez la condición humana es más longeva. La verdad, no tengo
un discurso esperanzador. Por eso, hay veces que me lo reservo.

– ¿Y por qué creés que llegamos tan cerca de ese iceberg?
– Porque pasa con cualquier sistema que crece desmesuradamente, y que se impone de esa manera. Como el cáncer, es la analogía básica, la condición humana es la dueña del cascote donde vivimos y crece desmesuradamente, consumiendo recursos naturales. Realmente, frente a toda la aventura tecnológica, yo no veo que resuelva el hambre, que resuelva las cosas básicas. Nos están dando chucherías, cosas que nos entretienen, como el Nintendo y pelotudeces que ves, pero en definitiva la mierda del inodoro es un chorro de agua que se la lleva. Estamos en un estado primitivo,
es estado del confort, y las cosas confortables funcionan, sí, pero aquel que tiene como yo la suerte de poder consumirlas, sabe que funcionan muy mal. Así que yo no veo una esperanza, sino mejoras que tienen que ser sectoriales. Me gusta que estemos en un buen momento acá, pero si uno se pone profundo, no encuentra respuestas esperanzadoras, al menos yo no las tengo. Y me cuesta mucho encontrarlas. Me gustaría entender que el iceberg se está derritiendo y que el barco va a pasar tocando la bocina, pero no veo eso, sinceramente. Quizá sea mi ceguera, o quizá soy corto de vista, intelectualmente. De cualquier manera, la única esperanza que me queda es la de siempre, los jóvenes; ésa es la esperanza que a uno le queda cuando uno tiene sesenta y pico de años y está desesperanzado. Popular, su música, su mirada y su gente, que es mucha, pero mucha de verdad, brilla la bestia, desde Junín, hasta el pasillo de nuestros barrios. Y entonces, la realidad de las villas no le resulta ajena: “Nunca pisé una, pero tengo una visión por supuesto mucho más liviana que la que muestran los medios. Creo que, como en todos lados, hay de todo, pero de cualquier manera es muy difícil salir adelante en una sociedad que enjuicia al puto suelo de la miseria, con la misma vara que mide a la gente aposentada. Cuando vos tenés un hijo y no tenés medicamentos ni comida para darle, es entendible que uno piense en salir de fierro. No es la misma vara que para medir a la clase media, porque yo cuando abandoné todo, cuando hice mi experiencia psicodélica, mi experiencia comunitaria, sabía que la televisión, la heladera, las pelotudeces, las iba a volver a tener. Ahora, cuando vos nacés en el puto suelo de la miseria y tenés un hijo que está llorando de hambre, sin siquiera su medicina… Por supuesto que es preferible remarla, y socialmente es más aceptable, pero yo no sé que hubiera hecho. Porque en definitiva, tu vida vale la recaudación de un taxi. ¿Se entiende? Tu vida no vale una mierda. Si no hay un derrame del producto bruto interno, que es un poco lo que está haciendo este gobierno, de alguna manera. Hay una cosa que es estadística: los países donde la calidad de vida es mejor, son esos donde la brecha entre los que más y menos tienen, es menor. Y los mejores países en ese aspecto, son los nórdicos, donde hay un derrame que alcanza a los estratos más bajos. Nadie se afana las leches, nadie se afana pelotudeces. Puede haber negociados en la venta de aviones y cosas así, pero nadie se roba las cosas básicas”.

– ¿Cuál crees que es tu peor manía de clase media?
– Estoy lleno de cosas así, porque soy de clase media; lo que me diferencia es que vivía en una época donde abandonamos la clase media con comodidad, casualmente, con la idea de que no nos podía pasar nada, porque éramos de clase media. Yo para hacer mi aventura hippie, para crecer en mi aventura comunitaria, dejé un departamento con todo, que se lo llevaron los amigos, porque lo primero que pensé fue casualmente eso, cómo no podía atreverme a hacer esa experiencia, a abandonar todo. Entonces, uno abandonó la clase media, pero la clase media fue abandonada por el país también. Hubo momentos donde prácticamente no existió. Yo creo que es un motor significativo, pero desgraciadamente hoy en día está atontada por el medio. Entonces, piensa en pelotudeces, como tener las últimas chucherías del sistema y estar a la moda. Básicamente, está bastante insensible, insensible al dolor de los demás, pero yo no me puedo negar. Soy un producto de clase media y no nací en el suelo de la miseria, no he tenido ese destino, pero eso no me ha transformado en un ser insensible, no.

