«Las canciones empiezan como un ruido en mi cabeza»

Acaba de editar Talismán, su segundo álbum solista. Esa fue la excusa para que se sentara, acompañado por la silenciosa y sonriente Negra Poly, a hablar sobre armar bandas, cantar, tocar y grabar después de Los Redondos.

Autor: Anuario La Mano, diciembre de 2004

Tal vez no sea la pregunta ideal para romper el hielo, pero aquí va: ¿Dónde tenes guardado todo ese dinero del que habla Symns en el capitulo de su libro?
(risas) Lo que más me acuerdo de ese capítulo es cuando comenta el plan de comprar un pueblo, porque todavía sigo creyendo en eso.

¿Cómo era ese proyecto?
Viene de la época de las comunidades. Con el paso del tiempo vi que había tantos pueblos que estaban quedando abandonados, que me dije: «¡Qué buena oportunidad para ir con los amigos, y tomar alguno!». Seguramente que, con un dinero accesible, se puede casi copar un pueblo y establecer la república independiente de la familia, ¿no? Hoy, el plan cambió un poco, pero sigo creyendo que en algún momento voy a encarar, no sé si un pueblo, pero quizás sí un campito, como para reunirme con mis amigos más entrañables, con los que quisiera compartir el resto de lo que nos quede de ese último tramo de nuestras vidas.

¿Sos un tipo que cuando está en la ciudad extraña el campo, y cuando está en el campo extraña la ciudad?
No, cuando estoy en el campo no extraño la ciudad. Pero cuando estoy acá me gusta el aire libre y el silencio. También me gusta aturdirme cada tanto, pero busco los espacios de silencio que me hacen bien. Una parte mía viene por ese lado, estar cerca de la naturaleza, con gente que quiero.

Y para aturdirse, ¡nada como un show en vivo!… ¿Cómo vivís este retorno a reinar más seguido arriba del escenario, algo que con los Redondos se hacía cada vez más espaciado?
Lo vivo con una enorme alegría, y creo que esto fue un poco lo que habíamos perdido en el viaje de los Redondos, después de tantos años, que es lo que tiene que ver con la alegría y la sorpresa. Estábamos muy sujetos a presiones muy fuertes, dependiendo mucho de la tecnología para los shows, y es una alegría enorme esto de volverse a encontrar con cuatro músicos, subir al escenario y enchufar la guitarra y tocar.

Después de llenar toda clase de estadios, ¿cómo fue debutar y volver a sentir esa duda sobre si la gente va a venir o no?
¡Pero eso es algo que en realidad siempre estuvo! Con los Redondos, incluso en las épocas de mayor convocatoria, siempre existió en nosotros la duda. Pero también están los que te tranquilizan y te dicen: «No seas pelotudo, la gente va a venir, quédate tranquilo». Igual yo intento no hacer foco ahí, porque eso no me lleva a ningún lado. En realidad, cuando subís al escenario, lo que tenes que hacer es tocar y hacer rock and roll. Es más: lo que más ves son tres o cuatro filas, y lo demás es una cosa negra donde no sabes si hay cien, diez mil o un millón de personas.

Tuviste que armar una banda de cero, ¿te habías olvidado esa sensación?
En realidad, yo siempre armé bandas…

Ese era casi tu rol dentro de los Redondos, ¿no?
Exactamente. Hay procesos muy interesantes en ese trabajo, que en realidad tienen que ver con descubrir a las personas. Con los Redondos, yo no buscaba músicos, sino que buscaba pares que más o menos supiesen tocar. Por eso era mucho trabajo ensayar y sacar un sonido potable. En este caso, el proceso fue al revés: elegí primero músicos, para después descubrirlos como personas. Entonces la parte musical es mucho más rica y fácil. Porque entienden, tienen solvencia y son buenos.

