Testigos de tus noches 

Su grupo, La Doblada, verdadero bastión del indie local, cumple 20 años de actividad. Pero se trata apenas de una excusa para que Javier Lecumberry hable de Imaginario Cultural, el bar-bunker de artistas donde Skay y Rocambole solían hundirse en conversaciones hasta la madrugada, donde Moris iba a zapar y donde, alguna vez, Calamaro y el Indio Solari escribieron juntos la letra de una canción. O para que cuente cómo es tocar ahora en Los Fakires, la banda de Skay y cómo fue ver de cerca la compleja separación de Los Redondos.

Está tratando de domar un theremin que acaba de traer de un viaje de placer a Nueva York, un break en la triple rutina de líder de su pequeña banda, de músico de una gran banda y de rostro de uno de los bares con más historia del eje Palermo–Almagro. Como un niño, intenta sacar sonidos. El ejercicio lúdico no llega a desarticular su traza existencial, dark; tampoco lo logra su constante risa que emite un sonido como de hiena. Artista de lo siniestro a pesar suyo, maniobra cierto pudor para esconder los capítulos más dolorosos de su biografía. Javier Lecumberry se siente cómodo en las tinieblas. Es un personaje de la noche que está de cumpleaños: La Doblada, su desvelo, el grupo que defiende la condición de indie con dientes apretados, celebra los 20 años.

La Doblada es prácticamente un desprendimiento del Imaginario Cultural, el bar que funciona como bunker de artistas y de gente que no sabe qué pretende. Allí, sobre esas mesas que siempre preguntan, algunos de los Redonditos de Ricota –especialmente Skay, Poli y Willy Crook, también Rocambole– suelen hundirse en charlas larguísimas, densas, luminosas, etílicas; allí, en la madrugada de uno de los conciertos de Patricio Rey en el estadio de River, Andrés Calamaro y el Indio Solari escribieron juntos una letra. El manuscrito está manchado con vino tinto y permanece bajo siete llaves en la casa de uno de los integrantes de La Doblada. “Calamaro estaba bien picante esa noche”, dice Lecumberry, y no avanza mucho más: sabe qué decir y qué no.

La Doblada celebrará las dos décadas en el Margarita Xirgu. La historia de la banda está asociada al derrotero del bar, pero también a la metamorfosis de dos barrios y a una natural asociación entre calle y universidad. Javier Lecumberry nació y vivió su infancia en San Antonio de Padua y cuando pudo se escapó del colegio, se escapó de su casa y, como se suele decir, “se hizo solo”. Se construyó a sí mismo, como un personaje de Favio. En un partido de fútbol en las canchitas de Gurruchaga y Charcas conoció a Matías Godio, estudiante de Sociología, hoy uno de los más prestigiosos cientistas sociales del Brasil. Juntos idearon lo que finalmente derivó en el Imaginario Cultural, que primero estuvo en el corazón de Palermo, Honduras y Armenia, y luego, en el 2001, se mudó a Almagro. “Por la calle Bulnes veíamos desfilar, cada atardecer, un río de cartoneros. Era la ruta del cirujeo. Desolador. Lentamente la cosa fue cambiando… Así como fuimos testigos de la mutación del Palermo Viejo, empezamos a ver toda la mutación de Almagro, mucho más interesante que la de Palermo. Se transformó en un polo teatral, algo por lo que nosotros habíamos apostado”, dice Lecumberry.

En 1995 La Doblada empezó a grabar en los estudios Del Cielito su disco debut, Elogio del mal paso. Además de Lecumberry en voz, piano y melódica, Raúl Zuvillivia en guitarras, Federico Morán en bajo, Hernán X en batería y programaciones, Federico D’Angelo en percusión y la fundamental trompeta de Ricardo Lestanguet. Godio oficiaba de manager. Funk, soul, canciones de barrios bajos, el tango gótico de “La cara en la vela” y un corte de difusión que definía una postura ante la segunda presidencia de Menem: “Vamos a bailar un poco”. “Tocábamos en todos lados. Firmamos un contrato por tres discos con DBN y hasta Adrián Caetano se copó con nuestra música. Era por la época de Pizza, birra, faso. Nos hizo el clip de ‘Vamos a bailar un poco’, en 16 milímetros, blanco y negro, una joyita. Participó parte del elenco de Pizza, birra, faso y el mismo Caetano como actor. Se filmó en un callejón de Flores. Reincidió y también hizo el video de ‘Nada’, del mismo disco. Están en Youtube”.