¿Qué sería de la música sin el Indio? ¿Cómo haría Junín, para romper esa paz, por momentos tediosa? ¿Cómo haría Salta, para seguir saltando con el pogo más grande del mundo? “Está pasando algo muy extraño y tiene que ver con la difusión online de lo que uno hace. Para las producciones independientes, eso es una cagada. Para las corporaciones no, porque ellos trasladan los capitales y son los mismos que manejan los sitios de Internet, donde se puede bajar la música, pero yo por ejemplo, que soy independiente, invierto dinero y tiempo en algo que ya no me va a dar dinero. En cambio, si vos trabajás con sponsors, con la telefonía que te paga todo para que vos les hagas propaganda a ellos, te sustentan económicamente. Cuando vos te bancás todo de tu bolsillo, perdés guita. Por eso, el disco próximo quizá sea el último que haga, porque no puedo recuperar el dinero. Y la única opción que tengo es trabajar con las corporaciones que se sustentan con la promoción de los trabajos. Te obligan a eso, y es lo que hacen los demás. Tocan en festivales donde el logo de BMW o Coca Cola es más importante que el escenario. Te obligan a que tu música salga primero por los teléfonos, por un arreglo con la telefonía, o esas cosas raras. Ahí, el productor independiente está cagado. Yo todavía tengo la suerte de ser un buen vendedor de discos, porque la gente aún quiere tener el librito, el objeto, pero eso no creo que dure más que el próximo disco. Entonces, ¿quién va a comprar algo que es gratis? Y no hay un amago de nadie de hacer algún tipo de legislación. Entonces, yo tengo ganas de hacer el próximo disco, pero creo que va a ser el último que podré financiar. Después, no sé cómo haré, no tengo idea. De cualquier manera, a mí me agarra grande, puedo dar las hurras y decir: “Bueno, fue todo muy lindo, me voy a dedicar a pescar”, pero los productores independientes jóvenes, que tienen que bancar instrumentos y estudios de grabación, la tienen difícil; deben tener siempre unos miles de dólares para invertir.

– ¿Y qué opinión te merece la Ley de la Música, que está por empezar a debatirse?
– Son cosas burocráticas, que muchas veces alimentan los intereses de músicos fracasados. Lo mismo pasa, por ejemplo, con SADAIC, uno de esos lugares en los que hay un montón de viejos manejando la guita. Lo que pasa conmigo es una risa, porque SADAIC me defiende a mí de mí mismo… Supuestamente, está creada para que si vos tocás mis temas, te cobren a vos para darme a mí mis derechos. A mí me sacan y me devuelven la mitad, pero yo no toco temas de Pink Floyd, ni de nadie. Toco mis temas.

– ¿Cómo te afecta el presente de Gustavo Cerati?
– A mí, con mis colegas, me pasan cosas extrañas. Porque casos como los de Gustavo debe haber un montón, pero lo que le pasa a un colega a uno le llega de otra manera. A mí lo que me jode, de Luca que se murió, y la puta que lo parió, es que me perdí de las canciones que hubiera hecho. Que lo hayan matado a John Lennon, bueno, matan a un montón de gente todos los días; lo que no me gusta es que me perdí de todo lo que hubiera hecho él; lo extraño, extraño las cosas inasibles, que es lo no creado. Y me pasa lo mismo con Gustavo. Tengo mucho respeto por su obra. No tenemos la misma tarjeta, él es muy fashion, más frívolo, más cool, y yo más crítico, más ríspido, más ácido, pero creo que él es uno de los mejores músicos, de los más prolijos, de los más trabajadores, de los más meticulosos de la cultura rock de la Argentina. Y lo respeto porque yo trato de hacer lo mismo con mi trabajo. Por eso, siento más dolor y conmoción, más frecuentemente de lo que la gente cree.

