La independencia sonó a todo volumen

Skay dejó los estribillos ricoteros en manos del público.

Autor: Diario La Voz del Interior, junio de 2006

Haber formado parte de ese monstruo de estadios que fueron Los Redonditos de Ricota tiene sus ventajas. Pero al momento de cortar las cuerdas que lo unían a la banda, Skay Beilinson también debe haber sentido sobre sus hombros la carga eterna de la bestia pop. Por más de que el guitarrista sepa que el envión de su carrera solista se lo debe a los Redondos, debe ser bastante desalentador que, minutos antes de salir al escenario, cerca de 3.500 personas coreen el nombre de “los Redó” (e internamente rueguen que Skay toque muchos temas de su antigua banda).

Pero lo bueno es que Beilinson no se inmuta. Con una mística más tranquila y menos mesiánica que la del Indio Solari, el guitarrista sube y hace lo suyo. Y sus canciones son más que interesantes: liberándose aún más de los límites estilísticos de los Redondos, las seis cuerdas de Skay corren libres, y su hambre por la diversidad de hace evidente.

Entonces, florecen temas tan bien logrados como distintos entre sí. Hay rockers hechos y derechos, como Lluvia sobre Bagdad (que abrió el recital el sábado por la noche); pero también están Libertad (con cierto aroma a música balcánica) y el delicioso motivo celta de Dragones, que suena como si a un juglar medieval se le ocurriera ponerle distorsión a su laúd.

Además, sus canciones no invitan a ser comidas de un solo bocado, deben saborearse de a poco y a conciencia. El juego de pregunta y respuesta entre la guitarra y los teclados en Gengis Khan es tan simple como efectivo, y la irónica interpretación vocal de Skay en Memoria de un perro mutante, unida a la tensa instrumentación, logran una atmósfera auténticamente tenebrosa.

De cal y arena

Es una pena que el sonido no lo haya acompañado desde el principio. Quizá llevado por el magnetismo masivo del momento, la banda eligió subir demasiado el volumen, sepultando un poco a la voz de Skay y saturando el ambiente.

Pero las cosas mejoraron para la segunda mitad, justo a tiempo para que Beilinson presentara un tema nuevo con efluvios a rock sureño (“por ahora se llama Ya sea condenado”, informó) y para que aparecieran los clásicos redondos.

Y ahí volvió a surgir su declaración de independencia. Más allá de que la enorme personalidad del estilo de los Redondos haga que cualquier aporte externo aplicado a las canciones les reste impacto, Skay es lo suficientemente inteligente como para gambetear esa dificultad, complaciendo al público, pero poniendo algo de su propia visión al momento de releer los clásicos ricoteros.

Así, los teclados son los encargados del solo en El pibe de los astilleros, mientras que, en el explosivo final con Jijiji, Skay deja el estribillo a cargo del público. Y este es un guiño tan sutil como significativo. Beilinson parece estar diciéndole a la gente que se haga cargo de su parte en la construcción de un mito que por ahora está dormido. ¿Despertarán los fans alguna vez a la nueva realidad?

Alegres y en calma

Aunque el recital de Skay fue el tercero que se realizó en Juniors (Las Pelotas lo inauguró y Árbol tocó la semana pasada), el estatus de ícono del guitarrista y la extrema pasión de sus seguidores podían llegar a tocar los botones equivocados en los vecinos del miniestadio.

Pero si muchos esperaban que las predicciones de desmanes se cumplieran, la noche entregó un acceso tranquilo y una salida llena de fans contentos y pacíficos.

Adentro del miniestadio, el frío de la noche del sábado fue combatido desde temprano por un microclima de feliz expectativa. Y la cantidad de camisetas argentinas en el lugar indicaban que la victoria de la selección en su debut mundialista también jugó su parte en la alegría.

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