Parecía que la banda se iba a devorar la escena alternativa. Como tantas, subió por la colectora abierta por los Redonditos de Ricota, que cada vez tocaban más espaciadamente. Ese vacío constituyó el caldo de cultivo de cierto rock barrial, tan ajeno al espíritu de Patricio Rey. “Igual nosotros queríamos conservar la escala humana. Me acuerdo de que éramos tan hippies que desarrollamos una idea: la banda era como sentarse en ronda a mirar el fuego, y el que se acercaba tenía que sentirse tan cómodo que naturalmente se sentaba con nosotros a mirar el mismo fuego. Suena raro, suena místico, pero nos manejábamos por esos criterios medio fronterizos. Algo de eso se cristalizó: veinte años después La Doblada tiene un público totalmente fiel, aliado. Nosotros en tanto buscábamos nuestro estilo: queríamos explorar el color de la trompeta, queríamos incorporar músicos. ¿Qué música tiene Buenos Aires? Hagámosla, toquemos lo que escuchamos, lo que nos sugiere la calle. Venía con su saxo Hernán Forster, el hermano de Ricardo Forster; Skay subía a tocar a menudo… La gente era muy interesante: un mix universitario y rockero, actores, jazzistas, futuros políticos. Los años 95, 96 fueron excepcionales”.

¿Por qué?

–Tuvimos una relación afectiva y también creativa con Skay, y también con la Negra Poli. Las noches se extendían hasta la mañana. El límite era Maribel, una hermosa joven que venía todas las mañanas a limpiar lo que quedaba del bar y que mereció una canción en el primer disco de La Doblada. En esas noches Skay me mostraba sus nuevas canciones y yo le mostraba las mías. Nos hacíamos regalos: recuerdo que yo le regalé un disco de Tricky, un disco de Massive Attack y ¡un neceser! Zapábamos con él y con El Soldado y de tanto en tanto aparecían otros muñecos como Palo Pandolfo, Moris, Chocolate Fogo, Manuel Moretti, Hilda Lizarazu, Willy Crook.

¿Cómo sonaban juntos Moris y Skay?

–Increíble. Curioso, y extraño… ¿Viste cómo es Moris? No sabés… Y cómo sonaba Crook. El venía siempre con su Torino. Lo estacionaba frente al local, abría el baúl y exhibía un auténtico bar paralelo. ¡Preparaba tragos del baúl! Nosotros lo convencimos de que tocara como Willy Crook & los Funky Torinos. Había algo caótico e inhóspito en el ambiente, en las mesas, que caía bien en ciertos artistas. Había también cierta ingenuidad.

¿Por qué ingenuidad?

–Un ejemplo: en los afiches de La Doblada cuando el bar estaba en Palermo poníamos como dirección “Honduras doblada Armenia”, porque decíamos que un conservador era alguien que veía doblar a la realidad pero que seguía derecho. Seguir derecho por la calle Honduras era ir hacia la Plaza Serrano y nosotros nos veíamos como la contracara del caretaje progre. Teníamos un planteo político. Por eso hoy cuando reviso los cinco discos de La Doblada son como fotos, instantáneas, pequeñas historias enredadas al destino del bar.

¿Ser independiente para vos es una instancia coyuntural o una decisión?

–Hay mucha mentira en esas cosas. Nosotros nos queríamos devorar el mundo cuando arrancamos y después la realidad nos acomodó. Estamos cómodos así. Ahora sí, somos lo que somos: indies. Y conservamos una postura contra viento y marea. Pero cuando arrancamos nadie nos ofreció un millón de dólares. Al principio grabamos tres discos y estuvimos ahí, hociqueando cierta difusión. La crisis del 2000 nos mató y tuvimos un parate de siete años. Ya éramos otros. Más grandes.

¿Es lo mismo hacer rock a los 20 que a los 50?