– ¿Por qué la gente cree eso?
– Por esa famosa rivalidad, que en mi caso nunca existió y supongo que en el caso de él tampoco. Pelotudeces que tienen que ver con las diferencias, como BocaRiver, que existen para alimentar ese vértigo del consumo de las cosas, pero generalmente eso no pasa en la intimidad. Sí me ha pasado con otros músicos, que hablan pelotudeces, o que hacen canciones en contra, y yo les preguntó: ¿No tenés otra cosa para hacer una canción, que dedicarte a un pelado que hace canciones? Una ridiculez.

– Nosotros escuchamos banda de cumbia, ¿a vos qué te genera?
– A mí ni no me gusta la cumbia, pero no creo que a todos les deba gustar lo que me gusta a mí. Cada uno resuena con lo que resuena y los motivos exceden el marco de los caprichos personales. Debe haber algo que signifique la cumbia, la pertenencia, no sé qué cosa, y uno no tiene derecho a esgrimir sus caprichos y decir “esto es mejor, o lo otro es mejor”. ¿Qué es lo mejor? Yo no consumo cumbia, porque a mí no me gusta, y me refiero a la bailantera. Me pasa lo mismo con el folklore, el de salón tampoco me gusta. Me gusta una coya con una caja, un boyerito que toque más o menos en Madariaga, pero el folklore de salón me rompe un poco las pelotas.

– ¿Qué no hables del significado de tus temas, es para que nadie se sienta excluido de tus canciones?
– Hay una razón que tengo para mí, y es que un artista no debe explicar sus trabajos, porque le quita tensiones, y la tensión es una cosa básica en el acto creativo. El acto creativo no sabe si está bien o está mal, no tiene esa mirada. El sistema creativo que uno tiene no está pensado en términos del bien y del mal. Entonces, todas las tensiones que vos diluís en estas conversaciones son tensiones que se te escapan y que vos ya no rescatás para la creatividad. Por eso, soy enemigo también de dar reportajes. Esto que estamos haciendo, para mí, está mal –se ríe-, así que mucho menos estaría de acuerdo con explicar algo que tiene que imponerse en tu corazón, sin que yo lo arruine, explicándote las razones que son para mí los motivos de esa frase lírica. El asunto es si vos tenés el poder de llegar ahí, al corazón, independientemente de la lectura lineal que se haga. Si se reconoce en el corazón, shapó para esa canción, pero no le quitemos tensiones al artista pidiéndole que explique lo que quiere decir y porqué lo quiere decir, porque de las tensiones propias vive el artista. Lo que uno hace se alimenta de las tensiones que uno no tiene que liberar con facilidad. Hay gente que puede escribir muchísimo sobre lo que hace, y además están los otros, que siempre te explican lo que vos querés decir.

