Un recital del rocanrol del país

Más de 80 mil espectadores, dos noches inolvidables, un invitado de lujo -Andrés Calamaro- y una banda que cada vez suena mejor, liderada por el dueño del pogo más grande del mundo. Mavirock estuvo allí y te cuenta los dos shows, con los que Indio despidió 2008 en el Estadio Ciudad de La Plata.

Autor: Revista Mavirock, nro 10, enero de 2009. Por Melisa Sansotta y Julieta Roffo

Día 1. Sábado 20 de diciembre

Por Melisa Sansotta

Cualquier cosa valía la pena: bajar a zancadas los más de 50 escalones de medio metro cada uno hasta quedarse sin aire para pelear un cuadradito de campo; tentar a los muchachos de seguridad trepando los alambres para atar la bandera como corresponde; derretirse con el calor que en la ciudad de La Plata se sentía más, quizás por la combinación de adrenalina y ansiedad de cada uno de los presentes… o por el humo de los choripanes que se apilaban y reproducían en las parrillas alrededor del Estadio Único del planeta de las diagonales.

Cualquier cosa vale la pena porque esta noche venimos a ver al Indio. La de hoy es la primera de las dos fiestas que promete para despedir el 2008, después de su paso por San Luis y Tandil, donde será secundado por los Fundamentalistas del Aire Acondicionado: Alejo Von Der Pahlen en saxo, Ervin Stutz en trompeta, Gaspar Benegas y Baltasar Comotto en guitarras, Marcelo Torres en bajo y Hernán Aramberri en batería. Esta noche también lo visitará Andrés Calamaro, lo que faltaba para que la historia no se olvide nunca más del pelado más trascendente del rock nacional, ese que supo y sabe arengar a un pogo arrollador que dura lo que aguante el alma.

Maldición, va a ser hermoso.

La autopista de La Plata expone decenas de micros detenidos al costado de la banquina, un equipo de música improvisado y Los Redondos explotando los mejores pasos de baile de los que se animen a tentar al golpe de calor. Son las 18 y los vasos hechos de botella son el clásico del día.

Cerca de las 19, las plateas siguen vomitando fanáticos que caen en el campo y corren hacia el centro, magnetizados. Ya pueden verse más de 50 banderas que cuentan las distintas locaciones desde donde los devotos se hacen presentes: “La banda de tu calle: Aldo Bonzi”, “Este infierno está encantador – Salta”, banderas de Uruguay, Berazategui y Laferrere. “Mavi no murió”, grita uno de los trapos colgado de cara al escenario, mientras otro, enorme, se pasea de izquierda a derecha del pasto con la frase: “El Indio elige el lugar”. La foto con la bandera es una infaltable.

Llegando a las 20, una sola bomba de estruendo llama a que la pasión se despierte de la pequeña siesta y, al grito de “Vamos los Redoooo”, el caldo de fanáticos se contagia instantáneamente y hasta los que esperan para entrar al estadio acompañan al canto de manera frenética. Todavía falta una hora. Nadie quiere quedarse afuera de esta misa.

La paciencia se está agotando y en el campo no entra más nadie. Son las 21 y aunque el show no arranca, la tribuna tiene su propio espectáculo con bengalas de colores y trapos blancos que tratan de alcanzar las estrellas, mientas corean cantitos de cancha rabiosos.

La noche va abrazando de a poco al Estadio, ese mismo que en el 2005 el Indio debutó como solista, y los escalones bañados en gente comienzan a teñirse con el humo de la pirotécnica que sin saber cómo, logró pasar los controles de seguridad.

Las banderas siguen reptando entre la multitud como babosas, hasta ubicarse cerca de las vallas, lo más pegado que aguanten las costillas. Las luces empiezan a ensayar sus colores, entonces el volumen sube en las voces y todo el estadio reclama “mama yo quiero, oh oh, que salga el Indio, oh oh, que salga el Indio todo el año es Carnaval”.

Esta noche está encantador.

A las 22 y 18 minutos las luces se apagaron, pero ni las bengalas ni los gritos se silenciaron hasta que el hombre que veníamos a ver selló la espera con un “hola” y arrancó a transitar temas de su más reciente disco, Porco Rex. El primero fue “Pedía siempre temas en la radio”, pegado a “Ramas desnudas”, y continuado por “Porco Rex”. “Me matan, Limón” siguió esta travesía, dejando a los 40 mil espectadores extasiados.

“Bebamos de las copas lindas”, “Y mientras tanto el sol se muere”, “Martinis y tafiroles”, fueron otros de los temas que sonaron de su último CD.

Del primer trabajo solista del Indio, los elegidos fueron “Pabellón séptimo” y “El tesoro de los inocentes”, que le da nombre al compacto.

Las voces de Deborah Dixon y Luciana Palacios en los coros y la batería y percusión de Martín Carrizo eran algunos de los aportes de los invitados que aparecían en escena.

