El Indio Solari regresa con nuevo disco. Redondos, soledad e ideales.

Puedo vivir como un francotirador 

El ex-líder de Patricio Rey, ícono de la resistencia contracultural, enfrenta al establishment del rock esponsoreado.
En diálogo con Veintitrés recuerda sus inicios en los radicalizados años 70. Del hippismo, las drogas y los Montoneros, a los derechos humanos y el país K. El riesgo de convertirse en un poster inofensivo.
De la bohemia a la paternidad y la vida sana.

Autor: Revista Veintitrés. diciembre de 2007. Por Mariano Mazzini

Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario. Carlos Alberto «Indio» Solari puso esta frase de la escritora Clarice Lispector en su nuevo disco, Porco Rex, que sale a la venta el 7 de dciembre próximo. La cita parece ideal para un cantante que siempre privilegió al personaje, llámese Patricio Rey o ahora Porco Rex, que vive aislado del mundo en su casa-estudio Luzbola, de Parque Leloir, que nunca aceptó ir a un programa de televisión y que sólo da entrevistas cuando tiene material nuevo. Pero cuando habla, habla.

La idea para este álbum era transformarme otra vez en una banda y sacarlo como Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Después me pareció una ridiculez, porque soy lo suficientemente tirano como para no dejar que nadie opine ni que nadie haga un arreglo ni una mierda», dice el Indio, de camisa verde oliva, pantalón gris y zapatillas marrones.

¿Esa tiranía influyó en la separación de Los Redondos?

Por lo que escuché de Skay, supongo que sí. Pero nunca lo sentí mientras estábamos en la banda. Yo era el más caprichoso pero no hacía lo que quería.

¿Te preocupa la orfandad en la que quedó el público?

Es lo que me llevó a decir, a diferencia de Skay, que me hubiera gustado despedir al público de otra manera. Aunque creo como él, que la única manera de reunirnos a futuro sería con un proyecto en común -volver a hacer un disco, no para tocar-, me hubiera gustado hacer un concierto de despedida, y no que se desvaneciera una banda que tuvo una significación durante tantos años. Pero las bandas las forman gente que tienen sus rollos, discusiones y puntos de vista divergentes. Hay momentos en los que pueden dejarlos de lado y otros en que no. Creo que Skay se sintió liberado, y de la libertad se vuelve difícilmente: «Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león».

¿Seguís sin haber escuchado sus discos?

Sí, esta es una confesión desagradable, pero yo no escucho mucho rock nacional, ni de Los Redondos. Padezco cuando escucho lo que hicimos.

¿Por qué?

Entiendo que han sido canciones muy frescas, muy ricas en su momento, pero padezco los detalles de su producción. Esto me pasa con casi todo el rock nacional. Me cuesta encontrar producciones admirables como sí las hay en el rock anglosajón. En los Estados Unidos, son 300 millones de tipos -nosotros somos el diez por ciento- que estudian en el colegio, tuba, violín, guitarra. Con qye haya un porcentaje mínimo que tenga talento y de esos se sirva la industria del espectáculo, estamos teniendo una excelencia muy grande. Cualquier solista o grupo de circulación internacional, tiene una factura muy consistente.

Y el rock nacional…

La pintura del lugar no es lo que me interesa en la lírica de la cultura rock. Me interesa todo lo que tiene una significación que va más allá del barrio, entre ellas, el barrio.

¿A quiénes rescatás?

Tengo un gran respeto por Andrés (Calamaro) y por Fito (Páez) por el riesgo que son capaces de correr. El Salmón me interesó por la magnitud de la apuesta, porque convenció a una compañía de publicar eso y por tomar ese riesgo artístico. Con Fito, todos sabemos que no es el vendedor de discos que supo ser y sin embargo, tiene ganas de hacer películas y pone todo su patrimonio.