–Es complicado. Yo tengo familia, dos hijos, pero finalmente lo que tira es el escenario. La noche. Calculo que cambian algunas temáticas, o uno se vuelve más desconfiado, menos cándido.

¿De dónde viene ese dolor que trasmiten muchas de tus canciones? Algo demasiado oscuro.

–No tuve una infancia fácil. Mis viejos no estuvieron cuando yo los necesitaba. Desamor, sería la palabra. Por eso trato de estar todo lo que puedo con mis hijos, a pesar de mis horarios caóticos. Calculo que me quedó un agujero con esa historia con mis padres, tantas mudanzas, tanta incertidumbre afectiva. Tengo kilómetros de diván… Todo eso se debe trasladar a las canciones.

Lecumberry asume pocos pero sólidos héroes musicales. “Prince, Prince y Prince”, ríe. De acá destaca a Luis Alberto Spinetta, pero por muchos motivos está convencido de que hoy tiene el privilegio de tocar con un héroe de alcances similares. Con la diferencia de que es un héroe cercano: tres veces por semana va al estudio que Skay tiene montado en su casa palermitana para ensayar; tres veces por semana comprueba una y otra vez de que toca en la banda de una “máquina de hacer música”. “No puedo no aprender estando cerca de Skay. Me enseña mucho, aunque no se dé cuenta. Creo que mi música y la de La Doblada cambió desde que nos frecuentamos. Evolucionó. Me atrevo a los acordes mayores, y a su vez ganó en temperamento.

¿Qué te pasa cuándo tocás en la banda de Skay, en Los Fakires?

–A veces tengo que correrme de la emoción que me causa verlo tan comprometido con lo que toca. Por momentos parece flotar. Su presencia escénica me resulta demoledora. Es muy grande, muy serio, y tiene todo demasiado claro.

Vos viviste de muy cerca todo el proceso de separación de los Redonditos… A 14 años de último concierto, ¿qué opinás?

–Supongo que tuvieron que ver varios factores: el momento histórico del país, el agotamiento de ellos y también los deseos de cada uno de ser solistas. He hablado mucho con Skay y con la Negra. La mayoría de las cosas me las llevo a la tumba. Lo que te puedo decir es que los veo muy relajados y felices. Tuve el honor de que Skay me mostrara algunos demos de temas que después fueron a parar a ‘Luzbelito’ y a ‘Ultimo bondi…’ Yo también le mostraba mis cosas, y creo que así se armó nuestra relación. Calculo que esa relación derivó, ya sin los Redondos, en la invitación a sumarme a su banda en 2002.

Ahora está en el medio del patio del Imaginario. Menudo, inquieto, es como un jockey de la noche. Es sábado tarde: no toca ni con su banda, ni con Skay y su figura enjuta se desliza entre las mesas. Acomoda parejitas, corre sillas, ayuda a las mozas y exhibe una amabilidad exacta: es atento pero no sobreactúa. Cada tanto, sale a la vereda a fumar. Hay algo de insatisfacción en su rostro, en sus gestos. Dice algo del theremin, de una muestra de fotografías analógicas tomadas con cámaras Leica, de un kazoo que le trajo Skay cuando fue a mezclar Momo sampler a Nueva York, y cuando nadie lo espera desaparece hacia Lavalle. Son las tres de la mañana.

El último disco de La Doblada se titula, entre la declaración de principios y la más pura realidad, Geografía under. Tiene un track oculto, muy oculto, que sólo los fanáticos de la banda más pacientes descubrieron. Es el único cover del álbum: ‘Vampiro’, de García y Aznar. Canta, desolador, Lecumberry: “¿Por qué me tratas tan mal/por qué te escapas, por qué no ves /que si me matas tal vez entre las sombras renaceré?/ No pensés en eso. Yo estoy bien/ Solamente los espejos quieren mi reflejo esconder./ ¡Vampiro! Déjame dormir tranquilo! “

El espejo donde se refleja Javier Lecumberry es insondable. Alguien escribió que existen extraños seres que manejan el arte de la invisibilidad. Lecumberry, devorado por la calle Bulnes, es uno de ellos.

La Doblada celebra sus 20 años el sábado 28 de noviembre, en el Teatro Margarita Xirgu, Chacabuco 875. Entradas: $ 100.

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