¿Cómo te sentís ahora que estás al frente de todo, y ya no en una especie de segundo plano?
Siento mucha mayor libertad, en el sentido de que con los Redondos, cuando yo largaba la viola sentía que la banda se pinchaba y se caía. Entonces estaba obligado a tocar todo el tiempo. Ahora, en este rol, no solamente estoy tocando, sino que tengo que cantar, lo que me obliga muchas veces a largar la guitarra. Pero siento que la banda me sigue empujando. Hasta te diría que no extraño nada, porque la banda sigue funcionando muy sólida.

Es posible pensar en Talismán, tu nuevo disco, como un juego de mesa. Un tablero con sus golem, sus abalorios y las calles…
Me encantó la idea…

Abalorios recuerda ciertas utopías, como una persona agazapada que estácon ganas de volver a saltar. ¿No hay un guiño a una especie de adalid delas viejas utopías? Hablo de Hermann Hesse, por El juego de abalorios.
Me extraña la asociación porque, si bien el nombre del tema salió de ese libro, se empezó a definir por otro lado, por esa frase inicial: «Libertad libertad, fue nuestro grito de guerra». Ahí empezó a armarse la historia. Empecé a ver que era como retratar un testimonio de nuestra generación, aquellos sueños, todo lo que fue y que termina siendo «hoy somos el sueño que todavía no despertó, aquella posibilidad que todavía puede ser».

Una forma de contar la historia de los Redondos dentro de la historia del rock argentino podría ser la de un grupo revolucionario que bajó del mon­te, tomó el poder, y de golpe decidió abandonar todo y volver al monte.
(risas) Sigo creyendo que es en las grietas del sistema, y no en el centro del poder, donde uno puede encontrar esos espacios de libertad. Donde no quedas sujeto al juego macabro del poder y ese tipo de cosas.

En un momento daban la sensación que podían hacer lo que quisieran…
Existía libertad absoluta, sólo que uno se impone sus propias restricciones. Hay lugares que uno no quiere transitar porque sabe que no es el que más le conviene y disfruta. Para mí, ejercer el poder es algo peor todavía.

Con este segundo disco, seguramente te viste liberado del desafío de tener que demostrar que hay vida después de los Redondos.
En realidad, para mí, componer es una cuestión casi compulsiva o terapéutica. Y grabar es la manera de sacármelo de encima, y una vez que lo termino es una liberación y ya no me pertenece, estoy pensando en otras canciones. Nunca pensé este disco en el sentido de hacer el segundo. Sucede inevitablemente, si no, esos temas no dejan de rondarme.

¿La verdadera libertad, o el verdadero alivio, fue cuando pudiste decir: «No tengo que esperar más a nadie, me saco estos temas de encima».
Sí.

¿Lo tomaste como una liberación, o con cierta tristeza?
También se fue dando solo. El primer disco sucedió solo; no pensé: «Uy, quiero hacer un disco». Tenía un montón de temas, tenía el grabador en casa, las guitarras… tenía todo, y empecé a darles forma. Cuando me quise dar cuenta, ya tenía un montón de temas y ahí me dieron ganas de grabarlo bien. Entonces fui a un estudio, busqué músicos, y cuando me di cuenta ya estaba terminado.

¿Sufriste la necesidad de no sonar como los Redondos ni nada de eso?
Es inevitable, me sale tocar así. No soy un virtuoso de la guitarra, y lo único que logré es mi manera de expresar… mi «estilo». No puedo tocar de otra manera. Veo guitarristas virtuosos, pero no puedo tocar como ellos, desgraciadamente. Acomodo las composiciones y todo a mis propias limitaciones, a mi propio estilo.

Talismán parece tener una mayor amplitud estilística… incluso hay una búsqueda hacia otros ritmos, como si en el anterior hubieses necesitado buscar dentro tuyo, y en este te hubieses decidido a mirar hacia afuera.
Es simple: siempre intento no repetirme, y uno de los lugares para escapar de eso es la rítmica. Cuando voy componiendo, desde lo musical, una de las cosas que hago siempre es darle vuelta mil veces a cada tema. Le cambio el ritmo, y entonces me doy cuenta si hay una idea que me resulta estimulante. Eso me permite jugar con una misma idea en otro ritmo, para que el disco termine siendo, intento yo, lo más variado posible. Si no, después de tantos años de componer y hacer temas, ¿cómo haces para no repetirte? Hay que estar inventándose todo el tiempo.