El Indio no recuerda dónde fue el último show de Los Redondos (en el Chateau Carreras cordobés, el 4 de agosto de 2001) «pero me sigue sorprendiendo la fidelidad, las banderas en la cancha -dice-. Pasaron 7 años, que a mi edad (58) es toda una eternidad. Mi vanidad se gratifica, pero no lo entiendo. Lo primero que hago cuando me despierto es avergonzarme de mí mismo durante diez minutos. Después tomo el desayuno. Uno conoce sus miserias y no entiende por qué alguien cree que es mejor de lo que es. Quizás porque no tengo ese enigma que los demás tienen sobre mi personalidad».

El enigma fue alimentado por crónicas periodísticas que relataban el encuentro con el Indio como si fuera un prófugo de la justicia: llamadas misteriosas, perros feroces, camionetas con los vidrios pintados de negro para ocultar el camino. La explicación resulta de lo más pedestre: como vive en un barrio de calles intrincadas, manda a un asistente a recoger al periodista a una estación de servicio fácil de ubicar. En su oficina, convida café y medialunas y muestra, entero, Porco Rex.

¿Es casualidad otro PR?

No, está pensado. Es la mirada chancha.

¿Por qué aparecés por primera vez en la tapa?

Voy a ser sincero: pensé que no se iban a dar cuenta, que estaba lo suficientemente desfigurado para ser un personaje. Aunque explicar el juego no me parece rico, hay un nexo entre la letra del tema (Porco Rex), y que yo aparezca en esa especie de logo con la boca pintada, medio pornográfico; y en la ilustración interior al lado de un océano de tetas y culos.

El título podría hablar de un burgués de lujo, una ironía para los que te acusan de aburguesarte…

Están muy confundidos, siempre fui un burgués. Me forjé leyendo la revista Adán (una especie de Brando de la época) y nunca fui austero. No gasto la guita en pelotudeces sino en instrumentos, pero creo en el principio ordenador del placer: tomar buenos vinos, un buen whisky…

¿»Y el sol se muere…» es una preocupación ambiental?

El álbum pivotea alrededor del amor. Tiene letras muy crudas, a excepción de esa, que esa es una canción de amor que le he dedicado a mi compañera (Virginia, «Viruta»). Estuve mucho tiempo hasta encontrar una que representara el tipo de amor que siento por ella, que es casi eterno. Para alguien que no tiene una religión, es lo máximo que puedo prometer. El amor hoy está ridiculizado. Hay una fascinación pornográfica en la vida, y eso es Porco Rex.

¿»Si no hay amor, que no haya nada entonces…» como escribiste en el disco anterior?

La cultura rock nace con el verano del amor. A mí me cuesta entender este mundo donde ser cool es ser radicalizado.  El amor, la pasión y los ideales son la sal de la vida. La parodia que la posmodernidad hace del pasado es descriptiva y no promete nada. Necesitamos tirar hacia adelante una mirada, tener un gran sueño y no perderlo de vista, y los ideales dan eso. No me gusta la juventud sin ideales. Tampoco soy nostálgico, pero cuando hay un vacío de eso me siento incómodo.

¿La generación que está en el poder se formó en esa cultura?

En la cultura política. La cultura rock fue más cínica: la gente sospsechaba que era imrpobable bajar a la Casa Rosada con fusiles Máuser y hacerse cargo del poder. Era más probable que nos boletearan a todos, que es un poco lo que pasó. Al nutrirse de otras mentalidades, al haber leído a Burroughs y a Mailer, uno tenía otra mirada que los que están en el gobierno.

Pero eran dos corrientes con puntos de contacto.

Sí. Tengo amigos, muertos queridos. Pero para un hippie, el marxismo era de la época de la máquina de vapor. Ahora, el heroísmo de los jóvenes que arriesgaron su vida por un ideal me parece más rico que lo que pasa hoy en día.

¿Cayeron más amigos en la lucha armada de los 70, o en los excesos del 80?

En los 80 se ha maltratado mucho al organismo. Los que no se murieron en su momento, lo hicieron diez años después porque su hígado no daba más. Pero tengo muertos en distintos lugares. En La Plata me ha tocado ir a un conventillo de estudiantes tres días antes de que vinieran y limpiaran a un montón. Poco tiempo antes jugaba al fútbol con chicos que después se mataron entre sí: tipos que se vestían en las mismas casas, tenían los mismos mocasines y las heladeras llenas de las mismas cosas. Pero tengo más bajas en los 80.

