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La magia de la masa: Un viaje a la República Ricotera 

“Llegamos finalmente al templo que ya albergaba nuestra herejía pagana. Frente a nosotros un campo inabarcable, con gente, gente y más gente. Creyentes. La adrenalina va subiendo a medida que se acercan las 9 de la noche. A esta altura está nevando y se respira un aire épico. Algo grande va a suceder.” No se pierdan esta reseña que Nicolás Bianchi, un ricotero con mucho talento para la escritura, realizó luego del show del Indio en Mendoza. Seguramente se sentirán identificados.

Autor: Nicolás Bianchi, septiembre de 2013. La Bingo Fuel

Los policías mendocinos, conocidos por su brutalidad, seguían atentos la escena desde un costado. Un ricotero envuelto en un extraño frenesí pateaba un árbol, mientras nos agitaba a todos que “el que no grita redondo para que carajo vino”. Sin mediar palabra, el yuta lo subió de un brazo al colectivo. Estaba visiblemente molesto con su tarea, el seño casi que le llegaba a la nariz. Nos subimos al bondi.
Todavía cerca de la razzia, el aire era muy tenso. Nosotros íbamos con la heladerita repleta de fernets, carne y hielo. El colectivo arrancó, hizo unos diez metros y estalló el grito popular: “… somos todos redonditos, redonditos de ricota”. Enseguida empezaron a circular las petacas de whisky, cervezas y jarras caseras de fernet. Algún valiente encendió el primer faso para alegría de los tímidos. Todo se compartía, imposible pasar más de un minuto sin una alegría entre las manos.
Bajamos y caminamos un rato buscando un lugar en el descampado para montar nuestro teatro de operaciones. Nos instalamos cerca del quilombo pero no tanto, lo suficientemente alejados como para armar nuestro rancho con tranquilidad. Al menos por un rato las esquirlas no nos iban a rozar. Las bandas iban cayendo al baile con sus respectivos micros, formando una fila que ya sobrepasaba el horizonte. Todavía era temprano.

¡FUEGO, FUEGO!
Mientras poníamos la carne al asador, se nos acercó Ana, una ricotera de la vieja guardia oriunda de Del Viso. Le habían diagnosticado neumonía hace cuatro días y la vieja estaba feliz con su suerte, tenía la excusa perfecta para faltar al laburo. Con los dientes bien negros, un cigarrillo colgando del labio inferior y una de las sonrisas más hermosas que vi, me confesó “¿vos te pensás que a esta edad un careta de mameluco me va a prohibir una misa?”. Me dejó pensando un rato, ¿qué sabía el médico de emociones fuertes? Me quedé medio colgado, hasta que Ana me sacó de mi trance ofreciéndome un vino y me preguntó si le iba a pasar la jarra. Como-no-doña. La miré de nuevo, si se moría acá nomas, se nos moría feliz.
Un rato después la veo meta charlar con el Gringo, que inclina la jarra cortésmente a modo de saludo. Que curiosa mezcla de la hermandad ricotera: una lumpen de Del Viso y un tremendo cheto de San Isidro. El Gordo, con los ojos de felino por gracia del ácido, se me colgó del brazo con todo su peso y me gritó al oído: “Esto no lo vas a tener en China, guacho-ooo”. En mi cabeza se sucedieron las secuencias imaginarias de lo iba a vivir pronto. En 48 horas iba a estar tomándome una birra en Singapur, rodeado de chinos (chinos?). Una embajada ricotera entre los enormes rascacielos. Me abrumé un poco. El Gordo me atrapó en un abrazo como el que se le da una amiga, sin palmadita en la espalda ni nada que nos haga sentir más machos. Eso es amor, corazón grande el del Gordo.
Alrededor nuestro, crecen las bombas de estruendo y el viento levanta tierra por todos lados. El frío cala fuerte en todos los huesos, deben hacer 2° grados como mucho. Nos acomodamos con el Gordo alrededor del asado, rabiosos. El banquete estaba casi listo.

LA FIERA MAS FIERA ¿DONDE ESTA?
Al rato nomas se acercaron unos pibes que nos manguearon un cuchillo. Enseguida se armó un trueque: vino, fernet y pan fue cambiando de manos y terminamos parando todos juntos. Los pibes eran de Leuka, un barrio-barrio mendocino en donde la yuta no asoma y los medios solo van cuando hay sangre para vender.
Eran cumbieros y estaban en un recital de rock porque Los Redondos tienen esa cosa de trascender todo tipo de etiqueta y clase social. En algún punto, un recital del Indio es muy parecido a una experiencia anarquista colectiva, en donde el grupo está por encima de los intereses individuales. No me queda duda: Bakunin sería redondito y de ricota y Trotsky de Soda Stereo.
Se va sumando más gente alrededor del fuego, ya éramos casi veinte. Lucas, uno de los pibes de Leuka, se quiebra y entre lágrimas brinda por esta nueva amistad surgida al calor del rock. Cuál inolvidable amor de verano, juramos volver a encontrarnos en la próxima misa.

