Skay brilló en Colegiales

Lo mejor de su carrera solista, los himnos de los Redondos y un adelanto del próximo disco. Un nuevo show memorable de Skay Beilinson junto a sus Bipolares.

Autor: Revista Rolling Stone Argentina, 4 de junio de 2007. Por Humphrey Inzillo

“Los ojos ciegos bien abiertos.”, canta Skay, y en El Roxy de Colegiales, unas dos mil personas recrean con “Ji ji ji” el pogo más grande del mundo. Entre la agitada marea de gente, decenas de manitos ricoteras alzan sus celulares para llevarse la foto y forman una curiosa constelación de luces digitales, impensable en las misas de otrora. Pero la más curiosa de esas manitos es la que alza su bastón blanco, como al mástil de una bandera imaginaria. A ese pibe de veinte años seguro que es al que más se le hincha la vena de la garganta cuando canta esos versos, a flor de piel, con más propiedad que cualquiera de los que estamos ahí. Ese es el aguante.

Junto a sus Bipolares (Claudio Quartero en bajo, Javier Lecumberry en teclas, Oscar Reyna en guitarra y el “Topo” Espíndola en batería), Skay volvió a demostrar que son pocos los grupos argentinos que logren una empatía y un sonido tan perfecto. Hubo apenas un estreno, adelanto de su inminente tercer disco. Skay lo anunció como “una canción de cuna para un niño robot”. Se trata de un blues ortodoxo, con un riff potente y pegadizo, de rápida resolución.

El resto del show fue un repaso de lo mejor de sus primeros discos como solista: A través del mar de los Sargazos Talismán. De todas esas canciones, “Oda a la sin nombre” es el aporte más redondo del Skay post-Redondos al rock argentino. Un tema con una melodía pegadiza como la miel, con una guitarra que suena como sólo él puede hacerla sonar y una proyección de coro de estadios.

Todo esto mechado con los himnos, esos que Patricio Rey designa para completar la noche y que hacen blanco en las fibras del músculo cardíaco. “Rock para los dientes”, con una intro de flamenco rock, y “Semen up”, en una versión con reminiscencias de “Foxy Lady”, de Hendrix, en un duplete de añoranzas cocainómanas; y “El pibe de los astilleros”, con la guitarra épica de Skay, ese caballero de fina estampa y dedos brujos, brillando en una noche memorable.

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