– ¿Cromañón, Carlos, te pudo haber pasado a vos?
– Sí, sí, en otra etapa, en otro momento. Y la prueba está en que, al otro día de Cromañón, cerró toda la noche de Buenos Aires. Yo tocaba en lugares muy peligrosos, y uno se daba cuenta. No es que era un pelotudo tomando merca que no se avivaba; sabía que estaba en lugares en los que podía pasar cualquier cosa, pero era el circuito que había, a tal punto que cuando pasó Cromañón clausuraron muchos boliches, porque estaban todos con el culo al aire, debiendo seguridades. Entonces, por supuesto que me podría haber pasado a mí. Hay como una locura en tirar bengalas en un sitio cerrado. Pero el asunto de las  bengalas es una cosa compleja de entender, porque la pirotecnia forma parte de una tradición cultural muy grande, en todo el planeta, desde los mineros bolivianos que festejan tirando cartuchos de dinamita, hasta las grandes fiestas en Japón. La prohibición al aire libre empieza a pasar cuando uno tira bengalas náuticas por ejemplo, porque es un arma. Si vos entrás a un kiosco con una bengala náutica, el quiosquero te levanta las manos para que no le tires. Yo pertenezco a una edad en la que tirábamos buscapiés, y los viejos, los abuelos, saltaban y se reían. Las culturas irrumpen de pronto y hay una aceleración que hace que las nuevas culturas, los nuevos pensamientos y las nuevas miradas, no den tiempo a resolver lo que la tradición trae. Entonces, empiezan a estar muy mal cosas que hasta hace pocos años eran festivas. Yo jugaba cuando era pibe con rompe portones, y hoy en día son armas directamente. Pero ahora parece que no hay una manera de readecuar. Creo que una vez, Charly García dijo: “Entonces, las van a prohibir también en las navidades”. Porque una cosa es una locura, que es tirar una bengala donde hay una media sombra, pero a mí no me sonaba tan loca la imagen de las bengalas en mis recitales, hasta que les pasó a los chicos de La Renga, y ahí dije: “Si hay un loco que puede ir con una bengala náutica, y la tira así, bueno, yo no quiero participar en eso tampoco’.

– ¿Cómo notás al rock nacional hoy?
– No soy muy del rock nacional. Me gustan algunas cosas, pero me cuesta opinar de los colegas. Soy muy exigente conmigo mismo y, por supuesto, hay muchas cosas que me gustan, pero decir “tal cosa me gusta” implica abarcar un consentimiento a todo lo que hacen, y no me pasa eso. El rock es una cultura transcultural y eso tiene sus dificultades. Es muy probable que los anglosajones hagan el rock mejor que nadie, por muchas cosas, como por ejemplo que allá en los colegios los pendejos tocan desde chicos y con instrumentos. Acá, los pibes aprenden a tocar de oído en un garage, con la guitarra berreta que pueden comprar. Entonces, es diferente cuando vos salís de un país que tiene muchísimos más habitantes que estudian música en los colegios y que tienen instrumentos para aprender; es lógico que donde haya un caldo de cultivo más grande se hagan las cosas mejor musicalmente y haya más talentos. Pero acá hay cosas que también están bien. A mí, me gustan algunos músicos, y no tanto el proyecto o el concepto general que tienen, como por ejemplo el saxofonista Gonzalo Palacio, o los músicos que tengo yo, que son muy buenos músicos, y en sus proyectos hacen lo que pueden.

– ¿Qué te producen cinco años sin Jorge Julio López?
– La incertidumbre de lo desaparecido. El hecho de la muerte no es tan terrible, porque vivimos en contacto con la muerte. Pero la desaparición no tiene remedio, para la familia, para la gente, para la sociedad toda. Para la familia, ni hablar. No tener ni una certeza de cuál fue el destino, no saber nada… Con López, pasa eso. Sabemos cuál es el destino de él. Nadie puede creer que esté vivo, pero dónde está, dónde lo tienen. El asunto es el hecho de no saber. De pronto, la desaparición de alguien es una cosa muy jodida de asimilar.

– ¿Y La Noche de los Lápices,qué te dejó?
– Si hay desapariciones que son jodidas, La Noche de los Lápices es terrible, porque una cosa es cuando sos un militante activo o formás parte de un grupo armado, en el que vos ya sabés que estás jugándote la vida, y otra cosa son pibes reclamando un boleto estudiantil. Volvemos al estado de inocencia; los adultos nos merecemos lo que nos merecemos y nos tenemos que hacer cargo de las actitudes que tomamos, pero yo tengo muertos queridos, chicos adolescentes… Fue una barbarie, una muestra de lo que fue ese periodo.