¿Qué se siente cuando miembros del gobierno, como Aníbal Fernández, se reconocen admiradores tuyos?

Ya pasó con el Che Guevara hace muchos años: se transformó en un póster.

¿Te representa el gobierno?

Uno nunca se siente conforme con la administración de turno, ni en Suecia, que al leer las estadísticas parece un paraíso social. Acá, no es fácil hacerse cargo de administraciones saqueadas durante años. Con el advenimiento de muchos Montos al poder, la gente le está dando un visto bueno porque en las elecciones ganan con comodidad. La reivindicación de los derechos humanos y de los desaparecidos es una mejora sustancial con respecto de los gobiernos que padecimos desde el advenimiento de la democracia para acá. Y económicamente también hay un visto bueno porque hubo momentos demasiado críticos: la hiperinflación, que da temores difíciles de curar, el corralito…

¿Te afectó?

Me cortaron la cabeza. Soy un boludo, y creo que no soy el único artista que agarraron, porque los artistas no estamos pendientes de eso, salvo que te llame tu contador y te diga: «ojo, rajemos«. Cuando querés sacar la guita, justo estabas tocando el piano y ya después era tarde.

¿Estamos mejor?

La gente elige lo menos peor. Independientemente de que me invitan a tocar  en el «Salón Fulano», lo que rechazo con un poco de elegancia, los gobernantes tienen una cuota abierta por la población para ejercer el poder. Pero no tengo opiniones políticas. Mi vida transcurre de la misma manera ahora que con Chupete. Puedo vivir como un francotirador.

¿No es una actitud cínica?

Tengo una actitud de citizen sin participar activamente. Nosotros hemos intentado contaminar la cultura y en un porcentaje se ha dado. Ahora, ¿en qué se transforma eso cuando no hay una modificación permanente? En que la propaganda de Eveready usa guitarras tipo Clapton. Se transforma en el póster.

Dibujos en blanco y negro de la mano del Indio pueblan todas las paredes de la oficina, junto a un cuadro con entradas a recitales y una ocurrencia: un afiche que ejemplifica los conceptos de Stereo (un gato rodeado por dos doberman) y Surround (el mismo gato rodeado por seis perros). En la mesa ratona, varios libros (Lyotard, una historia de las religiones) y revistas de música y tecnología.

¿Cómo es salir de tu casa, actuar en un estadio lleno y volver a este lugar?

Sería un shock grande que yo tuviera una productora que me llevara en helicóptero. Pero desde bastante tiempo antes tengo quilombos. Estoy medianamente retirado, no de lo artístico sino de la producción, que es casi imposible para un artista independiente. Coquetear con las ligas mayores, como me ha tocado a mí, que he seguido convocando la misma cantidad de gente que tenían los Redondos, se ha vuelto muy difícil. Hay estadios que me están vedados porque no me alquilan el piso rígido. Como en el fútbol, no hay nada que se pague con el valor de las entradas. Todo el mundo está acostumbrado a la gran guita del esponsoreo y la televisación, y yo tengo que bancar las cifras con mi culo. Todavía estoy pagando cosas de los shows en La Plata. Ahora viene para mí la etapa peor; ponerme en el rol del productor. Es un mundo que nunca me interesó. No me gusta estar hablando permanentemente de dinero.

¿Por qué no aceptar un esponsor?

No termino de saberlo. Son manías de alguien que conserva todavía un espíritu contracultural. Me he quedado medio solo en eso. No lo veo en los jóvenes. Se volvió a la cosa simplona de los años 50 con un poco más de perversión. Otra vez, la industria del espectáculo es la que lo domina todo. Los Redondos nos vimos favorecidos con esa inercia que hubo acá durante años, cuando los jóvenes no estaban muy a favor de lo que la industria proponía y preferían elegir números que los representaban. Eso se terminó.

¿En qué lo notás?

