Rock en estado Skay 

A quince años del último show de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Skay Beilinson acaba de editar su sexto álbum solista, El engranaje de cristal. Diez canciones que resumen las búsquedas musicales iniciadas allá por 2002 con A través del mar de los Sargazos y que funcionan como muestrario de estilo. Rock en estado Skay. Pequeños cuentos musicalizados con ritmos orientales y riff de guitarras que suenan a clásicos inclusive desde la primera escucha.

Autor: Diario La Nación, 9 de octubre de 2016. Por Sebastián Ramos

En estos quince años, Skay ha encontrado la forma de alejarse poco a poco -y siempre fiel a sí mismo- de la enorme sombra del Rey Patricio hasta llegar a este presente con un universo propio construido a medida. Y El engranaje de cristal es hasta aquí la expresión mejor lograda de esa creación con sello indeleble.

Ahí está «Cáscaras», la canción que abre el álbum y en la que Skay, en poco más de cuatro minutos, repasa buena parte de sus tópicos compositivos: una guitarra acústica y una voz que cuenta más que canta unos versos con la cadencia y el mantra de un poema sufi; enseguida la instrumentación suma aires arabescos y casi al mismo tiempo un riff poderoso atraviesa la melodía para desencadenar en psicodelia pura, con cintas pasadas al revés, en una cita imposible de no reconocer a los Beatles de «In My Life». Y esto es solo el principio. «Quisiera llevarte» y «Egotrip» son muestras puras del ADN Beilinson y clásicos instantáneos para los rituales en vivo que siguen alimentando a este animal de escenario bautizado Skay. «El ego es un carrusel, las máscaras son de papel, todos dicen: Yo, el rey soy yo», canta y no habrá ricotero que no encuentre una referencia a su grupo del siglo pasado. Con «El equilibrista» -la única canción del disco en la que comparte autoría, esta vez con el poeta, músico y periodista Daniel Amiano- Skay vuelve a esgrimir la precisión de un cirujano, uniendo una melodía acústica con el peso de un blues hecho y derecho y la estocada rockera de un riff profundo.
«En la fragua» y «La procesión» marcan la mitad del disco con esa dualidad siempre existente en la obra de Skay entre el rock de guitarras épicas y los ritmo árabes. De aquí en más, el sprint final.
«Chico bomba» redobla la apuesta con otro hito bien pesado para el vivo y «La calle del limbo» completa la faena en ascenso en la que se ha transformado a estas alturas el álbum. ¿Cómo bajar de esta montaña rusa y poder cerrar con estilo esta historia? Skay decide marchar como tantas otras veces, ahora con «El carguero del sur» y ofrece un «Epílogo» instrumental para volar, casi en plan canción de cuna y colorín colorado. De tanto buscar y buscar, Skay parece haberse encontrado consigo mismo y en su mejor versión. Más fresco y despojado que nunca. Tan fiel y seguro de su estilo como siempre.

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