– ¿Sufriste la dictadura en carnepropia?
– Sí, y pertenezco a una generación de clase media que leyó tempranamente a Norman Mailer, a John Dos Passos, y a un montón que nos decían que era muy poco probable tomar la Casa Rosada con máuseres, que era mucho más inteligente contaminar la cultura. La política del éxtasis, de la que era parte, no pretendió cambiar la sociedad, sino cambiar la especie. Entonces, se entiende con lo que estamos hablando que yo soy un hombre de la psicodelia, tratando de explicar que mi mirada política no tiene que ver con el sentido común. Fuimos cínicos tempranamente. Sabíamos que era muy difícil en ese momento tomar la Casa Rosada y tomar los lugares del poder con la fuerza de las armas. Y hay treinta mil jóvenes heroicos, desaparecidos, cuyas intenciones sabemos cuáles eran.

– ¿Sentís nostalgia por Los Redondos, a diez años de su último recital?
– No, porque la traición tiene una cosa jodida: arruina el pasado, no sabés cuándo empezó. Extraño a Semilla, pero en el núcleo de los que habíamos hecho eso, hay infracciones a la honestidad que son muy jodidas, que no me permiten recordar con alegría las cosas. Me encantaría recordarlo apartándome de esta mirada teñida, porque fueron momentos muy importantes, pero hay cosas que arruinan todo, y la traición es una de ésas; ése es el gran problema.

Sin los lentes, Carlos nos deja ver otra de sus pasiones, tan humana, tan cultural, tan popular, tan nuestra: “Miro fútbol, de acá y de allá. El Barcelona me llena los ojos, porque tiene grandes jugadores y tres que sobresalen, como Messi, Iniesta, y Xavi, pero allá juegan con otras libertades. No sé qué pasaría si jugara con Arsenal de Sarandí, porque acá se juega muy bravo”.

– ¿De qué cuadro sos?
– Bostero, y lo sigo siempre. Miro todos los partidos por televisión, aunque no voy a la cancha, porque soy fóbico.

– ¿Te gusta Román?
– Uf, Román, shapó. Yo tengo dos camisetas firmadas por todo el equipo, pero para mí Román es un grande, un gran jugador.

– ¿Por qué seguís tocando?
– Porque me gusta, como a quien le gusta ir a pescar. ¿Por qué a los 62 años te levantás, te cagás de frío y te metés a un bote en medio de una laguna? Bueno, a mí me gusta hacer canciones, es lo que creo que sé hacer y lo que he aprendido también a hacer. Yo soy un hedonista ético. Me gusta el placer, pero tengo una cierta ética que me permite vivir sin mucho fasto. El ‘palacio’ del que habla el periodista de Clarín, en realidad, es una vieja casa que tenía el rematador de los terrenos y yo lo compré antes de que se hiciera la autopista, por un valor muchísimo menor al que tiene hoy. Tuve culo. Bah, en realidad me quise ir a vivir lejos de la ciudad, en una época en la que se tardaba casi una hora en ir del centro al Parque. Y compré por muy poco dinero una casa que no se la podían vender a nadie, con una hectárea de terreno, pero que nadie quería pagar porque era un lugar que no lo valía. A mí, mis fobias me llevaron ahí. Invertimos todo en eso, y después tuve el ojete de que hicieron la autopista y los valores crecieron, pero en realidad la casa es vieja y sigue teniendo las paredes de barro, de adobe. Yo sigo ahí, tocando, porque me gusta hacer canciones. Eso me permite vivir en un lugar que me gusta, rodeado de la naturaleza, que me hace mucha falta en esta etapa de mi vida. Y me va bien, no reniego de que me vaya bien. Pero es lo que me entretiene, no me gusta hacer otra cosa. Me entretiene jugar, dibujar, pintar, escribir. Y también, seamos sinceros, cuando tenés la posibilidad de subirte a un escenario frente a 80 mil personas que están a favor de la música que hacés, es conmovedor. No es una milonguita cualquiera. Es una energía que pasa a través de uno; sos el pivot de la energía de miles. Entonces, se siente como una droga que es fuerte. A mí, lo que me gustan son las dos horas que estoy arriba y los momentos en que estoy creado, pero no la otra parte de la producción independiente, que es lidiar con la gente que te pone el pie para que te vaya mal, el que alquila equipos y luces para que vos no los puedas usar, aunque no los vaya a usar… Los proyectos independientes exitosos nos son muy bien vistos por los productores en general. Entonces, es complicado. Hay muchos momentos de displacer y cuesta un laburo asomar el cogote, para que te vaya bien y no tener problemas. Ahora, en el momento que entro al escenario, se me van todos los dolores. Entonces, evidentemente hay algo. No me gusta usar la palabra magia, porque no es mágico el cariño, el cariño  de la gente es conmovedor. Yo siempre digo que independientemente de lo que creen los demás, lo que más disfruto no es del dinero que me da lo que hago, sino hacer una veintena de canciones nuevas para el mundo y que la gente las cante. Después. yo estoy a favor de vivir bien, me encanta vivir bien, pero yo quisiera que todo el mundo viviera bien, no que no hubiera nadie más que viva bien; son las dos maneras de ver la ecuación. Ojalá que todo el mundo pudiera vivir de la manera que vivo yo, y no al revés.

