Skay Beilinson: «Un disco debe ser como un abanico»

En una entrevista, uno de los más grandes guitarristas y compositores del rock local, quien acaba de lanzar un nuevo álbum, donde muestra su estilo tan personal y característico.

Autor: Diario Tiempo Argentino, 13 de octubre de 2013

Desde su debut solista en A través del mar de los sargazos, hace ya más de diez años, Skay Beilinson fue armando una carrera por demás interesante, con discos que son un apasionante reflejo de sus inquietudes musicales y poéticas, donde fue desarrollando un estilo personal e inconfundible como cantante y guitarrista.

Ahora tiene un nuevo trabajo, llamado La luna hueca, grabado junto con su banda habitual, aquí rebautizada Los Fakires, donde los temas se suceden con una atrapante variedad de estilos y ritmos, desde el poderío de las guitarras acústicas de «Sombra golondrina» hasta el galope rockero de «El sueño del jinete», la sencillez de «La última primavera» o el original arreglo con cuerdas de «La nube el globo y el río».

En el living de su casa, mate y facturas de por medio, charla con tranquilidad y reflexión sobre su actividad actual, tras haber sacado el álbum y llenado tres Vorterix, el último anoche, sobre el cierre de esta edición.

–Cuando eras apenas veinteañero te fuiste a una casa comunitaria llamada La Casa de la Luna ,y ahora llega a La luna hueca. Hay una constante ahí.

–Interesante. Creo que la vida siempre es interpretación, y si hay ciertos elementos que están dando vueltas, se conectan y se los puede interpretar. Para este disco, una noche se me apareció la imagen de la luna hueca, aunque no entendía por qué. Me sonó en la cabeza y me puse a pensar en eso y especular que es un espacio vacío donde hay cosas adentro, como las obsesiones, las canciones que están por salir, las que uno desecha, los miedos y los sueños.

–El disco suena con naturalidad y fluidez. ¿El proceso fue así de sencillo?

–Sí. Una de las cosas que me saqué de encima fue la obsesión de ir al estudio a terminar el disco. Ahora voy, me meto una semana, grabo algo y salimos a tocar. Luego vuelvo, me tomo 15 días, rebobino lo que hice, reveo y practico otros temas. Lo voy armando así, con la libertad de poder empezar de vuelta si era necesario.

–Sin la presión de tener que terminar el disco en un mes.

–Exacto. A mí me sirve hacerlo así, aunque sé que a otros les sirve la presión de tener que terminarlo en un plazo determinado y estar en el estudio todo el tiempo. Yo me di cuenta de que tengo un período de atención más delicado para rendir, entonces no me gustan las sesiones largas. Quizás voy al estudio cuatro horas y prefiero cortar ahí y después retomar al día siguiente. Esta posibilidad de parar y reveer las cosas con frialdad y objetividad me permite ver los arreglos o replantear los tempos si me parece que quedó muy lento.

–Hay diferentes influencias musicales. Si te aparecían influencias similares, ¿descartabas un tema?

–Cuando voy componiendo aparecen un montón de ideas, y a veces hay temas que por ahí tienen una misma atmósfera musical. Por lo general, cuando estoy diseñando esa especie de escenografía o escenario del disco, los temas que tienen algo en común se pueden fusionar, o sino van quedando afuera. Para mí, un disco debe ser como un abanico que cubra un espectro que puede abarcar mí sensibilidad o manera de mirar.

–El álbum abre con unas acústicas poderosas, dignas de Led Zeppelin. ¿Qué espacio le dabas a la acústica antes?

–Bueno, Zeppelin III es un discazo y lo escuché hasta el hartazgo. Son discos que te abrían la cabeza y ampliaban el abanico. Yo siempre grabé temas acústicos, pero nunca les di un protagonismo. Me gustó encontrarme con ese sonido y me pareció una buena manera de empezar el disco. En casa tengo algunas eléctricas sin enchufar y toco así, porque el sonido lo imagino y lo que aparece es la musicalidad, con la melodía y las armonías. Tengo la ventaja que después, cuando lo amplifico, el universo se amplía de golpe. Es como que de repente aparece todo eso que estuvo sugerido en ese juego, y ahí me entusiasmo de vuelta.

–Algunas letras tienen una sencillez y magia de cuentito árabe. ¿Te gusta escribir esas historias pequeñas, casi como fábulas, como el ogro de «El redentor secreto»?

–Sí, es un delirio. Creo que el que me disparó todo eso fue Cortázar. Me crucé con La vuelta al día en 80 mundos, que había leído a los 17 años, y lo volví a leer y vi que había historias como la del ogro. Fue como empezar a jugar, libre de todo. También leí unas cosas que escribió Borges con Bioy Casares, unos cuentos medio mitológicos. Irrumpen cosas que son ilógicas pero que de pronto entran a tomar vida propia y toman sentido.

–Con cinco discos solistas, ¿cómo hacés para elegir los temas del show?

–Cada vez que hay un disco nuevo, uno se enamora y tiene ganas de darles vida a estos temas, así que entran a tomar protagonismo. Luego consulto con los pibes cuáles sacar. Un poco lo decidimos entre todos. De todas formas, no hago los diez temas nuevos porque prefiero que los vayan asimilando de a poco. Quizás un show con todos los temas nuevos puede resultar abrumador, entonces los voy mezclando con los otros. Hay algunos que son casi obligados; los hacemos porque un poco los esperan y un poco los queremos tocar.

–¿Y cómo manejás la proporción de Redondos en la lista?

–Muy poco, cada vez menos. Tres temas, a veces dos. Varias veces intentamos dejar «Ji ji ji» afuera, pero la gente lo pedía. Sin embargo, en el último show no lo tocamos, y está bueno. Como no lo pidieron al final del show, no lo hicimos.

–¿Cómo hacés para mantenerte al margen del vértigo de estos tiempos?

–No tengo celular, no tengo Internet y no uso la tecnología más allá del contestador automático y la guitarra eléctrica.

–Y con las giras, ¿llegás a disfrutar de las ciudades o simplemente tocás y volvés?

–Con Poli vamos unos días antes y nos quedamos unos días después también. Y en general siempre hay algún amigo en los lugares adonde vamos, así que aprovechamos para reencontrarnos, pasear y comer rico.

–¿Te podés movér con tranquilidad o tenés que camuflarte?

–Me muevo con tranquilidad. Es más: de alguna manera sé cómo hacerme casi invisible. Es la actitud de «No soy yo», y entonces no se animan a preguntarme si soy Skay. Como no estoy con la vincha y los anteojos, dudan. Yo me acuerdo que Bob Dylan entró caminando a Obras solito. ¡Chapeau! Es un ídolo. Ese sabe cómo ser invisible también.

Anuncios