Rodeado de pantallas, dos a cada lado del escenario y otras dos a sus espaldas, Solari se presentó con sus clásicos anteojos negros y una camisa naranja que, para la mitad del show, que duró dos horas y 45 minutos, había cambiado por otra negra con pequeñas figuras rojas.

Baila el Indio, gira sobre sus pies con los brazos estirados como mariposa, en un círculo desprolijamente perfecto. Cada vez que sus pies bordean las últimas tablas del suelo la gente se atraganta contra las vallas. Quieren tocarlo, que los salpique con el sudor de esta noche inolvidable.

“Ahora vamos a invitar a un amigo que es un gran cantante”, anticipó. Su voz era festejada hasta el ensordecimiento. Y llego Andrés Calamaro.

En un principio, el huésped fue recibido por unos cuantos souvenirs en forma de botellas, pero fueron calmados por el anfitrión que llegó a sugerir que si a uno no le interesa la persona a la que va a ir a ver, directamente no vaya. Las malas intenciones fueron aplacadas y el dúo arranco con “Veneno paciente”, tema grabado por ambos en Porco Rex, en donde Calamaro terminó de conquistar a la tribu ricotera, y cerraron con “El salmón”, una canción del invitado.

Se fundieron en afecto y admiración mutua, una simbiosis inesperada en otros tiempos, pero que, al verla sucederse, daba la certeza de que era mandada a hacer.

Al terminar un recreo, después de cantar “Tatuaje”, el Indio comenzó con las canciones que todos habían ido a escuchar. Primero “Mariposa Pontiac”, seguido por “Un ángel para tu soledad”, “Juguetes perdidos” y para dar respiro “Flight 956”, otra de Porco Rex.

Faltaba solo un tema. Conteniendo el orgasmo, el camp empezó a crear remolinos en una laguna siempre inquita. El silencio se incendió como un papel celofán cuando la voz del Indio empezó a rezar “en este film velado, en blanca noche, el hijo tenaz de tu enemigo”, hasta dar pie desde todas las esquinas del estadio al grito que iba a desatar todos los remolinos para cerrar la noche logrando otra vez el pogo más grande del mundo, porque es imposible negarse a  saltar cundo la voz del Indio retumba en un “no lo soñéee… ¡ieee-eeeeh!”

Las tribunas y las plateas saben que es el final de la velada. Algunos volverán mañana, otros atesorarán su memoria para siempre. Todos ellos con la certeza de que no, no lo soñaron, ni los 26 temas, ni los fuegos artificiales que alumbraron a la ciudad entera al terminar “Jijiji”. El sábado 20 de diciembre todos ellos estuvieron con el Indio Solari en el Estadio Único de La Plata. Brindemos por los recuerdos, y por que se sigan repitiendo.

Dia 2. Domingo 20 de diciembre

Por Julieta Roffo.

Domingo, un día ideal para celebrar una misa. La avenida 32 del emporio de las diagonales estaba convertida, por segunda vez en el fin de semana, en una peregrinación constante de feligreses con un solo destino: el Estadio Ciudad de La Plata en el cual el Indio Solari daría, junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, su último recital del año para cerrar la gira que llevó su segundo disco solista, Porco Rex (2007) por todo el país.

En una especie de Woodstock Ricotero, las “bandas” desplegaban banderas, bombas de estruendo, remeras y canciones, mientras llegaban micros de localidades remotas y, entre otras hierbas, se vendían cervezas, gaseosas y choripanes para aliviar la ansiosa espera.

A las 21, hora prevista para el inicio del recital, el estadio seguía recibiendo a miles de personas que enseguida se contagiaban del clima de fiesta, adornado con trapos y cantos, casi súplicas de la tan esperada reunión de Patricio.

Durante una hora, mientras el sol se moría luego de una jornada no tan radiante como la del sábado, las huestes ricoteras se ocuparon de cubrir rápidamente los claros que quedaban en el campo, en las populares y en la platea. Cuando llegó el momento de la prueba de luces, se desató el delirio que no terminaría hasta la medianoche, y las ganas de ver al Indio sobre el escenario se hicieron escuchar más que nunca. Ya eran más de cuarenta mil las personas que aplaudían y cantaban “Olé olé, olé olé olá, solo te pido que se vuelvan a juntar”, para canalizar la expectativa absoluta.

Es encantador, tan encantador

A las 22.03, después de que una voz anunciara la inminente presencia de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, apareció la banda formada por Alejo Von Der Pahlen en saxo, Ervin Stutz en trompeta y trombón, Gaspar Benegas y Baltasar Comotto en guitarras, Marcelo Torres en bajo y Hernán Aramberri en batería. Y en el centro de escena, el hombre al que todos esperaban: el Indio, que con camisa negra e infaltables anteojos oscuros, disparó los primeros versos de la noche.