– A los 62, ¿qué miedos tenés como padre?
– El temor más grande pasa por que ya entraste en una etapa en la que, en cualquier momento, lo dejás. Me gustaría dejarlo ya adolescente, grande, medianamente guiado, ayudado por uno, y de eso no tengo la certeza. La vida bohemia siempre es muy egoísta, y yo viví muy bohémicamente una vida muy egoísta, en el sentido de saber que no tenés que tener arrastrando a una criatura en ese tipo de vida ¿no? Mi compañera tiene 10 años menos que yo y, cuando decidimos tenerlo, ya estaba llegando el momento de la pérdida de fertilidad, entonces ahí cambió totalmente el eje de nuestras vidas. Ya no es nuestra vida, la vida de Bruno es la que importa. Más allá del cariño que uno pueda tener con el hijo, es uno mismo proyectado a futuro, es un nuevo modelo de nosotros, y entonces es lógico que ésa sea la vida importante. El temor que tengo es ése, de pronto bueno, tirando papel picado, espero llegar a que tenga 17, 18 años… Uno ha cuidado tan poco el cuerpo, que sería maravilloso poder llegar. Izquierdo y humano, y humano, y humano. Sin máscaras, ni caretas. Sin barreras, ni fronteras. Sin muros, ni vidrieras. Así, la vida se vive mejor.

“Gracias a ustedes, por el cariño”, nos despidió, después de dos horas, encerrados en su habitación. Gracias a vos, fuimos libres.

Letras: Paola Vallejos. 
Entre medio de la nota a Diego y esta entrevista al Indio, cumplí 28 años. Jamás había imaginado estar frente a estos dos monstruos, pero tampoco que, a través de La Garganta, conocería las monstruosidades que ocurrieron en mi país, tres décadas atrás. Diez años menos que yo tenía María Clara Ciocchini cuando fue secuestrada y  desaparecida, el 16 de septiembre de 1976, por pedir un boleto y reclamar un derecho. Le decían “La Cieguita”, pero sus ojos militantes veían más allá. A ella, mi humilde homenaje.
Fotos: Romina Rosas. 
Horacio Ángel Ungaro tiene alas, pero no es un ángel de la soledad, como canta el Indio. Su vida, su causa y su desaparición, en aquella Noche de los Lápices, lo rodeó de compañeros, que hoy lo recordamos en estas líneas y en cada uno de los días, de los meses, de los años, sobre este colectivo poderoso. Aquella dictadura atroz no pudo aceptar que Horacio tuviera tantas pelotas, con sólo 17 años. Y entonces, lo quiso callar. Pero no ha podido. Hoy, grita con todos nosotros. Y con el Indio Solari.

¡Extra! ¡Extra!

