Yo fui famoso una semana

Al Indio Solari no le gustó la nota que le hizo Pablo y lo anunció en un comunicado que disparó a las fieras ricoteras. Crónica de una difamación en los tiempos de Twitter.

Autor: Revista Brando, 7 de noviembre de 2012. Por Pablo Perantuono

Algo pasó si un día cualquiera te levantás a la misma hora de siempre y abrís tu casilla de mail y hay 51 correos sin leer, te metés en Facebook y 12 personas que no conocés te piden amistad y en Twitter tenés 125 seguidores nuevos. Algo pasó, pensás mientras calentás el café, leés los diarios y, cuando suena el celular, Abel, un amigo, por mensaje de texto, asegura: “¡Qué forro el Indio!”.

“Uh”, decís para dentro y ya te imaginás lo que viene.

Lo que viene es que tu nombre aparece en todos los diarios, en todos los sitios de noticias, en las radios, en los blogs. Lo que viene es que te escriba gente que hace mucho que no ves ni hablás y te saluda con misericordia, apiadándose de vos. Lo que viene es que te llame una tía lejana, un amigo que vive en Miami y el del puesto de revistas que le llevaba el diario a tu viejo para preguntarte: “La gente me pide la revista, pero a mí no me llegó ninguna, ¿me la mandás?”.

En mayo de este año, entrevisté al Indio Solari para la revista Orsai en Nueva York. Cuando llegué, tanto él como su mánager me informaron que sería la última entrevista que daría a un medio gráfico en su vida. El reportaje fue largo, a temario abierto. El Indio, que me atendió tirado en la cama de un hotel cinco estrellas, se abrió, contó mucho. Habló de Nueva York, de sus gustos, de sus tragos. Se mostró como es: un artista enorme que también es un hedonista consumado. Me fui sabiendo que tenía una gran nota entre manos. La nota salió en los primeros días de agosto.

Ese jueves, la tía Guillerma me despertó a las 10. “Nene, acaban de nombrarte en la radio. Dicen que inventaste la entrevista con Solari” . “Ya te llamo”, le dije, y le corté. En mis interacciones de Twitter tenía más de 36 mensajes o menciones. Uno de ellos era lacónico y lo firmaba el grupo militante para-ricotero “Pasión redonda”. “Tomá, todo un palo”, y me dejaban un link en el que podía leerse el comunicado de Solari. Decía:”Una vez más, el reordenamiento de mis dichos a través de la edición y la descripción de mi personalidad como la de un sibarita por la sola voluntad del entrevistador hacen que no me reconozca en la entrevista que publica este mes la revista Orsai. No siento que mi pensamiento y mis maneras al exponerlo estén representados en ella”.

A todo esto me escribió Hernán Casciari, el director de la revista Orsai, guionista de la obra Más respeto que soy tu madre. Hernán no es muy dado a los mensajes largos:”Pablo, te bancamos”. Yo estaba solo en casa, con mi gato Cassius. Lo miraba fijo y él me miraba fijo a mí. Fue un gesto inútil, lo sé, pero necesitaba hacer contacto visual con alguien. De a poco, comenzaron a llegarme mensajes de aliento.

A todo esto, alguien había escaneado la entrevista y la había colgado en Taringa! A las dos de la tarde de ese día, me parecía que todo el país estaba leyéndola. Era obvio que no ocurría, pero a mí me daba esa impresión. “Indio, ¿de qué te quejás, si en la entrevista parecés Heidegger?”, decía un tal @carpintero en Twitter. “Pablo, ¿qué sentís que le hiciste la última entrevista a ese mito viviente?”, quería saber @carito95.”Pablo, me parecés un pelotudo”, decía @perfumedetempestad. Para las cuatro de la tarde, había superado los 1100 seguidores en Twitter. Me sentía el testigo protegido de un caso de corrupción. O alguien a quien le detectaron una enfermedad. Seguía solo en casa, terminando de ver la primera temporada de Boss. Mi gato dormía. Yo lo seguí.

Después de la siesta, la pesadilla continuó. El affaire Solari siguió consolidándose. Los blogs ardían y los comentarios no tenían desperdicio. La puerta de un baño público tenía menos procacidad y más romanticismo que algunos de ellos. Otro foco de maoísmo ricotero llevó su lucha armada a Facebook: diseñaron una página con un título poético, casi tan críptico como las letras del Indio: “PABLO PERANTUONNO PERIODISTA DE MIERDA”. Así, todo en mayúscula. No hay nada más desagradable que las mayúsculas.

Ese día, a la mañana, rompí el silencio mediático autoimpuesto  temía caer en el mismo divismo monacal que el Indio  y salí por radio. Escuchando el audio, una hora después, además de detestar el timbre de mi voz, concluí que hubiese sido mejor seguir haciendo silencio.

Esa tarde recibí otro mail de Casciari: “Pablo, me parece que tenemos que colgar los audios de la entrevista”. Decidí hacer mi primera intervención en Twitter: “A los militantes ricoteros que armaron una página de Facebook para putearme: ¿no podían haber escrito bien mi apellido?”. Tuve 32 retweets. Y un par de respuestas contundentes, algunas de ellas francamente consoladoras: “Jodete, pelotudo”.

En una carpeta perdida en el pozo negro de mis archivos, encontré el audio. Lo mandé y lo colgamos entero. Casi tres horas de charla, interrumpidas en la mitad por un episodio fisiológico: me dieron ganas de ir al baño y, como el audio iba a ser sólo de consumo interno, no puse stop y se escucha todo. Casciari tuvo el buen tino de dividir en dos toda la entrevista: “Antes de que Pablo tire la cadena” y “Después de que Pablo tiró la cadena”. En la página de Orsai y en Twitter fui el hazmerreír de un montón de tipos. Fue en ese momento cuando se produjo mi segunda aparición en Twitter: “Es lo último que diré y luego me retiraré a la montaña: al baño fui a pegarme un polaco”.Cataratas de insultos volvieron a desatarse sobre mí.

Ese día a la noche, mientras cenaba recibí un SMS de Fero, un amigo, con sólo tres letras: “TVR”. Era obvio que estaba saliendo en el programa. Mientras charlaba, cada tanto se me cruzaban flashes como rayos: me deben estar liquidando, pensaba.Empezaron a llegarme más mensajes y me di cuenta de algo: lo al pedo que está mucha gente un sábado a la noche.

Al día siguiente me despertó un llamado. Otra vez era la tía Guillerma, de San Isidro. Estaba inquieta por dos motivos: no le había llegado La Nación (hubo paro de canillitas y ella no sabía) y su sobrino nieto, o sea yo, había aparecido en la tele. “Nene, te felicito, yo sabía que te iba a ir bien”, me dijo. “Ahora, pusieron una foto tuya con anteojos. Decime, ¿no podías habértelos sacado cuando te filmaban?”.

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