NADA NI NADIE NOS PUEDE PARAR (o como WALTER INVADE LA TIERRA)
Las postales de la gélida noche se suceden como flashes. Nos despedimos de nuestros colegas entre abrazos y besos listos para arrancar hacia el estadio. El control es bastante precario. Nosotros tenemos cuatro entradas y somos cinco porque a último momento se nos unió La Tota, que andaba de gira por el país y la misa la sorprendió en Córdoba sin un mango. Vamos avanzando al grito de “soy redondo hasta que me muera” y nadie nos exige el ticket. El mundo ricotero tiene sus reglas: el que puede pagar el tributo al artista lo hace, y el que no puede pagar la entrada peregrina igual. Esta y no la inexistente justicia después de 20 años es la revancha de Walter Bulacio: la democratización de Los Redondos.
Llegamos finalmente al templo que ya albergaba nuestra herejía pagana. Frente a nosotros un campo inabarcable, con gente, gente y más gente. Creyentes. La adrenalina va subiendo a medida que se acercan las 9 de la noche. A esta altura está nevando y se respira un aire épico. Algo grande va a suceder.

UN AMOR SALVAJE Y AL PULSO DEL TRIP
Las luces se apagaron, y la voz en off aulló como siempre: Con ustedes, Los fundamentalistas del aire acondicionado. La electricidad recorre nuestras espinas y estalla el primer riff. Luzbelito sabe que su destino es de soledad, ve también que los demás se dan cuenta de la risa que le da. Imposible no relacionar cada palabra que canta el Indio con un momento tan especial, con mi nueva vida en las rutas. Mi amor, la libertad es fiebre.
Los temas se suceden y con ellos un millón de estados emocionales. Nos vamos separando los cinco en el medio del pogo, aunque una vez tras otra vuelvo a encontrarme a mi hermano, El Flaco, que lleva una sonrisa tatuada como todos. Hay ceremonias en la tormenta. Lo pierdo de vista un rato hasta que lo encuentro en el medio de un círculo humano, bailando, mientras de fondo el Indio nos regala Gualicho. Nos abrazamos fuerte. Las despedidas son de esos dolores dulces.
La fiesta termina después de un colosal Ji-Ji-Ji. Nos encontramos los cinco y comienza la osadía de la vuelta, con las reservas de energía agotadas y piloteando en Bingo Fuel, con los vapores de nafta que quedan aún después de agotada la reserva.

LIGHT 956 ( … EL TIEMPO DIRÁ)
Me despido de los pibes entre abrazos y promesas de volver a vernos pronto. Fisurado, me arrastro hasta el aeropuerto de Mendoza y espero pacientemente embarcar hacia lo que me espera: de Mendoza a Santiago de Chile, de Santiago a Auckland (Nueva Zelanda) y de ahí a Singapur . Un viaje desde las entrañas artesanales de la República Ricotera a las luces del futuro de Singapur.
Después de bajar y que me sellen el pasaporte, abordé un tren hasta una pensión barata en las afueras de la ciudad. Debo tener una pinta tremenda de marginal porque siento que todos me miran o quizás es el olor a humo que todavía llevo en la ropa.
Dejo mi mochila en la habitación compartida con ocho monos que ya dormían y salgo a caminar por las calles. Me acuerdo de la premonición del Gordo, estaba rodeado de chinos y la magia ricotera me había abandonado. A mi alrededor pequeños locales vendían tecnología a precios de remate, edificios-pajareras tipo monoblock se iluminaban según el capricho de los carteles de neón y las prostitutas, niñas ellas, se paraban a la prudencial distancia de dos metros de sus cafishos, que reían en manada.
Miré el reloj. No tenía ni idea que hora serían, imposible saberlo después de semejante gira. Las dos de la mañana. Compré una birra en un supermercado 24 hs, crucé a la plaza de enfrente y me acomodé en el pasto de cara a los rascacielos que iluminaban la noche. Le di un primer trago largo sin respirar, me enderecé y brindé a mi suerte.

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