Carlos Fuentealba
“No tengo tan presente su historia, pero sí lo tengo presente en la memoria. Si bien no recuerdo los detalles, sí lo más importante respecto a su muerte. Es necesario que la sociedad se plantee y entienda el porqué. Pero no es fácil que se dé eso, porque es incómodo aceptar ese tipo de cosas”.
Che Guevara
“Para mí era útil en Bolivia, en el póster no. A mí no me gustan mucho las estatuas, las palomas les cagan las cabezas. El Che era un personaje vivo, como revolucionario, y extraño su actividad. A mi edad, tengo un recuerdo de Guevara más firme que el que puede tener un pibe que compra un póster, como si fuera un superhéroe. En realidad, era un hombre. Con unos cojones así”.
Evo Morales
“Es otro de los misterios maravillosos de este momento. Ya era hora de que alguien pusiera el poder en manos de los aborígenes. Porque los uruguayos y nosotros somos como extranjeros en América Latina, al ser descendientes de los barcos. Cuando recorrés Latinoamérica, te das cuenta de que el porcentaje de aborígenes es muy grande y que han estado sojuzgados por la clase media y alta, que siempre son blanquitos. Lo mismo pasa en Brasil, con la negritud. Hoy es una potencia, pero la pobreza sigue siendo la misma”
Jorge Julio Lopez
«Su desaparición es una incertidumbre muy difícil de sellar, pero a toda la sociedad le tiene que afectar. todos sospechamos por qué lo desaparecieron y hasta sospechamos quiénes fueron los responsables, pero el asunto es que sospechamos que… creemos que… la desaparición tiene esa cosa espantosa, a la que nos ha tenido acostumbrados nuestra historia durante un tiempo”.
Candela
“La vida, es un relato de la vida. Y según quién la relata, tenés una versión diferente. Estamos viviendo en un mundo medio babélico ¿no? Lo que me duele es que una criaturita de 11 años ha tenido un padecimiento extremo. El mundo está alrededor de ver a quién le echa la culpa, pero lo dramático es cómo ha muerto una criaturita. Mancillar un estado de inocencia, no tiene perdón, no hay gloria que lo justifique”.
Walter Bulacio
“Está eso inasible. Es una de esas cosas que no tienen solución, y uno lo único que puede hacer es no olvidar, como hicimos nosotros en el último show, cuando pusimos la palabra justicia. Uno hace todo lo que buenamente puede, especialmente fuera de los momentos críticos, donde todo el mundo habla de él en los medios. Por ejemplo, ahora, nadie está hablando de Walter. Entonces hablo yo, para prolongar el tema, no sólo cuando está de moda”.
Charly García
“Prefiero no opinar de su intimidad. Como artista tiene cosas buenas, algunas líricas buenas, tempranas, pero yo no soy un seguidor de García. Hay etapas que me gustaron más, muy sinfónicas, cuando tocaba en La Máquina de hacer pájaros. Cuando para mí hay mucho cambio de acordes, me parece una bosanova rápida que me rompe las pelotas de la cultura rock”.
Skay
“Para mí, hay cosas que no tienen remedio, es así de simple. La amistad es la amistad, o no es. Si yo te cago a vos con algo, no hay otra manera de verlo. Se acabó, sobre todo cuando depositaste mucho cariño, mucho amor en alguien. La decepción es mucho más grande. Cuando vos crees que alguien es leal, la traición es muy jodida. De los que vos no esperás nada, te importa un queso”.
Gustavo Cerati
“A Gustavo lo respeto mucho y me da muchísima pena lo que le está pasando. Siento el esfuerzo de la madre, por mantener la esperanza viva. Y cada dos por tres, a través de Martín Carrizo, que ha tocado con Gustavo tiempo atrás y tiene muy buena relación con la familia, le mando a la mamá, una buena noticia de mi corazón”.
Pato Fontanet
“Lo que pasó en Cromañón fue como ese juego en el que te van sacando sillas. O como cuando se van pasando una granada, hasta que a uno le explota en la mano. Tiempo atrás, yo tocaba en esos lugares y sabía que era peligroso, que podía pasar cualquier cosa, pero era el circuito que había, a tal punto que cuando sucedió la tragedia clausuraron la noche, porque estaban todos con el culo al aire. Entonces, por supuesto, Cromañón me pudo haber pasado a mí”
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