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Skay, una buena elección

El ex Redondos presentó un disco que aún no vio la calle, mediante un soberbio show ofrecido sobre el filo de la veda electoral.

Autor: Diario La Voz, 11 de agosto de 2013. Por Germán Arrascaeta

Para un músico formal, la situación en la que se encontraba Skay en la noche del sábado hubiera resultado, por lo menos, incómoda. Es que el ex guitarrista de Los Redondos tenía previsto presentar un disco en La Plaza de la Música, pero éste aún no salió a la calle ni se filtró en Internet. Es decir, se encontraba en un limbo extraño ante el que se puede imponer el desconcierto.

Pero claro, Skay dista mucho de ser lo que se apuntaba arriba, un músico formal que se ata a algún deber ser. Él elije fluir y realizar una presentación fuera de todo corsé. Y si la obra no está disponible, bueno, a ejercitar la tolerancia y escuchar de qué van los nuevos temas.

Así, respetando una historia previa de hacer lo que venga en gana por encima de lo que aconsejan, el hombre enrolado como Eduardo Beilinson se manifestó sobre el filo de la veda electoral estrenando seis temas de Luna hueca, su inminente nuevo disco que se publicará con un total de 10, y en compañía de Los Fakires que ayer nomás fueron Los Seguidores de la Diosa Kali. Ellos son los que redondean una compañía noble y de máxima seguridad y confianza: Pablo Quartero (bajo), Oscar Reyna (guitarra), Topo Espíndola (batería) y Javier Lecumberry (teclados).

Y no sólo ese acto de arrojo tuvo Skay. Luego de recrear esa costumbre tan «redonda» de hacer un intervalo de 10 minutos, se permitió un lujo impensado para la escala mastodóntica del Indio Solari: afrontar un pasaje acústico, comprometiendo al público a que abandone sus rituales autocelebratorios para ponerse a escuchar un cuelgue alucinado como La nube, el globo y el río, del nuevo disco. Fue realmente estremecedor, y fuera de contexto para un rock local tan abocado a entretener, ver y oír a Skay recortar con ráfagas de su acústica acordes de guitarras preseteados en un pedal al que llamó «Eduardito». Un oasis de saludable experimentación.

La gente, que redondeó una convocatoria cercana a las 2.500 personas, bancó los caprichos de Skay acaso creyéndose parte de un contrato no tan tácito, cuya cláusula más importante es la que asegura un mínimo porcentaje de temas de Los Redondos. Pero Skay no pone en su boca algunas letras del Indio porque la monada lo espera. Lo hace porque es parte de esa historia, y porque algunas piezas sintonizan de la mejor forma con sus intenciones significantes del presente.

El sábado, por ejemplo, tuvieron lugar Nuestro amo juega al esclavo (a pocas horas de sufragar resonó raro el «violencia es mentir»), El pibe de los astilleros (antes del riff tan característico, Skay replicó el punteo de La bestia pop) y, claro, el cierre apoteótico con Ji Ji Ji, tema que, a estas alturas, es lo único que hermana a Skay con Indio.

El show abrió con Skay con sombrero de ala ancha y su Gibson SG clara y aguerrida, intentando abrirse paso entre el exotismo de Luna de Fez y, más adelante, entre la sugerente propuesta del estreno Falenas en celo, que alude a las mariposas que se inmolan ante el éxtasis que le produce la luz lunar.

Esta sobria batalla por el buen gusto, que fue austera, que no tuvo el habitual respaldo plástico de Rocambole, se radicalizó hacia el final con otro estreno titulado Ya lo sabes, que expuso claramente por qué The next day, el último de Bowie, tiene pasajes tan «redondos». Es por las violas de Skay, no tan lineales como se suponen pero irresistiblemente épicas como para doblarlas con voz. Otros altos momentos de la lista: CuerposKillmerCicatrices y La historia del jinete (estos dos últimos, también estrenos).

Ningún humo, ningún doble mensaje, una estampa que fascina e inspira confianza. Serenidad, calma. La defensa irrestricta de una expresión que se cree singular. Skay es un candidatazo. Pero la aventura, el viaje como suele calificar él mismo a su parábola de vida, le interesa más que el poder.

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