“Pedía siempre temas en la radio”, de Porco Rex, fue otra vez el elegido para comenzar, y una seguidilla de aplausos y bengalas significaron el visto más que bueno del público que, después de la vigilia, recibía lo que había ido a buscar.

Siguió “Ramas desnudas”, que sirvió para presentar a las dos coristas invitadas, Deborah Dixon y Luciana Palacios, y “Porco Rex”, la homónima del disco, en el cual “el Freak que hace música”, como se autodenominó Solari en su último trabajo, pareció dejarse llevar por su alma.

“Un poco de amor francés” y “Fusilados por la Cruz Roja” fueron los primeros temas de Los Redondos de la noche, y desataron la locura total de las miles de personas que acompañaron fielmente la carrera solista del cantante, y a la vez que disfrutaron de estos momentos con una mezcla de nostalgia y esperanza.

“Bebamos de las copas lindas”, que apela a la magina y comprobada formula de convertir el dolor en canción, fue el siguiente, y “Pabellón Séptimo” que el primero de los tres temas que sonaron del debuto solista del Indio, El tesoro de los inocentes (2004). “Para que nos demos cuenta de que viven en un pésimo infierno”, dijo Solari al referirse a quienes están presos. Más tarde, como en el recital del sábado, vendrían “To beef or not to beef” y la que le puso nombre al disco.

Para terminar con el primer segmento de la noche, las elegidas fueron “Martinis y tafiroles”, “Y mientras tanto el sol se muere”, y “Vuelo a Sidney”, todas del último álbum, acompañadas, en tres de las cinco pantallas, por imágenes psicodélicas y distintas versiones de puercos que demostraron que el de Pink Floyd ya no es el único porcino del rock. Las otras dos siguieron durante toda la noche a Solari y a sus músicos.

El infierno sigue encantador

La banda se retiró y volvió tras unos minutos. Esta vez con camisa azul, el Indio se volvió a adueñar del escenario, ese que maneja con tanta comodidad, cuando lo recorre mansamente, cuando salta alentando a los que lo alientan o cuando mueve su cuerpo en un vaivén lento, en el que parece desplegar toda la mística que se esconde detrás de los cristales negros y que lo convirtió años ya en uno de los protagonistas de la historia del rock argentino.

“Tataje”, “Sopa de lágrimas” y “Te estás quedando sin balas de plata” abrieron la segunda parte del recital, y cuando el Indio no dudó en celebrar la cantidad de público convocada: “Estamos casi todos”, bromeó y desató el aplauso y el aliento de las inagotables tribus que lo veneraban, a él, y a sus canciones, las nuevas y las viejas.

“Una que sepamos todos”, anuncio, y sonaron los primeros acordes de “El infierno está encantador esta noche” que, junto a “Mariposa Pontiac / Rock del país” fue el segundo momento ricotero del domingo y, sin duda, uno de los más álgidos, con un pogo incansable y más de cuarenta mil gargantas que, por momentos, taparon la del Indio. Otra vez, sólo le pidieron que se vuelvan a juntar.

Para “Por qué será que dios no me quiere” tomó el mando de la batería Martín Carrizo, ingeniero de sonido del último disco, que, además, junto a Aramberri, toco durante el set más anunciado del fin de semana. Pasadas las 23.30, Solari invitó a un amigo, y esta vez sin sombrero, pero también con lentes oscuros, Andrés Calamaro apareció en escena.

Andrelo, muy aplaudido por el publico y muy entusiasmado, interpretó “Veneno paciente”, grabada a dúo en Porco Rex, el clásico redondo “Esa estrella era mi lujo”, y “El salmón”, de su autoría y casi su segundo nombre, junto a Solari, en un encuentro de grandísimos referentes impensado antes y que generó grandes expectativas y, a juzgar por el aliento del público, grandes satisfacciones en el último tiempo.

Después de unos minutos de descanso, y tras una incitación al delirio del Indio –“vamos a mover el culito”, anunció- vinieron “Un ángel para tu soledad” y “Nadie es perfecto”, enganchado con “Ñam fi frufi fali fru”, que terminaron de convertir al estado en una fiesta del rock sencillo y puro.

Siguió la infaltable “Juguetes perdidos”, un himno absoluto que mancomunó más que ninguna otra canción a Solari con su público, vestido de rojo por las luces. “Flight 956”, también muy cantada por las huestes, fue la despedida de Porco Rex y, para terminar, a las 00.20, la ricota del postre: “Jijiji”. Abróchense los cinturones, mis queridos. Armen rondas, salten, canten, que para el final queda nada más y nada menos que el pogo más grande del mundo, en el campo, en la popular, en las plateas, y en más de cuarenta mil almas.

“Disfrutemos y bailemos”, dijo el Indio casi al final, al anunciar que durante 2009 hará una sola presentación en vivo y luego se dedicará a su próximo disco. Y después habrá que esperar a la próxima misa. El que abandona no tiene premio

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