En un disco siempre busco el tema de las 4 AM, donde uno se pregunta «de dónde venimos y adonde vamos». Para mí ese tema es Bye bye.
Mira vos… Es que el proceso de escribir letras es raro, yo lo empecé a descubrir de grande, porque siempre lo tuve de compañero al Indio, que para mi gusto escribe muy bien.

¿No escribías nunca antes?
Creía en la existencia de una noche de inspiración en la que agarrabas y escribías maravilloso. Pero, invariablemente, al día siguiente releía lo que había hecho y lo odiaba…

Pero esta vez Bye bye sobrevivió…
Sobrevivió, sí, pero no es fruto de una primera escritura inspirada. Ya aprendí que a las letras hay que elaborarlas, como elaboro la música…

¿Cómo empieza una canción, con un riff, una melodía o un ritmo?
La canción empieza con un ruido en mi cabeza. Así arranca, y no sabes bien de qué se trata. Generalmente recorro la guitarra y casi por resonancias aparece una nota, y después tal vez la melodía o una progresión de acordes. A veces lo veo como el proceso de los escultores, que tienen un pedazo de roca y quizás el único que entiende que hay algo ahí es el que va a esculpirla. Entonces hay que empezar a sacar y sacar, hasta que empieza a aparecer la figura. Lo interesante es cuando descubriste la figura, porque es entrar a meter cosas otra vez. Y a veces se carga muchísimo, por lo que otra vez tenes que hacer el laburo de empezar a sacar para volver a encontrar aquello que es lo esencial de la canción. Cuando aparece una canción que me gusta, me paso semanas con ella. Me va dando vueltas, la toco de arriba para abajo, la cambio de tonalidad, de ritmos. En el momento de poner hay tanto que puede entrar, que termina siendo un monstruo irreconocible.

Tu música tiene algo desde más allá del rock, como el aire celta de Dragones.
Siempre me gustó escuchar esos folklores universales de todos lados, y quizás una de las puertas fue George Harrison, con esas escalas de las épocas de los Beatles, que no sé cómo se llaman pero las vinculo a la música hindú . Harrison, en ese sentido, es como un guía.

Pero el primer á lbum de Redondos era casi un repaso al rock clásico…
Sin embargo, hay temas que también tienen esa cosa oriental…

…como el fraseo de Superlógico.
Exacto. Mi viejo nació en Riga, al borde del mar Caspio, en la zona del Cáucaso, y supongo que todo eso quedó en algún lugar, en algún gen.

Antes cantabas por default, cuando por alguna causa el Indio no estaba. Pero ahora que tenes que cantar, no sale una voz sino que hay muchas, como artilugios. ¿Es para explorar o porque no estás contento con tu voz?
La mejor manera que encuentro por ahora de exponerme como cantante es casi como interpretar un personaje. Tengo una especie de veta actoral escondida en algún lugarcito de mi alma, y me parece que aflora por ahí.

Hay en vos, de pronto y cada tanto, una sensación de estar lejos…
¿Lejos de qué? ¿Lejos de la realidad?

No sé si de la realidad, tal vez del hecho de no querer tocarla. Es la sensación de la existencia real de un mundo Skay, de estar en esa sintonía y querer seguirla por donde va…
Creo que la única manera de entender el mundo es a través mío, y adentro mío sé que también conviven un montón de personajes. Hay de todo, el tipo que le agarra un ataque de celos, el que empieza a caminar las paredes… no sé , es algo que le debe pasar a todo el mundo…

No parece… A ver: ¿cuándo fue la última vez que caminaste por las paredes?
Hace media hora (carcajadas generales).