Presentación de Porco Rex

Un Indio en tierra gaucha

Crónica del show de Indio Solari en Jesús María, enviada por su autor a la web Mundo Redondo.

Autor: Facundo Barrio, abril de 2008

Jesús María está acostumbrada al gentío. A 50 kilómetros de Córdoba Capital, no se trata de una ciudad periférica cualquiera: es la sede del Festival Nacional de Doma y Folklore, y todos los eneros recibe con gusto un tropel de turistas argentinos y extranjeros. Pero esta vez, en pleno abril, Jesús María fue otra cosa. Su anfiteatro José Hernández tuvo el lujo de ser lo que alguna vez el Monumental, Obras, el Cilindro de Avellaneda o el Chateau Carreras: el lugar elegido para celebrar una nueva edición de lo que todavía es el mito más apasionante del rock nacional: una misa ricotera.

  “Como siempre, gracias por tanta fidelidad. Que ustedes vengan de tan lejos, para un productor independiente, no tiene precio”, diría el Indio Solari apenas comenzado el show. Ciertamente, el ex redondo volvió a ponerse a prueba presentando su segundo álbum como solista, Porco Rex, con el modus operandi de siempre: difusión boca a boca, sólo y de noche; y sin marcas mediante. Y pasó la prueba: 40 mil personas de todo el país colmaron el José Hernández y unas cuantas sin entrada tuvieron que conformarse con escuchar a los Fundamentalistas del Aire Acondicionado desde afuera. Con este recital, el Indio abrió una gira que, según él mismo anunció, tiene su próxima parada el 5 de julio en Tandil.

LLEGANDO LOS MONOS

  El grueso del público llegó a la ciudad cordobesa al mediodía del sábado 12, en tren, auto y sobre todo en micros redonditos. El cielo cubierto y el viento helado pasaron desapercibidos entre tanto vino y fernet, asado, faso y truco. Las huestes ricoteras eran heterógeneas: desde los veteranos que vieron en vivo a los Redondos antes de la masividad, hasta los sub 20 que jamás habían visto al Indio sobre un escenario, todos se fueron instalando durante las horas previas al show en la plaza central o en las orillas del río escuálido de Jesús María con sus heladeritas, sus parrillas improvisadas y sus ansiedades. Desde los stéreos de los autos –y desde una consola oportunamente colocada en la cabecera de la plaza– sonaron, en igual medida que los de los Redondos y los del Indio, los discos de Skay solista. Esa, y un poco de Sumo y Almafuerte, fue la cortina musical de una próspera jornada para los puestitos de choripán y vino tinto.

  El operativo montado para el ingreso al anfiteatro, y para el recital en general, contó con una fuerte presencia de la seguridad privada contratada por Solari, además de un buen número de policías y gendarmes. La mayoría de los fanáticos enfiló hacia el José Hernández –que poco tiene de “anfiteatro”– entre las 19 y las 20, y una hora antes de que arrancara el show, anunciado para las 21, adentro ya no cabía un alma. La platea y el campo (ancho y conectado con la popular por accesos abiertos de par en par) se unieron inagotables para entonar los coros de aliento de siempre, en uno de los picos emotivos de la noche. No sólo los cánticos fueron los de siempre: también las banderas, que taparon hasta el último pedacito de alambrado, las PR coronadas en las remeras y buena parte del público. Ni siquiera hizo falta aquello de “Sólo te pido que se vuelvan a juntar”, que en ningún momento llegó a prender con fuerza. Todo transcurrió como si los Redondos nunca se hubieran separado, como si el Indio estuviera por salir a tocar con Skay y el resto de la banda a su lado. Pero no: un rato más tarde se apagaron las luces y una voz en off –que bien podría haber sido la del propio Solari– anunció: “Damas y caballeros, con ustedes, los Fundamentalistas del Aire Acondicionado”.

HAY EQUIPO

  La sobriedad y la elegancia del Indio hacían juego con un montaje escénico austero pero de primerísimo nivel: un escenario no muy amplio aunque con espacio más que suficiente para que todos los músicos se movieran con comodidad; una pantalla de alta definición ubicada detrás de la banda, que reprodujo alternativamente tomas de Solari y compañía e imágenes del packaging de Porco Rex; y una puesta de luces y sonido impecable, destacable.

  Los Fundamentalistas, Indio aparte, ejecutaron a la perfección los diez clásicos redondos elegidos para el show, que se acercaron bastante a las versiones originales. Casi en el anonimato, Gaspar Benegas y Baltasar Comotto en guitarras, Hernán Aramberri en batería, Marcelo Torres en bajo, Alejo Von Der Pahlen y Ervin Stutz en vientos, Pablo Sbaraglia en teclados y Débora Dixon en coros demostraron una vez más que no tienen nada que envidiar a las bandas más convocantes de nuestro rock. Fueron el colchón musical de un Solari mucho más estático sobre las tablas que en el Estadio Único de la Plata (2005) pero que, sin desentonar ni una vez en las dos horas y diez que duró el show, volvió a lucir su privilegiada fuerza vocal, por momentos sutil y por momentos desgarradora.

  La lista de temas, prolija y equilibrada, incluyó 12 de las 13 canciones de Porco Rex (la única que faltó fue “Veneno paciente”, que en la versión de estudio cuenta con Andrés Calamaro como artista invitado), 10 joyitas de los Redondos y sólo 3 temas de El tesoro de los inocentes. El público se apropió con entusiasmo de la producción solista del Indio, aunque, salvo excepciones, las canciones post Patricio Rey fueron aprovechadas para descansar del monumental pogo desatado en temas del calibre de “Nueva Roma” o “El pibe de los astilleros”.

