Redonditos de Ricota: del BigBang al BigCrush en dos décadas de viaje musical

La intensidad emocional que despertaba cada aparición de Patricio Rey convivía con un sentimiento de pérdida irreparable cuando finalizaba cada show.

Foto: Daniela Bottinelli

Toda banda de rock cuya ambición haya sido la grandeza, y su horizonte de anhelos la posteridad, ha necesitado un mito fundante: la fiesta en la que en julio de 1957 se conocieron John Lennon y Paul McCartney; el encuentro en Venice Beach, California, entre Jim Morrison y Ray Manzarek; el concierto de los Sex Pistols al que asistieron Bernard Sumner y Peter Hook, que los empujaría a formar Joy Division. Muchas veces estos episodios fueron difundidos por los propios implicados, otras veces los edulcoraron los biógrafos, pero nunca importó tanto su autenticidad como su verosimilitud, en la que reside el poder de funcionar como punto de partida de una leyenda. Los integrantes de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, con su política de misterio, evasión y silencio, se cuidaron de sustraer ese punctum inicial al relato de su historia, o de esmerilarlo para que no pudiera ser fijado: ¿dónde había empezado realmente el viaje de esta troupe de artistas platenses, músicos, actores, monologuistas y performers? ¿En los happenings del teatro Lozano de La Plata de 1977? ¿En el viaje a Salta de enero de 1978, donde al parecer surgió por primera vez el nombre de Patricio Rey? Esa respuesta parece haber llegado ahora con la publicación de Fuimos Reyes, la biografía más completa publicada al día de hoy sobre la banda comandada por Carlos «Indio» Solari, Eduardo «Skay» Beilinson y Carmen «Poli» Castro, a cargo de los periodistas Pablo Perantuono y Mariano del Mazo.

Ese encuentro fundacional, que el libro detalla, tuvo lugar en 1977, en los sótanos de una galería platense llamada El Pasaje Rodrigo, en el que dos aficionados al cine, Carlos Solari y Guillermo Beilinson, se internaron para musicalizar tres películas experimentales que habían registrado con una cámara. Para grabar la banda de sonido de una de ellas, Ciclo de cielo sobre viento, Guillermo convocó a su hermando Eduardo, que tocaba muy bien la guitarra, y cuando el trabajo de musicalización terminó, los ensayos y las zapadas continuaron. Fue en ese lugar y en ese momento cuando nació la relación entre Solari y Beilinson, una de las más prolíficas e influyentes de la música popular en la Argentina. Patricio Rey no se llamaba así todavía, y estaba lejos de ser un grupo de rock: pero el chispazo inicial había sucedido.

La minuciosa reconstrucción de la prehistoria de Los Redonditos de Ricota no es el único acierto deFuimos reyes, pero es uno de los principales, porque los relatos circulaban hasta ahora oralmente y en piezas periodísticas sueltas, pero nunca habían sido organizados e integrados en una sucesión clara, ni habían logrado ser reconstruidos a través de la voz de la mayoría de sus protagonistas (uno de los pocos ausentes aquí es el líder y cantante del grupo). Hay otros sucesos poco conocidos en los que el libro se detiene: el pasado de esa chica dura de campera de cuero, moto y tacos, «Poli» Castro, más tarde pareja de «Skay» y manager de la banda desde un primer momento; el trabajo del «Indio» como celador en el Instituto de menores Raúl Falcón del barrio de Once (donde conocería a su mujer actual, Virginia); el secuestro del padre de «Skay», Aarón Beilinson, un reconocido empresario platense, a manos de una fracción del ERP; el relato de los dos únicos shows de la banda en los que Solari no participó como cantante, uno en el Parque Lezama (el único acto de carácter político, durante la campaña presidencial de 1983, en el que Los Redondos participaron) y otro en La Plata, en el que fue reemplazado por Luca Prodan; la incidencia que tuvieron los técnicos de sonido en las grabaciones del grupo, al menos en discos clave como Oktubre, Un baión para el ojo idiota y ¡Bang, Bang, estás liquidado! Al tratarse de la parte menos difundida de la historia (que consume la mitad del libro, donde un capítulo dedicado a la narración del Caso Bulacio, el seguidor de la banda muerto en abril de 1991 en una comisaría del barrio de Belgrano, funciona como bisagra), es seguramente la que más sorprenderá a los seguidores jóvenes de la banda.

