Las páginas de Gloria: Ricota y luces, EL HURACAN

Algunos apuntes de Gloria Guerrero sobre el show de Los Redondos en Huracán, presentando el disco doble Lobo suelto – Cordero atado.

Autor: Revista Humor, noviembre de 1993. Número 385. Por Gloria Guerrero

Los más jóvenes que «nunca los habían podido ir a ver» (cuando cada recital es más dentro y queda más chico que el anterior, nadie puede), los otros que «te sigo a todas partes» (y el tetra los sigue a ambos, como perro fiel) y el resto, seguramente nosotros, que empezamos en el Margarita Xirgu con cien personas y estábamos en Huracán con ochenta mil, disfrutamos salvajemente.

Nunca Los Redondos, a lo largo de más de quince años de historia, sonaron demasiado mal, ni siquiera en sucuchos abominables de los que aún se guardan brillantes recuerdos. Siempre la producción (Poli mediante, Rocambole mediante, y todo el entorno ricotero  mediante, incluidas «las bandas») se acercó todo lo posible a la impecabilidad: escenografías, luces, equipos, todo fue cuidado hasta la exasperación hasta cuando no había un cómo fácil (pero sí había un buen por qué) Ahora, en el lujoso escenario inmenso, como si hubiera bajado del cielo de quien sabe qué  otro país pudiente, con la vidita sonándola más que nunca, Patricio Rey saludó a las bandas (las que estuvieron siempre, las que no saben dónde carajo están, y las que se fueron porque decidieron que ya no cabían) y regaló dos horas de música como quien la envuelve y la entrega en mano, aunque desde lejos.

Fiesta es poco. Desorden también es poco. Hay gente que no sabe qué hacer con ellos. Hay gente que no sabe qué hacer consigo misma. Pero Patricio Rey ya no estará ahí para enseñarles; época de cambios, seguro. Cada quien sabrá qué tanto cuidarse el baúl. Cada quien sabrá, también, qué tantas gracias darles a esos cinco tipos-lobos sueltos, desatando a los corderos que todavía hayan quedado.

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