Los chicos ya no miden ética ni estéticamente las cosas, sino si son éxitos o fracasos. Quieren fama y dinero. Ponés Gran Hermano y les cabe cualquiera: saben las letras de Juanes, Arjona, los Redondos, una cumbia. Durante varios años, en la Argentina, los jóvenes eran del rock. Hoy, el rock dejó de ser una cultura para volver a ser un género musical que tiene que ver con el entretenimiento. Se ve hasta en la búsqueda de los músicos. No les termina de salir bien, pero hay una intención de mezclar tango, cosas medio folklóricas…

¿Es una derrota de la cultura rock?

No sé si una derrota, porque en mi caso sigo viendo la vida de la misma manera. Pero no soy obsesivo ni… ¿como se dice cuando uno recuerda permanentemente el pasado?

Nostálgico.

Al contrario, siempre he querido que viniera una puta novedad a darme vuelta, para sentir que estoy vivo, y no esto que me pasa, que escucho el revival permanente de lo que ya ví y escuché.

Dijiste que la bohemia no te daba la pulsión de ser padre. ¿Qué cambió?

Con mi compañera tuvimos claro que mientras la bohemia gobernara nuestras vidas, no daba para tener un hijo. Lo fuimos postergando hasta que ella estaba en una edad riesgosa y sentí que no tenía erecho a quitarle una justificación básica en la vida de una mujer. Nunca tuve el deseo previo, pero cuando nace Bruno y aparece ese estado de inocencia, te pega un cachetazo en el bobo. Me dejó de interesar el circo mágico de la bohemia, porque ya lo viví y más locuras de las que se hicieron en esa época no se pueden hacer.

¿Cómo es un día típico?

Cuando nos mudamos acá, el primer año nos la pasábamos jugando al pool y tomando whisky toda la noche. Al día siguiente, los pajaritos nos rompían las pelotas. Hasta que le dije: «Es una locura», y empezamos a despertarnos temprano. Ahora me levanto a las seis, me encargo de hacer los desayunos y me vengo para acá (al estudio, a metros de la construcción principal) a «trabajar»: tocar la guitarra, escribir, pintar. Es un momento de mucha lucidez, que sirve para corregir las cosas que hacés por la tarde, cuando empezás a estar intoxicado con un par de whiskies.

¿Sos de reflexionar sobre el pasado?

Cuando uno tiene mi edad, la reflexión es a futuro porque se acerca en serio el momento de entregar el sachet. Cuando uno es jove, es inmortal. Cuando tenés ciencuenta y pico pensás en tus relaciones y te das cuenta que Mengano se cayó. Al no tener una promesa de paraíso, hay una preocupación por la nada.

¿Imaginás que «la eternidad mañana acaba y te vas», como escribiste?

Creo que se apagó la película y se acabó. Al menos esta unidad que es el Indio. Por más que devolvemos carbonos y azufres, crece un pastito, viene una vaca y se lo come y parte de mí será un asado mañana.

¿Hay temas que no volverías a tocar?

No, Juguetes Perdidos o Ji ji ji las tengo que hacer porque forman parte del ritual y lo respeto. Funcionan oracularmente: se pueden leer hoy y todavía significan algo. Por eso me río cuando me dicen que mis letras son crípticas: la lírica tiene que se poderosa para que chicos de Laferrere y de otro lado puedan vincularse de la misma manera, por más que las interpretaciones sean diversas. «Esto es to-to-todo, amigos» parece hablar del quilombo de Cromañón. Hay una especie de cosa extraña en la que uno no quiere meter la cuchara por miedo a lo que puede encontrar.

¿Alguna vez pensaste que un show podía terminar en tragedia?

Hemos tocado en lugares al lado de los cuales Cromañón y Cemento eran maravillosos. Salimos vivos de pedo. Ciento noventa y pico de muertos es una cuenta que alguien tiene que pagar. Pero señalar a Chabán como criminal es injusto. Me da pena.

¿Te comunicaste con él?

No, porque no soy amigo. Pero creo que ya pagó la cuenta preso hace dos años. Yo no podría, soy claustrofóbico. Espero que su capacidad intelectual le permita aprovechar esto como una suerte de retiro.