ESTA NOCHE ESTÁ ENCANTADOR

  Los primeros acordes sonaron a las 21:15. La banda abrió con “Pedía siempre temas en la radio” y siguió con otros dos temas de Porco Rex, “Ramas desnudas” y “Martinis y tafiroles”. Luego, sonriendo cómplice, el Indio avisó: “Ahora una que sepamos todos” y, casi enganchadas, sonaron “La hija del fletero” (mucho más potente que la original) y “Tarea fina”, mientras los primeros sofocados eran arrastrados a la carpa de la Cruz Roja.

  Los Fundamentalistas continuaron con otra tríada del disco nuevo: “Y mientras tanto el sol se muere” (escrita para Virginia, la mujer de Solari), “Porco Rex”, con un notable despliegue de luces, y “Bebamos de las copas lindas”.

  Siguió “Un ángel para tu soledad”, justo antes del único incidente de la noche. “Pará, pará, pará”, les ordenó el Indio a sus músicos en la mitad de “Nike es la cultura”. “Loco, me acaban de pegar un zapatillazo. Esta moda me tiene los huevos llenos. Déjense de joder, boludo. ¡Están locos!, ¿qué les pasa? ¡Subite, vení, pateame!”. Estaba enojado de verdad y el resto del público, los que no tiraban zapatillas, lo entendió: “Qué boludos que son/ no parecen redondos la puta madre que los parió”. La banda no retomó el tema y siguió con “Sopa de lágrimas (para el pibe Delete)”. Antes de “Te estás quedando sin balas de plata”, el Indio se disculpó: “¿Sabés que pasa, guachito? Es que me voy de boca. Estamos acá para cantar, para bailar, che”. Dicho y hecho, el ex redondo cortó el aire al grito de “¡Aptiptiraptirapteteee!” y salió con “Ella debe estar tan linda”, mientras las parejas se hacían lugar para bailar uno de los rocanroles más intensos de Patricio Rey.

  Quedaba medio recital y el show alcanzaba uno de sus puntos más altos. De corrido, sin tiempo para saborearlas, vinieron “Me matan Limón”, un relato en primera persona de los últimos minutos de vida de Pablo Escobar, el famoso narcotraficante colombiano; “Pabellón séptimo (relato de Horacio)”, de las más aplaudidas por el público y sobre la cual el Indio bromeó: “Para el sector tumbero del show”; y “El pibe de los astilleros”, idéntica a la original y disparadora del primer pogo peligroso de la noche.

  “Tatuaje”, “¿Por qué será que no me quiere Dios?” y “Vuelo a Sidney” también estuvieron a la altura de las circunstancias. Luego de un par de minutos de silencio y luces encencidas, Solari anunció con la voz quebrada: “Hace cuatro días mi mamá dejó esta vida. Yo quería, con el permiso de todos ustedes, dedicarle esta noche”. Pero el show debe continuar, y así lo hizo con “Tomasito ¿podés oírme? ¿podés verme?”.

   El pogo infernal de “Nueva Roma” contrastó con el siguiente tema, himno, “Juguetes perdidos”. Las bengalas colorearon el momento más emotivo de la noche y todos abrieron paso para que llegaran, como una ofrenda, al borde del escenario. Pero el clímax dio otro vuelco cuando sonó una versión mucho más rítmica y apta para el vivo de “El infierno está encantador esta noche” a la que le siguió, ya casi sobre el final del recital, “Flight 956”, con destino de clásico.

  Pasadas las 23, sin previa advertencia, el Indio anunció que “una más y no jodemos más”. “A ver, ¿cuál quieren para cerrar?”, dijo apuntando el micrófono al público, pero de inmediato él mismo se respondió: “¡Jijiji!/ ¡Jijiji!” El pogo más grande del mundo, del mundo entero, hizo temblar la tierra, la Tierra. Carlos Solari se sacó por primera vez en la noche los lentes negros para mirarse a los ojos con sus fieles, iluminados por todas las luces del anfiteatro. Se despidió hasta la próxima y, mientras los Fundamentalistas coronaban una noche para el recuerdo, desapareció como una sombra.

  Abajo, en el campo, la fiesta siguió un rato más. Unos lloraban de felicidad, otros vomitaban fernet y algunos optimistas seguían con los ojos clavados en el escenario, imantados, con la ilusión de que la banda volviera y se despachara con una última tanda de clásicos redonditos. Pero, no había vuelta que darle, después de “Jijiji” no hay himno ricotero que valga. Los plomos comenzaron a desarmar y los fanáticos a salir del José Hernández, eufóricos pero inofensivos, quizás ignorando que más allá del Indio, su banda y su ex banda, el mito redondo les pertenece.

  Y Carlos Solari, casi sesenta años, burgués declarado, fóbico a las masas, renegado de su pasado musical, sólo Dios sabe qué hizo, qué pensó, luego de reafirmarse como la voz rockera de varias generaciones, convocando 40 mil personas en el Interior sin publicidad multimediática ni marcas omnipresentes entrometiéndose. Luego de dar, en definitiva, un concierto inmejorable, irrepetible, de primer nivel internacional: del nivel de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

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