Fuimos reyes continúa con la historia profesional del grupo: del primer disco al último, del amateurismo de los bares y los pubs a la profesionalización de los estadios de fútbol, todo en un viaje vertiginoso que va de la aparición deGulp! (1985), el primer disco, a Momo Sampler (2000), el último. Como escriben los autores: «en 1984 Patricio Rey seguía siendo un grupo adoptado mayormente por estudiantes universitarios, intelectuales y periodistas». Por ese entonces su público, que los seguía desde fines de la dictadura, y que podía ir de las treinta a las doscientas personas, era por lo menos heterogéneo: «En la puerta de los pubs y teatros se agolpaban fanáticos variopintos, que podían ir del especialista en política internacional Carlos Escudé a la cantante de tangos María Volonté, de un imberbe de la zona sur como Adrián Dárgelos a un imberbe de la zona norte como Mario Pergolini». En 1989, ya tocaban ante cinco mil personas en Obras Sanitarias. Cuatro años más tarde, lo harían para ochenta mil en el estadio de Huracán.

Si bien el contexto de la época aparece en el libro a través de referencias históricas al paso, quizá un cuadro cronológico como apéndice, en el que coexistan la vida del grupo, sus shows destacados y la publicación de sus obras con los sucesos más importantes de la política nacional e internacional no hubiera sido una mala idea; así como se extraña también un glosario biográfico de muchos de los personajes que aportan su voz a la composición del libro, y que estuvieron ahí en el momento en que las cosas sucedieron. Pero Del Mazo y Perantuono tomaron, entre otras, la acertada decisión de evitar el comentario crítico musical de los discos (hay apenas menciones a la textura de las obras y algunos temas, a las maneras en que fueron concebidos y grabados, y algunos detalles interesantes sobre su manufactura) y, sobre todo, de pasar de la exégesis habitual y cansadora sobre el verdadero significado de las letras de Solari.

Finalmente, hay un aspecto sin el cual no puede entenderse del todo la historia de los Redondos y su relevancia social, y que el libro subraya de forma atinada: el hecho de haber sido una de las últimas bandas de la era preInternet (y, por ende, de una era en la que tam-poco existían los teléfonos celulares con cámara, ni el MP3, ni Youtube, las redes sociales o el streaming). Eso, sumado a la postura de invisibilidad pública de la banda, generó una dependencia y una comunión con sus seguidores imposible de imaginar en la actualidad, a través de la cual se erigieron como el mito viviente más grande del rock nacional: «La intensidad emocional que despertaba cada aparición de Patricio Rey entre sus seguidores convivía con un sentimiento de pérdida irreparable cuando finalizaba cada show. Cuando se esfumaban de escena, los Redondos generaban una ausencia que no era posible suplantar con nada. Otros grupos mitigaban el síndrome de abstinencia de su gente con la rotación de videos, reportajes en televisión o incluso figurando en revistas. Tenían una historia audiovisual. Los Redondos no. Una vez terminado el show no se sabía nada de ellos. Ese componente agónico -la angustia de ver poco y nada al sujeto adorado- alimentaba el éxtasis de cada encuentro. Por eso es que sus recitales adquirían el carácter de ceremonia: se celebraba la aparición desde el `más allá´de los ídolos y se bailaba hasta el clímax, pero también se sabía que terminada la fiesta ellos volverían a habitar otra dimensión, arcana e inaccesible».

El final de la banda, que es al mismo tiempo el cierre del libro, es triste por dos motivos: porque coincide con el derrumbe de un país cuyas heridas tardarán años en restañar, y porque las razones de la disputa entre Solari y Beilinson, que hizo trizas una amistad y una prolífica comunidad sensible que le puso música a dos o tres generaciones de argentinos, se revelaron fútilmente materiales. La clausura de aquella aventura maravillosa (las viscisitudes de esa noche en la que el espíritu de Patricio Rey se desvanece para siempre están narradas en el libro) que significaron Los Redondos y su música no estuvo a la altura de aquel mito de origen. Pero los finales rara vez lo están. Fue un apagarse mucho más mezquino, mucho más humano. Tal vez, demasiado humano.

Anuncios