Solías describir a Patricio Rey, y ahora a Porco Rex… pero ¿quién es el Indio?

Un artista al que no le interesa correr riesgos al pedo. Me interesa la vida, no la muerte. No me interesa tirarme del noveno piso ni demoler hoteles. No quiero circunscribirlo a alguien; hablo de la actitud de rock star de hacer cagadas, tomar merca hasta morir. A mí, hasta morir… (hace un corte de mangas). No quiero se mártir de nadie.

Intento atemporal. Por Alfredo Rosso

Todos tenemos una especie de guión con el que nos manejamos para vivir, y a la vez tenemos un subtexto relacionado con las incógnitas. Creo que el Indio tiene una percepción especial para describir esos recovecos, para plantear interrogantes sobre lo que alguna vez se llamó «la oscura noche del alma». En sus letras importa no sólo lo que dice sino también la resonancia de sus palabras y frases, que terminan siendo de dominio público como «a brillar mi amor» o «el futuro llegó hace rato». Constituyen un testimonio de nuestras vivencias entre el  fin de un siglo y el inicio de otro; tienen pulsión por la libertad. El Indio y Los Redondos son la mejor síntesis de lo que yo creo que es el rock: un intento atemporal de que nadie escriba el libreto de tu vida.

Repetidos y genuinos. Por Gabriel Levinas

El Indio estuvo enojado conmigo muchos años porque en la revista Cerdos & Peces que hacía con Enrique Symns -quien formó parte de los Redondos en los inicios- escribí que escuchar a la banda era como estar en Viena escuchando una ópera de Verdi pero cien años después. Sin discutir el talento enorme de los integrantes, aún recuerdo mi sensación de haber presenciado una historia repetida y, al mismo tiempo, genuina. Quizás porque yo venía de vivir en los Estados Unidos y el rock cuadrado no era una novedad para mí, aunque en esa ocasión lo vivenciaba aquí, en el culo del mundo. Los Redonditos, es indudable, lo tocaban muy bien; a partir de ahí crecieron como fenómeno, incluso en cuestiones no agradables como la violencia, sin llegar a asumir que era consecuencia de lo que ellos hacían. Pero sin dudas constituyeron un fenómeno masivo, con el agregado ideológico  de no acudir a las grabadoras. Demostraron que tanto un sello grabador como los recitales se pueden hacer sin entrar por los canales establecidos. Después esa actitud se convirtió en una pose. Musicalmente fueron una de las bandas más sólidas, pero no enteramente originales.

Ricotero hecho y derecho. Aníbal Fernández

El ministro del Interior, Aníbal Fernández, es quizás el seguidor número uno del fenómeno ricotero en las filas del gobierno nacional. En varias oportunidades confesó su gusto por la banda de La Plata y demostró ser un entendido en materia de letras y recitales: «Siempre me gustó el rock, y soy un ricotero hecho y derecho. Los he ido a ver a Montevideo, a River dos veces, a Córdoba, a muchos lugares», relató durante una entrevista radial. «Mi disco favorito es Luzbelito» detalló el futuro ministro de Seguridad y Justicia, que entre sus temas favoritos enumera «Un ángel para tu soledad» y «Juguetes perdidos».

El Indio es un antidivo. Por Gustavo Martínez Pandiani

Decano de la Fac. de Comunicación Social de la Universidad del Salvador
En el fondo, el Indio Solari es un ícono de rebeldía. ¿Qué hace la típica estrella de rock? Publicitarse lo más posible. Bueno, el Indio hace pocas notas. Un rock star también se rodea de farándula. En el caso de Solari, pocos conocen su vida privada. El suyo es una especie de marketing del no marketing, donde para ser exitoso hay que ocupar el lugar del antidivo. Y eso, aunque por un camino inverso, te vuelve una estrella. Claro que eso lo puede hacer el Indio, muchos lo intentan y no lo logran ni por asomo. Yo viví la primera época de los Redondos en los 80. Evidentemente, las letras del Indio tenían un contenido social fuerte. Había en toda la banda una altísima politización, que los puso al lado de quienes se opusieron a la dictadura. Estimo que la masividad actual del fenómeno tiene que haber generado cambios y no sé si el Indio estará muy contento con eso. Aunque por fuera del establishment, hoy tiene masividad. Antes, los que seguían a la banda tenían plena empatía con ella. Ahora, en un estadio, el público es muy diverso.

