Skay dice que en el mundo del entretenimiento «destruirse no es el único camino»

El guitarrista afianza sus singularidades con El engranaje de cristal, disco que les opone espiritualidad a los efectos nocivos del siglo 21. Dice que no lee los libros sobre Los Redondos porque no quiere “entrar en un laberinto de ruido”.

Autor: Diario La Voz, 26 de febrero de 2017. Por Germán Arrascaeta

La prueba de sonido de Skay y Los Fakires en el Medio y Medio, el tradicional club de Jazz de Punta Ballena, se desarrolla sin interrupciones. Y son varias las circunstancias que ayudan a pasar los temas con tranquilidad: solista y banda tienen un nuevo repertorio aceitado y los problemas técnicos brillan por su ausencia.

Además de estos datos duros, fácilmente observables para un testigo ocasional como este cronista, se impone un ambiente emocional efervescente, generado por el cumpleaños 65 del líder y por una barra bulliciosa que, del otro lado de un muro formado con corteza de pino, lo saluda con cánticos. El que más estruendo genera es uno que se adelanta en el tiempo y dice “es una noche especial/ no te la vas a perder/ toca el corazón/ de Patricio Rey”.

Mientras tanto, Poli (vamos, que ya todos sabemos quién es Poli) ofrece café helado y pondera el hecho de tocar en esta porción del paraíso del este uruguayo, donde, ya consumado el atardecer, se cruzan rockeros desangelados birra en mano con automovilistas que llevan en segunda a sus alta gama que a cualquier ciudadano promedio le llevaría la vida pagar en (in) cómodas cuotas.

Cuando el repertorio termina, incluida una versión del ricotero Esa estrella era mi lujo, Skay se baja, saluda afectuosamente y entrega una copia de El engranaje de cristal, su último disco que es lo más exótico que ha publicado a la fecha. Es que contiene grajeas de folk psicodélico, marchas celtas, su particular atmósfera arábiga. Todos condimentos que en Los Redondos aparecían como sutiles texturas.

“Me dijo Poli que esperabas una nota… Espero que me comprendas, pero no estoy de ánimo para dar una. ¡Es mi cumpleaños!”, se excusa Skay y deja todo en suspenso hasta que un mes después atiende un llamado en su hogar porteño. “Acá estoy, preparándome para un nuevo viaje a Cosquín, donde el encuentro entre rock & roll y naturaleza siempre da lugar a sorpresas”, expresa.

–Si bien ya estás curtido, ¿sentís nervios en esa previa?

–Trato de no croquetearme demasiado, sigo haciendo mi vida normal. Salgo a caminar, ensayo… Con los compañeros pulimos algunas cosas, vamos a hacer un par de temas nuevos… En fin, le estamos sacando brillo al asunto.

–Del concierto en Uruguay quedó resonando la frase que tiraste al comienzo: “Hoy cumplo 65 años, se los recomiendo”. ¿Cómo llegaste a esta plenitud?

–Supongo que haciendo lo que me gusta y rodeado de buena gente.

–¿Esa es tu receta para sobrevivir en una industria cruel como la del entretenimiento? 

–Sí, destruirse no es el único camino, hay otras maneras de sobrellevar todo y se pone interesantísimo.

–Ese mensaje que pendula entre lo rockeramente incorrecto y lo naif. 

–Y me gusta que sea así, me gusta salirme de los moldes. Me siento cómodo en esos terrenos imprecisos.

–Cuando la gente canta “toca el corazón/ de Patricio Rey”, pienso que te da pudor, que es una exaltación que se choca con tu bajo perfil. Más allá de eso, ¿sos el corazón de Patricio Rey?

–Sería un disparate negar mi participación en Los Redondos. Lo sienten así y está bien. Represento otra vertiente, otro perfil, otra mirada.

–Es evidente que le escapás a la grandilocuencia, casi parece una reacción a las puestas faraónicas de Indio. 

–Elegimos caminos distintos. No voy a hablar de él, pero sí tengo claro hacia donde yo quiero ir.

–¿Hubieras llegado con la misma energía si Los Redondos no se hubieran separado?

–No lo sé. Es simple, cuando las cosas llegan al punto en que empiezan a agotarse, hay que parar. Y a esa necesidad la sentimos los tres. Bah, los cinco.

–¿Leés los ensayos sobre el grupo? ¿Te reconocés en las biografías? 

–No los leo. Me aburre. Sé que están llenos de inexactitudes, de cosas que inventan. Si los leo, entro en un laberinto de ruido.

–En el nuevo disco está el tema “Chico bomba”. En el algún punto, conecta con el “Kamikaze” de Spinetta, aunque en tu caso la letra se enfoca más en el pasaje de un siglo a otro. 

–Tal cual, yo lo planteo como la irrupción del siglo XXI y esa suerte de desesperanza y sinsentido que encuentran los chicos hoy en día. Una era en la que, quizás, la única forma de encontrarle sentido sea la inmolación suicida. Suena tenebrosa y oscura, pero la vida para ellos es así. Sin estímulos, probablemente, encuentren una salida en la inmolación.

Huir de los eslóganes

La generación de Skay fue joven en años turbulentos y fascinantes. Resistieron, pudieron desarrollar una alternativa con la vida en comunidad y construir una épica artística que afectó a multitudes. Los pibes de hoy, en cambio, tienen todo al alcance de la mano, por un lado, y todo para perder dada la falta de oportunidades, por otro. La tienen mucho más difícil, claramente.

“Cada momento tiene su sino. A nosotros nos tocó esa época, en la que no había antecedentes de una revolución de los jóvenes y la irrupción del amor y la paz como motores de nuestras vidas. Con el posmodernismo, que todo se relativizó y pasó a ser producto de consumo, esos valores quedaron convertidos en eslóganes. Y ante los eslóganes vacíos, los pibes quedan a la deriva. Es tarea suya encontrar aquello que les pueda significar un destino”, analiza Skay.

–Tu nuevo disco exacerba tu habitual nivel de exotismo, por eso de que predomina la música celta, algunos desarrollos arábigos. ¿Cuándo quedaste prendado de esa música?

–Durante los primeros años como ejecutante de guitarra, afinaba en un acorde y me quedaba zapando ahí, generando algo así como una ragga hindú. O una mezcla de rock con esas afinaciones. Siempre me quedaron las ganas de que eso pudiera terminar en una canción. De alguna manera, en este tiempo me propuse a que encajara con más énfasis y empezó a definirse esa búsqueda.

–Entre otras cosas, “El engranaje de cristal” parece aludir a una estructura omnipresente, que mueve al mundo de forma sutil. 

–Lo veo un poco así. Hay algo de Viktor Frankl y de su libro La presencia ignorada de dios, que refiere a una espiritualidad inconsciente. Eso es el cristal, que puede ser transparente y frágil, y, sin embargo, regir el movimiento de todo.

–Es otro movimiento en pos de tu idea de revolución: mejoro yo en todos los aspectos para afectar positivamente a todo lo que nos rodea.

–No encuentro otra manera. Todas las otras intenciones, cuando están teñidas de egoísmos, de mezquindades, cuando se aíslan de lo cristalino del alma, terminan andando mal.

Para ver. Skay y Los Fakires. A las 22.55 en el escenario principal. El exguitarrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota subirá luego de La Vela Puerca y antes de Los Fabulosos Cadillacs. Estrenará algunos temas de El engranaje de cristal, su nuevo disco.

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