Montevideo vibró con el Indio Solari

Más de 15 mil personas desafiaron una copiosa lluvia para ver el show del Indio Solari en el Velódromo de Montevideo. El show, muy similar a los de La Plata, repasó los temas de su primer disco solista y varios clásicos de los Redondos.

Autor: Revista Rolling Stone Argentina, Lunes 05 de diciembre de 2005. Por Humphrey Inzillo (desde Montevideo)
Fotos: Humphrey Inzillo

La lluvia, realmente, mojaba. ¡Y cómo! El sábado, en Montevideo, el Indio Solari -esta vez junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado-, escribió un nuevo capítulo en la mitología ricotera. De hecho, en la entrada del Velódromo, entre tragos de cerveza Pilsen (aguada) los fanáticos recordaban otras epopeyas climáticas, como el temporal de Tandil, en octubre de 1997.

Las bandas, que desde la mañana le habían puesto color a las calles de Montevideo, montaron su característica escenografía de banderas con referencias a (casi) todo el conurbano bonaerense. Los trapos de Lomas de Zamora, Grand Bourg, Podestá, Laferrere, Temperley, Calzada y San Miguel convivían con sus pares montevideanos (muchos de ellos, circa 2001, anteúltimo show -hasta aquí- de la historia redonda , en el Estadio Centenario).

La espera, esta vez, no se hizo larga. Pero sí muy húmeda. A las 19:30, en medio de una lluvia torrencial, aparecieron en el escenario los locales Ojos del Cielo, algunos de ellos integrantes del grupo Buenos Muchachos, para interpretar su música instrumental y celestial.

Cerveza, café, churros…¡tortas fritas! La oferta gastronómica iba de la mano del clima. Las bandas improvisaban pilotos con bolsas de residuos, salvo algunos que resignados, optaron por hundirse en el fango de la euforia fundamentalista (¿o ricotera?). De a poco, y en un clima de notable tranquilidad, el Velódromo se fue poblando, hasta quedar colmado por unas 17 mil personas.

Apenas pasadas las 21.30, las luces del estadio se apagaron, y desde los parlantes se escuchó una presentación en audio-cinemascope digna de Hollywood (o de un late night show) para los Fundamentalistas del Aires Acondicionado. Igual que en los shows de la Plata, el Indio abrió sus shows con «Nike es la cultura» y «Amnesia». Es decir, los primeros dos temas de El tesoro de los inocentes , su primer disco como solista.

Las primeras palabras de Solari – que subió a cantar, por primera vez en muchísimo tiempo sin sus anteojos oscuros, pero con una gorra con visera- fueron de agradecimiento (por el baño de cariño que le dieron en «el paisito» y «por el aguante» a los que cruzaron el charco) y de queja y prevención («es un día complicado y me sacan cosas en el sonido; traten de no tirar zapatillas, ni remeras mojadas», pidió). La cancha ya estaba lo suficientemente embarrada.

Se fueron sucediendo los temas nuevos (los mismos once que tocó en los shows de La Plata, con la participación de Debora Dixon en «La piba del Blockbuster»), con hits añejos (pero siempre vigentes) de Los Redondos (post- Gulp! y pre- Ultimo Bondi a Finisterre ). «Un angel para tu soledad», «Yo, caníbal», «El Lobo caído»… Ya no importaba ni el frío, ni la tormenta. El fuego crecía, y había que estar ahí. Antes de «Ropa sucia», el Indio anunció el primer intervalo. «Voy a ver si me cambio los timbos. Me puse unas pantaneras para la lluvia, pero parece que amainó», dijo. Y así fue. Los asistentes aprovecharon para secar el escenario y el Indio volvió a escena, ahora sí, con anteojos negros, una coqueta camisa colorada y el calzado adecuado para «mover el culo».

Antes de «Fuegos de octubre», Solari presentó a sus amigos, los Fundamentalistas del Aire Acondicionado: Baltasar Comotto y Gaspar Benegas (guitarras), «el maestro» Marcelo Torres (bajo), Hernán Aramberri («un viejo conocido», en batería) y Pablo Sbaraglia (teclados y samplers). También se llevaron aplausos los vientos: Ervin Stutz (trompeta) y Alejo Von Der Pahlen (saxos). La banda es un relojito de precisión, con la pulsión rockera adecuada, y soberbias performances de algunos de sus miembros, como Baltasar Comotto (que lució una camiseta original de piqué, con los colores de Chacarita Jrs., y se lució en los solos) y el benemérito Marcelo Torres. ¿Y el Indio? Si no fuera tan de carne y hueso, Solari podría ser un holograma. Un diseño perfecto, inquietante y fugaz de una estrella de rock. Es, sin dudas, el frontman más hipnótico y carismático (¡ojo! no, demagogo), del rock rioplatense. Algunos de sus ticks, son irresistibles: el micrófono en la diestra, y el brazo izquierdo fluctuando (o apoyado, canchero, en el pie del mic); sus vueltas en una pata, como una elegante danza tribal y esos movimientos tan personales, sólo equiparables a su propio mito.

«Pabellón séptimo» fue dedicado a los presos de (la cárcel del departamento uruguayo de) Canelones: una crónica tumbera que huele a reclamo por los derechos humanos de los presos. Aunque suene increíble, con «El pibe de los astilleros» hasta los policías se unieron al agite. Y «Juguetes perdidos» regaló una hermosa constelación de encendedores encendidos, entre banderas rojas, banderas negras y banderas de la República Oriental del Uruguay.

La primera tanda de bises incluyó a «El Charro Chino» (uno de los temas más bailables de El tesoro… ) y «Susanita», rockito ricotero con la participación de Debora Dixon, que se ganó una ovación.

«Tocamos un tema más y nos vamos a comer unos chivitos a La Pasiva», anunció el Indio. Así renovó el romance con el imaginario montevideano, que lo ha cobijado en sus salas cinematográficas y lo ha visto recorrer tablados en Carnaval (hace unos años, en ocasión de la salida de Momo Sampler reconoció que prefiere los clubes de barrio, como el Albatros, por sobre la magnitud del Teatro de Verano).

La nueva tanda de bises, redonditos y de ricota, repasó dos de los mayores hits de La mosca y la sopa : «Tarea fina» (con varias bengalas; triste recuerdo para las víctimas de Cromañón) y «Un poco de amor francés». Pero, está claro, que faltaba el final. «Una más, y no jodemos más» se escuchó desde el escenario. Y la arenga, para «Ji Ji Ji».

El pogo más grande del mundo hizo escala en Montevideo. Y cuando la misa había pasado, no hubo mejor destino que el recomendado por Solari. Panchitos y chivitos en La Pasiva, la cadena gastronómica más importante del Uruguay.

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