El sueño del rock. Mariano Mazzini

El rey (Patricio) ha muerto. Viva el (Porco) Rex. El Indio Solari no es inocente a la hora de resucitar un personaje que apareció en el disco de los Redondos, Ultimo Bondi a Finisterre, para protagonizar su segundo álbum solista. Hasta las iniciales multiplicadas en banderas y remeras coinciden: PR.  Pese a la dirección que mostraban los últimos discos de la banda y su debut solista, el Tesoro de los Inocentes, Solari dejó de lado la exploración con máquinas electrónicas y los coqueteos con el rap y otros estilos. En cambio, se concentró en lograr una producción cargada, que permite ir descubriendo nuevos elementos a cada escucha. Algo similar ocurre con las letras, que lejos de sonar previsibles como las de muchas bandas de rock, invitan a segundas lecturas. Lejos del rock más potable, el Indio cumple con lo que dijo en la entrevista: «Volví al rock». POrco Rex exuda potenica, con pasajes al borde del heavy metal y una zona de guitarras liberadas (por Gaspar Benegas y Baltasar Comotto)  que hasta se permiten acoplar en los solos. Algo similar ocurre con las baterías (del ex-Animal Martín Carrizo y Hernán Aramberri). Los vientos que remiten invariablemente al sonido redondo, están arreglados para jugar con la voz, que adopta al menos tres personajes: el sufrido, el ganador -«… te voy a buscar, te voy a encontrar…» canta en «Y mientras tanto el sol se muere»- y el melancólico -«Sopa de lágrimas (para el pibe Delete)», con sonido de bandoneón y todo. La voz de Andrés Calamaro, increíblemente, queda diluída en «Veneno Paciente». Varios de los trece tracks contienen hits y frases célebres en potencia: uno clavado, pese a su estribillo en inglés es «Flight 956». Y entre las numerosas veces que se repite la palabra sueños, una se destaca: «Yo soy mis sueños».

LA VOZ Y SU CARÁCTER

Siempre me gustó esconderme detrás de una banda. No hilaría tan fino como para hablar de culpa. No sé analizarme de esa manera, y si uno se analiza a sí mismo, se hace trampa. También me gusta la idea de banda cuando mezclo: ese plano donde la orquesta sigue siendo importante, y la voz está, como en el hip hop o el pop rock, colgada de un techo dinámico. ¿Viste esos grupos nuevos que hay ahora? Es una elección estética que la voz esté chica dentro de una banda. En plan solista, se busca el carácter de la voz y le dan muchas bandas (de grabación) para imprimirlo, porque están vendiendo un número solista. A mí eso, la verdad, me cuesta. Como me produzco a mí mismo, lo peor que hago es producirme a mí mismo. A los demás sí les meto mano, sin pudor a cortarle las piernas a nada. Pero nunca supe cómo producir mi voz. No soy un enamorado de mi voz. Es una voz de carácter, como a las que nos tiene acostumbrados la cultura rock, y no está mal, pero lo que más me gusta es componer. Me gusta cantar, pero no tengo un juicio favorable a esa parte mía. De pronto, me gustan otras voces que, si las analizo fríamente, son peores que la mía, pero tienen carácter. Me gusta la voz con carácter, y el mío ya lo conozco.

ROCK NACIONAL NO

Yo no escucho mucho rock nacional, ni siquiera de los Redondos. Padezco mucho cuando escucho lo que hicimos. Cuando uno produce un álbum, es como una autopsia: ve hígados y otras cosas, entonces cuesta ver la belleza porque se ensucia las manos. No sólo no escucho los discos de Skay. Tengo un montón de CDs que me mandan grupos ignotos para que les dé una opinión, cosa que jamás hago: no me atrevo a significar algo en la aventura de chicos jóvenes. Por ahí tienen cinco días de estudio y podría opinar tomando en cuenta eso. Pero cuando uno ha recorrido un camino, comienza a tener exigencias más allá de las características de la canción, en la realización. A veces rescato que uno de los roles está bueno, pero otro no. Y mandarles una respuesta: “El cantante okey, el baterista cámbienlo”, no es grato para mí.

LOS REDONDOS Y EL ROCK BARRIAL

Convertir los shows en un ritual fue una decisión de la gente. Hay que acordarse de que los Redondos arrancaron tocando para una especie de tribu bohemia. Siempre tocábamos a sala llena. En un lugar para doscientas personas, había cincuenta afuera, y en un lugar para dos mil, quinientas. Siempre tuvimos esa suerte. Y a partir de un momento que es muy difícil de precisar, se dio el paso a la masividad. Fuimos cambiando de lugares para tocar para no tener quilombos en la puerta. Pero no creo que musical ni líricamente la cultura rock tenga que ser tan… “Mi barrio es el mejor porque yo vivo en Caballito”. O “mi patria es la mejor porque yo vivo en ella”. Y no significa nada que uno viva en ella. Uno puede sentirse cómodo en un lugar y respetar su historia, pero no es ni mejor ni peor que cualquier otro país. Es una elección medio patriotera.
Yo no hago esa especie de discriminación. Y debemos aceptar que toda esta perdigonada de grupos de rock que hay tampoco es de lo mejor que se ha hecho acá.

SER INDEPENDIENTE

Después de Cromañón, los espacios se redujeron muchísimo. Hoy en día se está haciendo casi imposible para una producción independiente. Entonces, para tocar, las bandas entran a formar parte de esa inmensa galería de grupos que tocan en los festivales de Pepsi y de quien carajo fuera, que tocás al mediodía y toda la gente viene para ver los últimos cuatro números.

MÚSICA DE FONDO PARA REVOLUCIÓN

Si la idea del artista es relativamente nueva en la historia de la humanidad, ni hablar de una revolución que tenía como característica básica la juventud de quienes la promovían. A partir

de los ’60, por primera vez los jóvenes generaban una crisis en la mirada. Afuera eso duró, como mucho, tres años. Cuando Lennon dijo “el sueño terminó”, internacionalmente había terminado hacía rato…

No ha habido una mirada más inteligente que la de la cultura rock, aunque uno la esté esperando: me interesaría que viniera una nueva mirada a describirnos el mundo y, en caso de tenerla, su música de fondo. Aunque las nuevas culturas aparecen cuando hay cambios en distintos estratos de la sociedad. Cuando abandonemos el motor a explosión y realmente estemos invadidos por la biotecnología, probablemente haya necesidad de una cultura que describa cosas nuevas y eso tendrá una música de fondo, o no.

Cuando hablo de “cultura rock” me refiero a todo aquello que tuvo que ver con la aventura psicodélica y la insurgencia de los años ’60. Más que el swinging London, que era una cosa medio fashion, lo que me interesa es lo que sucedió en los Estados Unidos, porque ahí se transforma en algo político. Tengo para mí que me interesan las zonas del cerebro como la amígdala, los lugares donde se maneja con ambigüedad, que tienen que ver con la psicodelia, la destrucción del poder y de la riqueza.

SOBREDOSIS DE TV

Vivimos en un mundo con gran cantidad de información, al punto que no se le puede dar sentido. Uno está atiborrado con canales de difusión científica y de noticias las 24 horas… y la idea de verdad es muy extraña. Lo que dice el doctor Parker en un documental, el doctor Johnson dice todo lo contrario en otro. La cultura rock sigue siendo una mirada que le permite a uno estar aggiornado, lo que está atomizado es el poder que tenía en las vidas de la gente.

RETRAÍDO

En otros momentos, cuando había más gente vinculada a la cultura rock, uno se atrevía a decir en voz alta cosas más ideales; en este, me he retraído a mí mismo. Esto lo vengo sintiendo hace un tiempo, por eso este retraimiento y una nueva mirada que no me lleva a pronunciarme alegremente.

LOS JODIDOS SON FIABLES

La cultura rock tenía otras ambiciones que la política: el cambio del ser humano. Si uno tiene una actitud bienhechora, a los modelos les encuentra la vuelta hasta que funcionen. Ahora, si sos un jodido… podés ser muy fiable, porque los jodidos no cambian nunca. Les tengo confianza: siempre me van a joder. No nos van a defraudar.

VIDA DE ROCKER

La opinión política está en otro lugar de la opinión que me interesa dar. El rocker siempre se acomoda a encontrar un nicho de vida en el que sus decisiones pasan por otro lado: por decirles a los chicos cosas. Uno publica las canciones para comunicar algo; lo que le interesa, lo dice ahí.

BANDERA

Sé que algunos me toman como bandera, pero como estoy medio retirado, no sé qué significa. Quizá sirva para que todo el mundo reflexione si aquellos que estamos diciendo esto estamos equivocados.

EL FUTURO YA LLEGÓ

Estoy más preocupado –en el sentido de ocupado– por el futuro que por el pasado. Salvo que tengas una vida miserable, horrible, con mucho dolor, cualquier otra vida todo el mundo se resiste a dejarla.

EL PERRO Y LA OBRA

Soy contrario a la disección de las canciones. Cuando empiezo a dar detalles se achica el campo de interpretaciones, tiende a ser tutorial: los chicos leen y dicen “Ah, mirá de qué trataba”. Si pinto a mi perro idéntico, voy a tener dos perros y no una obra. O como dijo Brecht: “Si la gente quiere ver sólo lo que puede entender, debería ir al baño en vez de al teatro”. Pensar que mis letras son crípticas es una confusión de gente que no tiene talento. Explicar el juego no es rico. Me banco tu elucubración. Pero uno no debe cometer el pecado de estrechar la posibilidad de vincularse con una letra. Lo mismo pasa en la plástica: (un cuadro) tiene que ser atractivo, ingenioso, todo aquello que te lleve a elegir pararte frente al oráculo y hacer tu pregunta. Yo hago eso, pero cómo es, no sé.

LAS CULPAS DE CROMAÑÓN

Independientemente de satisfacer el drama, el dolor genuino de los padres de Cromañón –yo soy padre, y perder un hijo deber ser un dolor terrorífico–, no podemos adjudicarles la justicia social con respecto al hecho. Los culpables son los que tenían la posibilidad de prohibir eso y no lo hicieron: los inspectores. La gente del rock debería ser bastante más agradecida con Omar: ha tenido tres lugares donde les permitió a los grupos mostrarse.

TOY STORY

Con la cita de Buzz Lightyear “Al infinito y más allá” (en Porco Rex) estamos hablando casi de la eternidad. En el disco anterior cité a los Beatles, Jacques Brel y a Rafaella Carrá. Cuando me doy cuenta de que me estoy poniendo demasiado serio, me gusta detonar algo más humorístico.

LUCA PRODAN

Independientemente de que haya elegido una letra mía para hacer una canción (“Mejor no hablar de ciertas cosas”) y de que nos cruzamos un par de veces arriba y abajo del escenario, no me gusta ser la viuda de un fallecido para chuparle un poco de la energía.

Luca no fue amigo mío. Le tengo la misma apreciación que le tiene la gente y si elegí Divididos por la felicidad como uno de los mejores discos del rock nacional es porque tengo pocas opciones: Manal, algo de Pescado Rabioso y Sumo, que fue una banda de puta madre. La personalidad avasallante de Luca se comió a tipos ingeniosos como Pettinato o grandes violeros como Mollo, los fagocitó en una banda estupenda para ir a ver en un pub.

Reniego de los que no recuerdan que Luca no tenía un mango, estaba viviendo de prestado porque Sadaic no le liquidaba, había una moda de enjuiciarlos porque habían firmado con un sello y no estaban llenando en muchos lugares. Pero es una banda básica de la época que viví. Y Luca, un personaje riquísimo, quizás un artista existencial, pero que provocó cosas conmovedoras a nivel artístico.

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